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¡NOMBRAS DE NUEVA YORK MlLLER SE DISFRAZA DE MORALISTA Por Alfonso Armada l dramaturgo Arthur Miller le gusta jugar a los dardos contra el comercialismo y los brutales costes de producción en que ha caído Broadway. y sin embargo en los dos últimos años ha escenificado una impresionante resurrección: Muerte de un viajante El precio y, ahora en la cartelera neoyorquina. El descenso del monte Morgan y eso sin contar la versión operística de Panorama desde el puente) que cosechó excelentes críticas en Chicago y que la próxima temporada será presentada en el Metropolitan Opera House. Por primera vez en sus 85 años de legendaria carrera, el escritor ha vuelto a reescribir escenas enteras de The ride down mount Morgan una pieza estrenada en 1991 en Londres y, brevemente, con un reparto encabezado como ahora por Patrick Stewart (el reluciente calvorota capitán de Star Trek y, a teatro lleno, en el Public Theatre neoyorquino en 1998. He trabajado en esta obra más que en ninguna otra admitió el autor en una de las escasas entrevistas concedidas en los últimos tiempos. ¿Por qué? A doble vida, casado con dos mujeres, y con un hijo de cada una. Tras estrellar su Porsche en plena noche al descender de un helado monte Morgan, Lyman Felt despierta en la clínica ante lo que parece una pesadilla: sus dos mujeres descubren la verdad (están casadas con el mismo hombre) ante su lecho de malherido, que sin embargo defiende ñeramente sus razones pese a su vulnerable uniforme hospitalario. La mayor parte de la critica celebra con entusiasmo esta obra de Miller en la que da rienda suelta a su delgada veta público llena, ríe y aplaude en Ambassador Theatre esforE lelactuación de Stewart. lala fábula zada de un rey del universo (como el novelista Tom Wolfe caracterizó a los millonarios sin escrúpulos de la era Reagan con un poder por encima de los parámetros morales que gasta el resto de los mortales) que durante nueve años mantiene una humorística, y su vigoroso (a veces vulgar, a veces poético) acercamiento a una inquietud moral que el propio Stewart pone en claro, cuando a sus cincuenta años, tras un matrimonio, un divorcio y una nueva boda en puertas admite: El reto es encontrar una forma honrada de vivir, que sea respetuosa hacia los otros y al mismo tiempo satisfactoria para ti mismo dramaturgo parece en responder a E lmente empeñado ¿Cómohonestauna pregunta clave: deberíal l i i e i Y lEDIfl 83 mos vivir? Al plantear como vía de conocimiento la peripecia vital de este bigamo (ser fiel a sus propios deseos equivale a traicionar a dos mujeres y a sus hijos) el dramaturgo despliega sin embargo toda su labia y toda su sabiduría teatral para arropar las razones de Lyman (pese a toda la pasión que derrocha, Stewart no consigue siempre que su discurso caiga a veces en la declamación, epítome de la falsedad escénica) Lyman admite su culpa, pero no se avergüenza de su vida y al final incluso advertimos que el autor parece como si nos hiciera hacer creer que en realidad merece quedarse con las dos mujeres. Como observa en su comentario en The New York Times Bruce Weber, el dramaturgo y el director (David Esbjornson) conspiran para dejar al resto de los actores sin palabras: al privar a las dos mujeres de toda complejidad, al convertirlas en muñecos, frontón de la dialéctica de Lyman, el propio autor desmonta sin querer su juego de apariencias. The ride down moimt Morgan no es, como parecía, un arriesgado descender por las carreteras heladas y nocturnas de la moralidad y sus hipocresías, sino tal vez un intento de dar vida a lo que, tal vez, al propio ex marido de Marilyn Monroe le hubiera gustado ser. Quizá Miller revela aquí dónde le duele. En su retrato del hombre fuerza- vital, el hombre que puede con dos ¡o mil! se delata. El disfraz de moralista tiene arrugas. I