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mente no sé si lo he conseguido. Me metí en un rodaje, aunque más bien debería decir en una exploración visual, del que no podía salir con facilidad. Al presentar esas imágenes del interior de la cabina de una ambulancia que circula cada noche por las calles de la ciudad, con las luces brillando, bajo el sonido del rock and roll y entre gente que transita, descubrí que estaba retomando algunos viejos recursos que conozco muy bien. Cuando pensaba en esas tomas, estaba en una casa de campo, aislado, escuchando a Van Morrison, a REM, a Nirvana. Un día vi un pequeño ciervo en el césped y pensé que. donde yo crecí, no habla ciervos. Las imágenes nacieron de la música y del recuerdo de unas calles que conozco bien. Yo me crié en el centro de Nueva York, en un lugar descarnado, justo al lado del Bowery donde deshechos humanos de todo tipo se morían al aire libre. De niño vi de todo: sexo, peleas, atracos, vagabundos durmiendo en la calle mientras alguien les robaba los zapatos... De todo. Así que a los ocho o nueve años, ya tenia una visión muy concreta de la humanidad, porque, incluso dentro de mi pequeño apartamento, aunque mis padres intentaban darme una vida decente, la realidad de ahí fuera me envolvía. ¿Qué lleva a la gente a ser y a vivir de esa manera? -Antes mencionaba que, durante la gestación de la película, usted escuchó cierta música. ¿En qué lugar la coloca a la hora de dar forma a un proyecto? -Durante el rodaje de Al límite descubrí lo importante que fue la música en mi juventud, el country, el rock, el pop... Mi madre escuchaba a Hank Williams, a Bing Crosby y. por supuesto, a cualquier estrella del rocA; and roll. Ésa era la música del barrio, la que salía de nuestros tocadiscos e invadía el exterior Y también estaba la música de las procesiones y la ópera. Había, en concreto, una banda italiana que la interpretaba en plena calle, y yo la contemplaba desde la ventana del cuarto piso. Así que, cuando veo una procesión religiosa o dos vagabundos peleándose en la calle, suena esa música. -En Jo, qué noche y en Taxi Driver como en este último trabajo, rodó por la noche. ¿Qué tiene la noche que tanto le interesa? -Desde niño vivo de noche. Cuando tenia unos tres alguien. Vivíamos en dos habitaciones compartidas, mi madre, mi padre, mi hermano, siete años mayor y yo. Le quiero muchísimo, pero era un bruto y me pegaba tanto, que casi me mataba, asi que disfrutaba mucho en mis momentos de soledad. Es así. Desde los ocho o nueve años hasta la fecha, trabajo y pienso por la noche. No niego que rodar esta película durante setenta y cinco días seguidos fue demasiado. Recuerdo que cuando hice Uno de los nuestros rodamos una secuencia en la que Billy Baxter está dentro del maletero de un coche, se abre y Bob (Robert) De Niro le dispara y Joe Pesci lo apuñala en un ojo. Decidimos hacer esa escena en la autopista de peaje de Nueva Jersey Por cierto, tenía que aparecer un árbol. Un árbol es un árbol, y en Manhattan apenas los ves. Recuerdo que era verano y nos acribillaban los mosquitos. Fue horrible. Antes de rodar la toma definitiva, Bob y yo estábamos sentados en nuestras sillas, y a ambos se nos cerraban los ojos. Él me dijo: ¿Cómo se nos ha ocurrido hacer esto por la noche? Yo le contesté: Lo hemos hecho siempre Y dije: Listos. ¡Acción! y bang, bang, bang. Después, Bob se tiró en la silla. ¡Estaba otra vez en la silla! Y es que a cierta edad el ambiente de la noche es diferente, más duro. Sus razones -Supongo que usted ha tenido muchas razones para rodar Al límite -Sí. y una de ellas es que no quiero perder totalmente la sensibilidad. Verá, mis padres, deseaban educarme bien, no querían que creciera contemplando cosas horribles. Esa ignorancia, ese afán de no mirar ciertas cosas, te quita sensibilidad. Y si pierdes la sensibilidad, simplemente te acabas. La pérdida de sensibilidad es mala, porque te impide preocuparte por la gente. ¿Ha sentido un interés especial por la medicina, por la atención al paciente, los hospitales, las ambulancias... -Cada vez que escucho una sirena, recuerdo que durante veinte años fui disléxico y confimdía. entre otras cosas, las palabras hospital y hotel Cuando tenia que decir hospital me salía hotel aunque, l) s (l tüño. rivo (le tioclic I o. s írcs años sufrí (ilafitirs f p asma años, alrededor de 1946 o 1947. sufrí unos terribles ataques de asma y dijeron que estaba incapacitado. Mis padres, que eran personas sin cultura, me dieron una medicación que me aceleraba; además, me escondían en una habitación, en la oscuridad. Como no me dejaban jugar, comencé a utilizar la imaginación. Así que pasaba mucho tiempo despierto por la noche. Me acostumbré a estar levantado. Más tarde, nos fuimos a Manhattan, y allí siempre había ruido y más ruido. En nuestra manzana había tres tiendas de comestibles, dos carniceros, una funeraria, varias compañías de camiones y muchas personas voceando en plena calle, incluso de madrugada. La misma gente que se ve en las películas italianas, napolitanos o sicilianos gritándose unos a otros, o silbando... Mi abuelo y mi abuela también silbaban, todo el mundo tenía su silbido característico para identificarse o para llamar a sabía que estaba de camino al Saint Mary s o al New York Hospital. No sé lo que significa y no quiero saberlo. Lo acepto sin más, créame. No digo que en alguna ocasión pude convertirme en auxiliar clínico ni nada por el estilo, pero sí hubo en mí ima preocupación especial. Para vivir más o menos cómodo en una ciudad como ésta, con tanto cruce de culturas, tienes que dejar a un lado ciertas preocupaciones, pero yo no puedo hacerlo. Para mí es una obligación cristiana. Y una forma de manifestar mi preocupación es rodar una película como ésta que no es, simplemente, una película al estilo liberal estadounidense, porque no es eso lo que quiero. Se trata de arrojarte y arrojar al público a una situación en la que se trate la compasión, el sufrimiento y la obligación que tenemos cada uno como ser humano. Eso es todo. Yo no digo que todos tengamos que meternos en una ambulancia y lle- BLMCOrilEBIie 32