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no, ya lo sabes, hablamos con Cabanas y te hacen una prueba, en la orquesta se vive bien y se libra tres días a la semana. Y yo, que cogía esa tarde el autobús pai a Socuéllamos junto con Mo rales, Verdaguer y Francisco Ríos, me quedé primero como alelado y le dije que no, que imposible, que yo no era capaz y que dejara de llenarme la cabeza de sueños, pero luego empecé a pensar que quizás tenía razón y me había llegado ya el momento, lo maduré apoyado contra la ventanilla mientras Verdaguer contaba chistes de una grosería indescriptible y me decidí definitivamente esa noche, no cuando me encontraba desnudo e indefenso frente a la pared tapizada de cucarachas, sino algo después, cuando al viejo Morales se le pasó ya la tiritona y se puso a roncar metido conmigo en la cama para protegerse, los pies helados a pesar del calor, las sábanas humedecidas a causa del calor y por estar ahí metidas dos personas, en esa estrechez, y yo con los ojos como platos hasta la madrugada pensando en la proposición del Tigre y en mi futuro y oyendo el correteo de los insectos en la habitación de al lado. Matías lo imprevisible y lo Lelo de empezófuejoderlo todo. hubiese que a Quizás si rubio Llórente no se puesto enfermo las cosas esa noche habrían salido distintas, pero se enfermó y a Matías se lo dijeron por la tarde, el rubio está enfermo, Matías, te toca el solo de oboe, tienes tres horas para prepararlo. Y entonces Matías empezó a asustar a todo el mundo con lo que repetía siempre, la tontería esa de la huerta de su padre, que allí tenía trabajo y que cada vez que iba a tocar algo comprometido, algo que le causara inseguridad o que no supiera bien cómo le iba a salir, comenzaba a acordarse del olor de los naranjos en invierno, no hacía frío como en Madrid, el aire era templado, mediterráneo, y su padre le había escrito diciéndole que ya estaba bien, que como experiencia de la vida había tenido suficiente, siempre podía tocar en la banda de su pueblo, donde había aprendido, y en casa hacían falta dos brazos fuertes, de un hombre, era además mucha responsabilidad un solo de Beethoven, le daba miedo, en la Quinta sinfonía, para colmo, la orquesta se calla por completo y todo el mundo está pendiente del oboe, hasta que llega ese momento la espera es terrible. Así los encontré a la vuelta de Socuéllamos. Alonso, el trompeta, alma pura de la orquesta, hombre de gran responsabilidad y sentido del deber, valedor de los eternos principios del conjunto, sujetando a Matías en la barra y dándole cognac e intentando tranquilizarlo y evitar que se produjese el desastre, pero sabes a quién vas a tener delante, Matías, Sandor Móise. Matías, que te buscas la ruina, Matías. Y el Tigre, camisa de colores, traje blanco, despreocupado, feliz, acorralando en un rincón a Inés con un cubalibre en la mano y una sonrisa radiante de hombre que ha conquistado a una mujer y esa noche planea encontrarse con su padre en un restaurante a la salida del concierto, todo casualidad han decidido la hija y él, pero el Tigre aprovechará para recordarle que se conocieron en el setenta y siete, cuando él era ayuda de solista en la Sinfónica de La Habana y Sandor Móise aún no había cruzado el telón de acero pero era ya famoso y no paraba de dirigir orquestas por todo el mundo. Grandes cosas podían salir de ese encuentro, fantaseaba, medio en broma, medio en serio, el Tigre, ante la concurrencia del bar, una colaboración estrecha, quizás, ya que en su momento Sandor Móise le había alabado con mucho encarecimiento sus cualidades, le había dicho cosas muy, pero que muy elogiosas, sí señor, ustedes no se lo crean, pero las dijo, sí, quizás incluso se lo llevaba de contrab ista a Detroit, donde dirigía ahora habitualmente, ya asentado, su sueño, trabajar en los Estados Unidos. lUNGO T NEGItQ 59