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nuevo o ese tipo de cosas. Y si ce lo digo no es por ánimo de parecer virtuoso ni nada por el estilo, no. Es que me aburre, me cansa; ya he pasado por esa fase y no me apetece seguir. Con treinta y seis anos es muy distinto que cuando tenía veintiséis. Ya no es tan divertido salir, ver, que te vean, estar con una persona famosa, regresar a las cinco de la mañana. Ahora prefiero estar con mis amigos en un restaurante, puede que en casa de ellos, puede que en mi casa, o ir a un bar tranquilo hasta una hora más moderada, conversar. Eso es lo que me pide el cuerpo ahora. Hace poco fui al cumpleaños de Puff Daddy, un rapero, pero no estaba invitado yo sino una chica que me llevó como pareja. Fue la fiesta del año, y estuve nada más que veinte minutos, tiempo más que suficiente para decirme: ¿Qué pinto yo aquí? ¿Qué hago en un sitio con música alta, con canta gente? N o es lo que me apetece hacer. Fue bastante parecida a la fiesta con la que arranca Glamourama pero incluso más deprimente todavía. BYN ¿Su renuencia a ir a estas fiestas tiene que ver con un afianzamiento en posturas conservadoras en su vida? B E E N o estoy muy seguro de que sea una cuestión de conservadurismo, sino de autoprocección. Te vas hacien- do mayor, creces, y el cuerpo te pide no pasarte ni un pelo; no hartarte de beber, tomar drogas y acostarte tarde. El cuerpo te pide cierta moderación. Si tus preferencias cambian, no quiere decir que te vuelvas más conservador. Significa que tus gustos cambian; eso es codo. Con el paso del tiempo BYN Lo pregunto por el moralismo que parece haber en Glamourama menos evidente en obras anteriores. BEE Más bien cieñe relación con el hecho de que Glamourama es algo que he terminado recientemente, aunque empecé a escribirla hace mucho tiempo, y es algo relacionado con que voy envejeciendo y protegiéndome un poco. Y si ese afán moralizador se nota más en este libro, es producto del proceso natural de envejecimiento. BYN En Glamourama aparecen escenas de sexo explícito, en concreto menages a trois. ¿Está abogando por una pansexualidad o una n o diferenciación sexual? BEE iHmm! Por desgracia es imposible no diferenciar. A la fuerza cienes que tener muy claro con quién te escás acostando. N o creo que sea posible follarte a una farola o a una pared como si fuesen otras cosas. Diferenciar el gé- Junto a estas líneas, el temible doctor Petiot A finales de los últimos años 70, el Estrangul ador de Yorkshire, un camionero llamado Peter Sutcliffé, cayó en manos de la Justicia después de dar muerte a trece mujeres en la reglón inglesa de la que procede. Nadie hubiera dicho jamás que aquel mocetón de cabello ensortijado que a veces lucía barba y que estaba felizmente casado, podía ser el individuo más buscado por Scotland Yard. Alto, delgado y desde luego muy astuto, Peter tomó el relevo de su compatriota jamás descubierto. En 1981 fue condenado a 30 años de cárcel. A nadie escapa que en la historia criminal deben de incluirse otros dos personajes, estos franceses, cuyas vidas, obras y milagros provocaron más de un dolor de cabeza a los detectives BXN SO José Antonio Rodríguez Vega dio muerte a 16 ancianas Hombre católico, pues había sido educado en esa religión, contrajo nupcias con una lavandera a la que había dejado en estado de buena esperanza. Avaro, de escasa estatura, muy elegante, que siempre utilizaba corbata de lazo y lucía barba rojiza muy bien arreglada, pasó por alguna que otra cárcel a causa de varías estafas, aunque sólo fue gracias a la hermana de una de sus víctimas por lo que se le arrestó finalmente. Esto fue el inicio de una profunde investigación, tras la que salieron a relucir sus andanzas de asesino. Sus vecinos darían la pista final por la que se supo que era un criminal en serie: dijeron haber visto en varias ocasiones un humo negro, acompañado de un hedor a carne quemada, que emergía de la chimenea de su domicilio. En una que les persiguieron. Son HenrI Desir Landrú y el doctor Petiot. El primero de ellos se hizo popular con e) sobrenombre del Barbazul de París y es evidente que hubiera hecho palidecer al mismísimo Giacomo Casanova pues, según se dice, hizo sucumbir de pasión a trescientas damas, alguna de las cuáles acudieron a rendirse a su pies y cayeron en sus brazos tras haber entrado en contacto a través de los anuncios que el caballero en cuestión ponía en los periódicos. A veces se hacía pasar por viudo con hijos y prometía, cómo no, matrimonio.