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SOMBRAS DE NUEVA YORK a onlla de cualquier río Riverdance que desde hace cinco años recorre continentes, vuelve ahora a triunfar en Broadway POR. F O N S O ARMADA n su reseña de Mi siglo de Günter Grass, el pensador secreto Luis Meana celebra la bella historia del niño proletario, al que su padre maquinista lleva 3 oír a Liebknecht, lo pone sobre sus hombros para que vea mejor al gran orador, y el niño se hace pis por la espalda del padre, lo que le vale una azotaina Miguel de Unamuno evoca a Teixeira de Pascoaes en su Por tierras de Portugal y España e incluye varios versos, sin traducir, del maestro de saudades en quien la sombra siempre tuvo asiento en la platea de su ánimo. Así, en A sombra do Amor canta: Pois se me sinto irmao dos que sao vivos, tamben me sinto irmao dos que morreram, das pedras e dos montes pensativos En una ciudad que tiene rio el mejor camino hacia el teatro debería ser, evitando los atajos, midiendo el río. Manhattan, que es una isla aunque ella misma lo olvide sin cesar, navega inmóvil entre tres. Pero cuando me asomé a Riverdance el único río era tal vez el Liffey (pese al amor y el desdén de los brazos de James Joyce) que se desprendía con mansedumbre del regazo de Dublín para perder su razón de ser en el mismo océano que mantiene siempre a la misma distancia las orillas de Portugal y las de Nueva York, las del Támega de Pascoaes y las de los ríos alemanes y su siglo terrible. Cuando en medio de la deslumbrante destreza de tos bailarines irlandeses (Pat Roddy y Eileen Martin) rusos, africanos (en torno a la voz de Tsidü Le Loka) neoyorquinos y otras tribus del planeta se planta en medio del descomunal escenario del Gershwin Theatre María Pagés, cuando alza los brazos y las manos se ponen a tocar las sombras y a mecer el tiempo, uno se tienta el oscilómetro de la emoción y busca unos ojos cercanos para comprobar qué ha ocurrido allí. Y uno quiere creer que no padece un deliquio patriótico, con el flamenco convocando un delta de ríos musicales. Tal vez un súbito perfume de glicinias. Lo bueno del cuento de Grass que Meana celebra tal vez sea, entre otras orillas, esa ironía intelectual ante la orina del niño que fabrica un río repentino por la espalda- pedregal del padre, y que echa por tierra la complicidad proletaria que el ferroviario quería compartir con su hijo desde tan temprano. A quienes tienen hijos les pasa constantemente. Luego crecen y algunos nos acordamos de cuando le echamos a perder a nuestro padre alguno de esos momentos heroicos de la emoción, y para eso no fiace falta ser ni proletario ni pequeño burgués, basta con un buen acopio de memoria, o basta con ojos de asomarse a Teixeira de Pascoaes y no dejarlo de lado ni siquiera en Nueva York, cuando uno se resiste a ponerse estupendo y busca pretextos y sombras y orines para no caer en la emoción pueril. ¿Y qué si sí? Porque las voces de los vivos y los muertos, esos hermanos esparcidos en el campo de sombras, son convocados fervientemente por Bill Whelan, que compuso la música y las letras de este entusiasta Riverdance que desde hace cinco años recorre continentes y que ahora vuelve a triunfar en Broadway con un derroche de energía. Joyce decía de su Irlanda natal que era B N 32