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EL HERMÁN AMERICAN BEAUTY t ofrece una devastadora mirada sobre los años ochenta Si Mary Harron hubiera optado por seguir al pie de la letra la novela de Bret Easton Ellis su película hubiera resultado imposible de ver. Ya la mera lectura de American Psycho pone a prueba la capacidad de resistencia del que sujeta el tomo al borde de la náusea mientras proyecta en el cine íntimo de su cerebro las imágenes del novelista 1 describiendo con precisión de ¡entomólogo de la- crueldad las peripecias de Patrick Bateman, un Jekyll y Hyde en el Nueva York de los años ochenta: modelo de tiburón de las inversiones por el día asesinatos y ejecuciones como describe con macabra ironía su dedicación a fusiones y adquisiciones) asesino despiadado y sin motivo aparente por la noche, casi siempre de mujeres, pero también de mendigos. Fue un acierto de los productores, o una suerte inesperada, que Oliver Stone acabara desechando el proyecto. Si en Asesinos natos ya demostró de qué era capaz, con un material tan explosivo como American Psycho la sangría hubiera sido de antología, y probablemente el retrato irónico de este ángel extermínador sin dios ni cometido se hubiera perdido entre las visceras de los descuartizados. Quizá también sea otro hallazgo que haya sido una mujer la encargada de dibujar a este dechado de misoginia y narcisismo que con tan astuto entendimiento interpreta el actor británico Christian Bale. Harron no necesita recrearse en la filmación de lo que en el libro parecen un curso acelerado de desmembramiento humano sin escrúpulos, y no por ello resulta menos demoledor su retrato de la codicia de los años ochenta como una de las virtudes teologales de esa colección de yuppies intercambiables enamorados de las marcas como emblema de toda una filosofía de la existencia. No es de extrañar que al rico y bien labrado Bateman, un que ha encontrado su razón de ser y su fundamental vacío en los suburbios, American Psycho es, incluso con el escalpelo de Harron, demasiado cruda, demasiado hiperrereal en su mirada de lejía sobre una época que no ha terminado para que el filme se convierta en un éxito de taquilla en todo el mundo. Aunque no se sabe hasta qué punto ios públicos están dispuestos a asomarse a la ventana más desasosegante sobre su propia época. En uno de los cines de Nueva York donde la proyectan a los devoradores de cubos de palomitas y tragaldabas de perritos calientes y litros de Coca- cola no se les helaba el mecanismo de la mandíbula y la risa (cabe esperar que como recurso socorrido ante el horror) seguía su curso. La metáfora de un mundo que ofrece American Psycho aquellos años gloriosos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher) no sólo sigue siendo valiosa, sino que ante las nuevas cimas que cada día corona la bolsa, ese Wall Street donde Patrick Bateman se mueve como pez en el agua, ante esa avalancha diaria de nuevos multimillonarios a golpe de Internet y nueva economía, la película tal vez represente el negativo psiquiátrico del momento, el chafarrinón de un mal social que el maquillaje, tas operaciones de cirugía estética, el culto al cuerpo, e) consumo desaforado y el Impecable acabado de la tecnología punta y el mobiliario ultramoderno no consiguen ocultar, American Psycho es el líquido de revelado del profundo malestar de una cultura. IH HH I El actor británico Christian Bale compone, en American Psycho el papel más significativo de su carrera Bale encarna a Patrick Bateman, un elegante, sofisticado e implacable asesino en serie. Reside en Nueva York í 1 1 fanático de las apariencias y la demostración palpable de que lo más profundo de algunos hombres es su piel, le confundan reiteradamente con otros, y cuando a fuerza de crímenes intente buscar la notoriedad nadie se crea sus espantosas confesiones. Con su soberbia adaptación, Harron no hace menos odioso al personaje, pero quizá lo vuelve más patético, más vacío en su canto de sangriento cisne enamorado de sí mismo hasta el hastío. Como comenta en The New Yorker Anthony Lañe, American Psycho podría ser el hermano malvado de American Beauty el hermano infame. Si Sam Mendes logró con la vibrante ayuda de Kevín Spacey hacer un retrato demoledor de cierta clase media estadounidense ByN 4 9