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R ELATO N o SE LO PODÍA CREER Por Kodrigo Brunoñ Ilustraciones: Tino Gatagán La Quinta de Beethoven un maestro internacional, un oboe mudo, cucarachas y un gesto convertido en pequeña catástrofe que tendrá un peso decisivo en el destino o del Tigre con la caja de condones ftie en realidad sólo una anécdota, coincidimos todos luego, y comparativamente de menor importancia. Lo peor de todo fue que la Quinta de Beethoven se quedara sin solo de oboe por culpa de Matías y la huerta de su padre, y ver ahí a Sandor Moise, en el podio, con los ojos desorbitados y como diciendo que qué pasaba. No se lo podía creer, dijo luego su hija que repetía con un pie ya en el avión, entre una cosa y otra, que no se lo podía creer, no había visto nunca nada igual ni pensaba que algo así pudiera existir, y eso que se había recorrido medio mundo. Para entonces, yo sabia ya que se había estropeado todo, no cabía guardar ninguna esperanza, y a lo único a lo que podía agarrarme era a la última imagen que me quedó de Morales: en calzoncillos, despertándome en mitad de la noche en una pensión de mala muerte de Socuéllamos, la partitura de La de Soto del Parral encima de la cama y el violín en el suelo con una pinza de la ropa haciendo de sordina, y Morales frenético, aterrado, completamente fuera de sí, pegando golpes primero del otro lado del tabique y gritando como un energúmeno, Agustín, las cucarachas, y luego ahí, con sus calzoncillos a rayas y su camiseta blanca, temblando como sí tuviera fiebre, lo ves, te lo decía, te lo dije o no te lo dije, y señalando la pared toda llena de pequeñas manchas negras que parecían misteriosamente inmóviles, pero que se desplazaban, en realidad, con lentitud, haciendo exti añas figuras. El Tigre, al enterarse, se había puesto como un loco. Sandor Móise, hermano, porque para mí tú eres como un hermano, Agustín. Sandor Móise. te das cuenta, y me toca de archivero, repetía con preocupación, de archivero y sin el contrabajo. Y eso que entonces todavía no sabía lo que se le iba a venir encima por culpa de su hija, los condones y la huerta del padre de Matías, como si él hubiera sido el causante de todo. Yo le había contado ese día que estaba harto, que no lo soportaba más y que haría cualquier cosa con tal de huir de Morales, no por Morales sino por ese mundo sórdido que parecía acompañarlo a todas partes: los L viajes interminables en autobús y los chistes malos de Verdaguer y la suciedad de las pensiones, la depresión que me producía el tener que tocar La del Soto del Parral un sábado por la tarde teniendo como fondo la sábana blanca del cine Principal de Socuéllamos. Por eso fue que el Tigre me animó primero y me hizo pasar de considerarme un muerto de hambre a concebir ilusiones, cuando todavía no sabía que era él quien quizás se quedaba sin trabajo. En las orquestas se requiere gente disciplinada, le dijeron, Sandor Móise es un gran maestro y no se le pueden hacer esas cosas, a Matías ya lo hemos mandado de vuelta para Valencia, que era lo que se estaba buscando, y ahora quedas tú. Tigre, sólo tú, qué vamos a hacer contigo. Tigre. Y pensar que sólo dos días antes lo que creía el Tigre era que en la orquesta de verdad tenía mano, aunque de tocar el contrabajo lo hubiesen degradado a archivero y en estas funciones tuviese que enfrentarse a Sandor Móise, que venía a dirigir a Beethoven. Él. sin embargo, era optimista y se consideraba, ante todo, un profesional, además, en esas fechas andaba muy ocupado enamorando a su hija Inés, flautista en la orquesta por oposición, apasionada de España y fundamental mediadora para la contratación del maestro. El Tigre la requebraba a todas horas con gracia caribeña, la cortejaba una y otra vez con sus galanterías y ella se dejaba querer suavemente, sin pronunciarse, y se echaba a reír siempre que él le explicaba una vez más la teoría de que ambos eran distintos y tenían algo en común que los separaba un poco, sólo un poco, de los demás compañeros, los dos eran exiliados, gente sin un auténtico hogar, víctimas de la falta de libertad de expresión, ella estonia, él cubano, luchadores auténticos, prófugos del comunismo, eso une mucho, decía, mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros. así fue, tal vez el amor, tal vez confianza Yflexivacuandosesehabía apoderadoesa se lo pensóirreque de él en aquellos días, que sintió generoso no dos veces y me lo dijo sin más, hacen falta violas, Agustín, yo te lo digo porque tú para mí eres como un herma- IILllNGOYNEeitO S í