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via. La niña le contesta que sí. El niño le regala una bolsa de azucaradas golosinas y se marcha ufano, como un hombre de provecho. El niño se alarma después de columbrar extrañas contrariedades. El niño regresa arrepentido, entre rezongos y lloros. ¡Dame mis golosinas! ¡No! Los niños se hacen un nudo en la baraúnda de polvo que forman sus tirones. Del nudo salen voces de tiple, voces maldicientes, voces desgarradoras que menguan los mirares de las criatiu as que se apilan expectantes. ¡Yo no he sido! A la niña Margarita se la llevan al hospital unas manos enormes, unas manos que le hablan de cuentos, que le acarician sus carrillos acuosos. La niña Margarita recuerda las tonalidades de los últimos versos memorizados en la escuela: En las mañanicas del mes de mayo, cantan los ruiseñores, retumba el campo. La niña se detiene, parpadea y prosigue; En las mañanicas, como son frescas... -Me darán tierra. El amargo impulso de la resignación promueve la lagrimilla fugaz de la niña, una lagrimilla que se bebe la pérfida y renacida muerte del rincón. ie l niño Alfredo no fue. Al niño Alfredo se le subió el alma a la coronilla cuando, inesperadamente, la niña se desplomó desmayada, igual que las princesas de las películas. La niña Margarita, en la enferma noche del hospital, reconoce que el niño Alfredo no fue. Esta niña recapacita, en la gemebunda noche del hospital, y concluye que no amasa el suficiente coraje como para aguantar Jas crueldades cotidianas, que tampoco ahonda con el suficiente criterio como para sopesar las variopintas circunstancias, que nunca hallará un novio verdaderamente cortés porque, en esta vida, se ha quedado obsoleta... etcétera. La mañanica del doliente hospital carece del cántico de los pájaros. En la mañanica del afligido hospital sobran los haces de luz. A la niña Margarita le entreabren los ojos unos lúgubres rayitos de luz que. sobre la pared, colorean las orejas de la muerte. A la niña Margarita le da igual presenciar las cuencas vacías de la muerte, su cabellera zafia, su porte agrio y tradicional. La niña Margarita piensa que la muerte se ha quedado obsoleta. Inmediatamente, el cuadro de la muerte se desintegra, como pompa de jabón. E os días después enterraron a la niña Margarita. Su reducido féretro era muy blanco, suave y cálido. Un conocido pajarito colorín, al alba, abatido en sus luctuosos aires, sobrevuela la pequeña tumba engalanada de su amiga. Siempre baja y descansa entre las flores mojadas, las mismas flores que nunca renuncian a llorar su roció. En la tripas del mundo, la niña Margarita, con sus guedejas rebosantes de viva luz, alumbra el interior de su féretro, tanto que se iluminan las profundidades sombrías de la tierra. Nadie lo sabe, pero la niña Margarita parece una zarza encendida, ima zarza que respira las mañanicas. I D Anivnio Gúírez Alcaide (San Juan Despí, Barcelona. 1963) autor cuya escritura esta signada por un estilo caracterizada por su lirismo de curte iniraspectivo y seruiibte, ha publicado el libro de cuentos- Relatos del fuego sanguinaria y un candor y ¡a novela El paseo de tos caracoles Bumio T KEBim n