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a la orquesta con nervio e intentaba destacar todas las voces, agotar todos los recursos. Matías, aparentemente, respondía con normalidad, pero, en un momento dado, todos los que lo conocíamos y que en ese momento lo estábamos observando nos dimos cuenta de que algo en él comenzaba a fallar: empezó a estar como ido, a tocar de forma un poco mecánica y a distraerse, de tanto en tanto, en sus intervenciones; y así, a lo largo de ese primer movimiento, se fue alejando cada vez más, dejando la mente en blanco, nos enteraríamos luego, o dejándose invadir, sin quererlo, por todas las imágenes que, imprevistas, desordenadas, apacibles, le venían a la cabeza; y por eso, cuando llegó el momento en el que Sandor Móise le dio la entrada para el solo de oboe, once notas todas ligadas, que se enfrentaban al silencio total de la orquesta, se lo encontró completamente inmóvil, con el instrumento atravesado sobre las piernas y la mirada perdida en el vacío, como si hubiese alcanzado la felicidad. Más tarde nos explicaría que él, en realidad, sí tocó aquella noche, que oyó la música en su cabeza y que se vio a sí mismo interpretando esa melodía de Beethoven, con una flauta de pan, bajo im naranjo de su tierra. concierto, organizamos A la salida delconrealidad nos único contactoenenpequeños grupos la intención de ir a cenar, yo busco al Tigre, que es en mi la orquesta, y lo encuentro despreocupado, tan locuaz y dicharachero como siempre. No ha pasado nada, hermano, no ha pasado nada, no se notó, Matías estaba nervioso y no hay que darle tanta importancia. El Tigre está muy excitado y pretende seguir adelante con su plan inicial, aunque existe una posibilidad bastante clara de que Sandor Móise esté furioso, pero Inés lo apoya, se cuelga de su brazo y le dice algo al oído y el Tigre se ríe y se justifica, Sandor Móise, hermano, tiene cosas mucho más importantes en las que pensar que la metedura de pata de Matías, yo te lo digo porque lo conozco, ya te conté, yo estuve con él en La Habana y allí hablamos muy seriamente, él se acordará. Inés y el Tigre se separan e Inés se va con su padre y los mandamases de la orquesta, que nunca van a cenar ni sacan de paseo a los directores invitados, pero que hoy sí irán, están dispuestos a todo, hoy no saben qué hacer para contentar a Sandor Moise. por lo de Matías, claro, es un asunto que no se comenta, el maestro tampoco ha dicho nada, pero está en el aire, y Sandor Móise, que normalmiente habla poco, tiene un brillo especial en la mirada y todo el mundo piensa en qué estará pensando. Poco después, nos encontramos en un restaurante cercano al teatro, el Tigre habría querido que hubiese menos gente de la orquesta delante, sobre todo por los jefes, pero ha salido así, qué se le va a hacer, la suerte está echada, hermano, y todos pensamos que va a esperar al café o los postres, pero no, aún no ha empezado a cenar y lo vemos que se levanta, bueno compadres, allá voy, deséenme suerte, y empieza a avanzar por el pasillo con ese aire algo zumbón que gastan a veces los centroamericanos, e Inés sonríe pero casi no le mira, estará enamorada, tiene los ojos bajos y algo humedecidos, se ha maquillado, también tiene los ojos bajos Sandor Moise, pero seguramente por un motivo distinto, está concentrado en su plato y es hombre de pocas palabras y además, hoy ha dirigido una Quinta de Beethoven sin solo de oboe y aún no sabe muy bien por qué, no acaba de comprender qué ha pasado. En su mesa, además de su hija y, cómo no, Alonso el trompeta, está la plana mayor de la orquesta, el concertino, el director del teatro y el responsable de contratación y el de la programación de temporada, pero ninguno, al principio, nota la llegada del Tigre, la llegada cadenciosa, cautelosa, despaciosa, hasta que el Tigre quiere presentarse, do you know La Habana Simphony Orchestra, Mr. Móise, y todos lo miramos desde nuestra mesa, que está algo alejada, con curiosidad, divertidos, intentando no levantar sospechas, pero divertidos, y también algo nerviosos, si, por qué no, yo especialmente, y apreciamos su decisión, su aplomo, sus movimientos mundanos, expertos casi, el Tigre cuando quiere sabe cómo hacer las cosas, no cabe duda, y vemos también todos que se dispone a agacharse para saludar mejor, una leve inclinación, im gesto de pura y elemental cortesía que favorece el acercamiento y la cordialidad entre las personas, hubiera dicho él con sus propias palabras, pero sólo alguien prevé el desastre, alguien que se levanta y ya casi ha esbozado un grito cuando la caja de condones se escapa del bolsillo de la camisa del Tigre y aterriza en el plato de sopa de pescado que el maestro Móise está degustando. Y, entonces, vemos también todos cómo el Tigre se queda paralizado, con la sonrisa caribeña congelada en una mueca y sin saber qué hacer, si meter la mano en el plato para rescatar la caja o limpiarle la camisa a Mr. Moise con la servilleta, I am so sorry, Mr. Moise, I have to present my excuses, Mr. Móise. y vemos por fin a Alonso, el hombre gris, responsable, de la orquesta, que se levanta echando un bufido, como personalmente fastidiado, y con andar firme, ni muy lento ni muy rápido, se llega hasta el Tigre y le pasa un brazo por los hombros, como hiciera él esa tarde comnigo y con Inés, pero no en un gesto de felicidad, no. sino en un gesto más bien triste, de pesadumbre, y así. sin dejarle concluir siquiera su torpe excusa, se lo lleva lejos, muy lejos, a los servicios del restaurante o a la calle, quizás, a un sitio lo suficientemente apartado de aqueUa mesa como para que el Tigre comprenda que acaba de comenzar su calvario. Y vino luego el relato de Inés, a la que el enamoramiento le duró lo que tardó esa noche su padre en pedir que le retiraran el plato, y que más tarde nos contaría muerta de risa que Sandor Móise de verdad no se lo podía creer, y que de forma repetitiva, diríase ya automática, seguía exponiendo a todos esa idea de estupor aun a la salida del hotel e incluso en el mismo aeropuerto, al pasar el control de aduanas no se lo podía creer y al pie de la escalerilla del avión seguía sin podérselo creer, no había visto nunca nada igual, aunque había recorrido el mundo, ni cosa que se le pareciese, repetía. I Rodrigo BruTioH (Madrid, 19 2) ka fíMudinda música y Su. primera nnveh. -Me manda Stradiiariiíi: periodismo. una fábula aohre In pasión ceadora en In Italia del XVII sobre la que planea la sombra del gran cemstructnr de violines, ar. ahn de xer puhlicnda por Editorial Déiote tras obtener el Premio Jaén en 1999 BUHGOr NEBRO 61