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RELATO ANHELOS Y LUCES Por Antonio GáJvez Alcaide Ilustraciones: Walter Canevaro Como mecida por los ecos de unos versos escolares, una niña juega, suena y se asoma a los misteriosos territorios de la muerte l colorín Bigfredo, desde la alegría de sus aires, despierta cada mañanica a nuestra niña Margarita. Y cuando esto sucede, un haz de luz, delante de ella, traza los más caprichosos óleos, las más fantásticas y admirables pinturas. Hoy, como a nuestra niña le florecen las ganas de vivir, el rayito de luz, con la punta de sus dedos, colorea la inmensa cola de novia que nuestra niña piensa, una cola larga y ondulante, como estela de la mar. A la niña Margarita le serpentean los arrechuchos del amor. Se siente enamorada porque quiere, pero también porque el ímpetu de la primavera la ha alejado del aliento de su terrible enfermedad. La niña Margarita mide noventa centímetros y cursa primero de una primaria primorosa. A nuestra niña le llueven las palabras del cielo, lo mismo que a muchos poetas. El colorín se llama Bigfredo porque rima con Alfredo. La niña lo bautizó desconociendo el verbo rimar, pero apoyándose en la efervescente intuición de los vates antiguos. Nuestra niña va para poetisa, como su vecina Luisa, que enseña el andar desgarbado y una naricilla tan graciosa como húmeda del constipado. Nuestra niña, a pesar de que tan sólo muestra seis deditos cuando le preguntan los años, sabe decir criterio, circunstancia, cortés, obsoleto y etcétera con muy aplicada precisión y en los contextos oportunos, lo cual asombra e incluso desconcierta. No hace falta recordar que a nuestra niña la empapan las palabras que bajan desde el firmamento, como a los poetas contemporáneos más inspirados, aquellos que, ya se sabe, esperan sentados las cosquillas de la inspiración. La niña Margarita piensa en la vuelta al colegio después de su larga convalecencia. La niña Margarita piensa en los ojillos brilladores del niño Alfredo y se ruboriza. Entonces sus mejillas cristalinas se encienden tanto como los frescos pétalos de las amapolas que guarda en su corazón. La escuela (uuuno por uuuno es uuuno; uuuno por dosss, dosss... es pequeña y lustrosa, y su aroma se manifiesta semejante al de los pinares que la rodean. La escuela, con sus poderosos cimientos, no disimula el es- E tremezón que le causa volver a contemplar a la niña Margarita. La escuela, palpitante, y con una lágrima desligándose de cada una de sus tejas, le dice hola. El colorín Bigfredo, cuando advierte la bienvenida de la escuela, agita sus alas desde las cumbres, perfilando cabriolas, mientras silba acompasadamente para producir alegría y se pierde en la sombra de sus propios ecos. -Adiós, colorín cortés. Inolvidables ños trapichean. D urante loscromos. minutos de recreo, los ni Te juego a- No me da la gana. Durante los instantes de recreo, los niños se refocilan tanto que en sus ojos hierven los vapores que sujetan la libertad contenida. ¡Sudas! -Y tú también. Diurante el recreo se descubren nenes candelejones, nenes picarones, nenes acezantes e incluso mangantes y suspirantes. La niña Margarita, recordando a su cortés colorín, se tropieza con el niño Alfredo. -Hola, Alfredo. -Pues hola. El niño Alfredo parece persona madura. A este niño, como es algo mendaz, los dientes se le encajan al tresbolillo. En realidad, el niño Alfredo es de todo un poco: lindo y monstruoso, pesado y grácil, capitán tuerto y protagonista galán. El niño Alfredo también ama a la niña Margarita. ¿Que por qué? Pues porque es la más guapa de la clase. -Tú, de mayor, y según mi criterio, serás hombre de provecho. -Pues no, me parece que no. De los hombres de provecho se aprovechan todos. ¡Anda! es verdad. No había caído en esa circunstancia. -Pues cae, cae. y confía en mí, que mi madre me dice que parezco una persona madura. El niño pregunta a la niña si quiere que sea su no- BUIGO Y KEGRO 70