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Por Juan Manuel de Prada La otra vida cabo de pasar la noche en una cabana, al norte de la isla de La Palma, invitado por la poetisa Elsa López y por su marido, Manolo. La cabana, antiguo refugio de pastores de cabras, se asienta en la falda de una colina, entre dos escarpados barrancos que desembocan en el océano. Para llegar hasta aquí, Manolo nos ha conducido por una carretera sinuosa y angosta que serpentea, como un reptil moribundo, entre el paisaje agreste. Muy de vez en cuando, al revolver una curva, nos tropezábamos con otro automóvil que venía en dirección contraria; entonces, teníamos que salimos a la cuneta, porque la estrecha cinta de asfalto no bastaba para albergamos a los dos. Elsa López descubrió esta cabana mientras recorría la isla, en busca de brujas que abasteciesen un estudio antropológico que por entonces estaba realizando. Aquel lugar, encaramado en el silencio, como un alto farallón de soledad, le atrajo con ese mismo magnetismo con que las playas invocan a las ballenas heridas, y decidió quedarse allí. Elsa y Manolo acondicionaron la cabana, invadida por la incuria, y lograron convertirla en un ámbito suspendido sobre la erosión del tiempo; cada vez que sus ocupaciones se lo permiten, escapan a este refugio, donde el aire tiene una transparencia delgada que afina el espíritu y lava los pecados. A J unto a la cabana crecen dos dragos, fornidos e inexpugnables, que conmemoran el nacimiento de David y Alba, los dos hijos de mis anfitriones. Junto a ellos, casi inadvertidos entre la maleza, yerguen su verde intacto una higuera que pronto rendirá sus primeros frutos, unas matas de perejil que aprovechan cualquier rendija entre las piedras para prender y unas toberas que se protegen de arduas espinas. También hay, entre la concurrida floresta, un árbol achaparrado y populoso que nos brinda el regalo de unos nísperos como soles diminutos. Y una planta de ñame, un tubérculo del tamaño de un melón, que comido en crudo abrasa la garganta y levanta ronchas en la piel; hace falta hervirlo hasta tres o cuatro veces para que el veneno que encierra dentro emigre y pueda paladearse su sabor soso, que los lugareños mitigan embadurnándolo con miel. or la noche, antes de acostarnos, hemos preparado una barbacoa en una construcción contigua a la cabana. De manera espontánea y natural porque la naturaleza ya rige nuestros hábitos, con esa severa puntualidad con que rige las cosechas y el curso de los astros) los hombres nos hemos dedicado a recoger leña por los alrededores y a preparar la hoguera con cuyas brasas asaremosla pitanza, mientras las mujeres se encargan de aliñar la carne con salmorejo, freir una morcilla canaria, dulce como un mazapán de apretada sangre, y macerar los ingredientes del mojo, esa exquisita y contundente salsa que luego ernplearemos para alegrar un pocO el mostrenco sabor del ñame. Mientras trepaba por los riscos, en pos de ramas y troncos resecos que luego servirían de pasto a la lumbre. María, mi novia, me ha dicho que hacía mucho tiempo que no me veía tan embriagadamente feliz. N o creo que exage re demasiado; durante estas horas milagrosas H l en que la naturaleza ha abolido al hombre de 1 1 ciudad que, como un pertinaz parásito, se ha adueñado de mí, he vuelto a ser aquel niño que designaba las plantas por su nombre y distinguía el vuelo de las mariposas. Como si ese niño de repente hubiese resucitado, he vuelto a ascender por senderos que sólo transitan las cabras, y he vuelto a sentir, como un bautismo fértil, el escozor de las agujetas palpitando dentro de mi carne. Esta mezcla de cansancio e incontable felicidad me ha ayudado luego a conciliar un sueño que el piadoso vino de la barbacoa ha prolongado hasta el alba, cuando las mil razas de pájaros saludaban la dudosa luz del día con una algarabía que he creído entender perfectamente, desde la primera hasta la última palabra. P n la cabana de Elsa y Manolo no suena el teléfono porque no lo hay, tampoco el televisor nos arroja su incesante chatarra. Sólo el cielo, a veces estremecido de nubes que arrojan una lluvia efímera y como avergonzada de sí misma, nos habla de un mundo bien hecho que nada tiene que ver con ese cubículo de inmundicias donde hormiguean los hombres. Mientras el sol de la mañana bendice mis perezosos párpados, mientras entibia mi sangre y exalta el verde lujurioso del barranco y cabrillea en el mar, he entendido la voluptuosa satisfacción que debió de acometer a Dios, en el séptimo día de la creación. E BDTl 4