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A N IMALES DE COMPANIA DROSOPHILA MELANOGASTER Por Juan Manitel de Pracla A caba de entrar una mosca burrera en mi despacho. Vuela con un zumbido de turbina oxidada, con un runrún de letanía obscena, y se pega topetazos contra el cristal de la ventana, como un ariete cansado, ciega ante la pared de vidrio que la separa de la libertad. En otro tiempo, su intromisión me habría causado una mezcla de aprensión y repeluzno; venciendo un infinito asco, me habría descalzado una zapatilla y la habría estampado contra una pared, para después contemplar la destilación lenta de sus visceras, derramándose como una resina putrefacta, mientras su cadáver espachurrado, convertido ya en una reproducción en miniatura de un cuadro de Tapies, iniciaba ese telele característico que precede al rigor mortis. Ahora me espanto del joven expeditivo que fui, zapatilla en ristre. esta mosca burrera acaba de en mi desYes queunairrumpircarnal deque pacho es prima la Drosophila melanogaster o mosca del vinagre, esa remota antepasada del hombre, con quien compartimos una parte nada exigua de nuestro material genético. Ahora, por ñn, comprendo las vindicaciones ecologistas, que hasta hace poco se me antojaban energúmenas. Porque quien estampa una mosca contra una pared a golpe de zapatilla está destruyendo 13.600 genes, muchos de los cuales componen también el material genético del hombre. Una matanza de siete u ocho moscas equivale aproximadamente al asesinato de un hombre; quizá incluso la proporción resulte errónea, pues, aunque el hombre multiplique por siete u ocho los genes de la mosca, no debemos olvidar que la mayor parte están repetidos. El hombre no es sino una versión prolija de la mosca. Ahoraséque por fin conozco mi verdadera naturaleza; ahora que me un mutante hipertrofiado de la mosca, como le ocurría a Herbert Marshall en la película de Kurt Newman que luego David Cronemberg plagió descaradamente; ahora que siento crecer dentro de mi un atribulado sentimiento de fraternidad con la mosca burrera que bordonea por mi despacho, me arrepiento, como Saulo de Tarso, de las persecuciones y tropelías a que sometí, en un pasado todavía próximo, a mis congéneres. La mosca burrera ha dejado de infligirse cabezazos contra el cristal de la ventana, para rascarse un poco el abdomen, espabilar las extenuadas alas y masajearse la coronilla. Aunque mis dotes de entomólogo no son nada del otro jueves, he querido- guiado por una especie de intuición erótica- asignar a la mosca un sexo femenino. ¿Acaso esa trompa o probóscide que la mosca burrera emplea para auscultar el cristal, como si de un fonendoscopio se tratase, no alberga los mis- mos genes que los labios de una mujer besucona? ¿Acaso esa boca chupóptera no posee la misma voluptuosidad húmeda que la sonrisa de Soña Loren o Julia Roberts? Y ese tórax de color pardusco o ceniciento erizado de un profuso vello, revestido de una piel corácea que espejea como el agua de los charcos cuando el sol se refracta en ella, ¿acaso no nos evoca la pechuga recauchutada de Pamela Anderson, la apoteosis mamaria de Anita Ekberg? Y qué decir de esas patas tan deliciosamente artrópodas, con su remate de uñas y ventosas, ¿acaso no son gemelas de los muslos hospitalarios de Sharon Stone, de las pantorrillas dóricas de Cyd Charíse, de las mórbidas caderas de Gina Lollobrígida? Los genes no engañan: aunque esta mosca burrera que se contonea sobre el cristal de la ventana de mi despacho, poniéndome cachondísimo, se haya criado en el ano llagado de una caballería, o sobre una carroña abandonada, o sobre un mojón de estruendosa mierda, su gracilidad delata su hermandad genética con las mujeres que perfumaron de pecados mi adolescencia. Es cierto que sus alas de transparencia turbia, cruzadas de nervios, no encuentran parangón directo en la anatomía femenina, pero ¿acaso no nos recuerdan vividamente los omóplatos que perturbaban la espalda de Ava Gardner, aquella estatua dúctil? D urante varios minutos me he inmiscuido en los genes de la mosca burrera que ha bendecido con su presencia el silencio de mi despacho. Han sido minutos de inefable cachondeo genético, pero, en honor a la verdad, he de confesar que sus esplendores carnales han terminado por hastiarme. A mí es que me gustan algo menos rellenitas. Mañana mismo me busco una Drosophila melanogaster. lUIGO T líimO 10