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A N IMALES DE COMPAÑÍA LA e exasperó que en la recepción del hotel me tendieran un formulario donde se hacían preguntas capciosas o inconstitucionales. ¿Se declara usted monárquico? leí entre el repertorio inquisitivo; un poco más abajo se incorporaba esta otra pregunta infamante: ¿Cuál es la naturaleza de sus tendencias sexuales? y también: ¿Profesa usted alguna religión? Había un apartado dedicado a las minusvalías físicas, donde se invitaba al cliente a confesarlas sin rebozo. Afronté la sonrisa necia y como petrificada del recepcionista: Esto me parece intolerable. ¿Qué les importan a ustedes estas intimidades? escupí, con más desprecio que furor. El recepcionista parpadeó con una servil perplejidad; la sonrisa se le había quedado enganchada en los labios, como un molusco pérfido: No está obligado a contestar nada, señor De Prada. Vivimos en un Estado de Derecho que otorga plena libertad a sus subditos, perdón, ciudadanos. Pero nuestro hotel, en su afán por ofrecer a su clientela el mejor servicio, desea hacer su estancia lo más agradable posible. Uno de nuestros objetivos más inequívocos consiste en satisfacer a las minorías. No queremos que nadie se sienta discriminado... Interrumpí su perorata con un ademán tajante de la mano, que quizá me quedó demasiado autoritario en pleno Estado de Derecho. ¿Y para eso necesitan saber si yo soy cristiano o monárquico? -El sarcasmo me supuraba por las comisuras de los labios- No me joda. hombre El recepcionista. un poco alfeñique o chisgarabís, balbució: Es que en algunas habitaciones hemos instalado crucifijos y retratos de Su Majestad, y no quisiéramos herir sensibilidades... Lo corté hastiado: Déme una habitación modelo estándar, y déjese de mamarrachadas M U J E R OBJETO Por Juan Manuel de Frada sillo de suelos enmoquetados, perfumado por una musiquita infamante. Me habían adjudicado una habitación escondida en el último recodo del pasillo, como si me tratase de un apestado al que quisieran mantener alejado de las infinitas minorías étnicas, religiosas, políticas y sexuales que allí pernoctaban. Hurgué con la llave en la cerradura y empujé con enojo la puerta. Una mujer joven, de formas apremiantes bajo la ropa ceñida, se interponía en el vestíbulo. Disculpe, he debido de equivocarme balbucí. ¡Oh. no, no! Usted es el señor De Prada. ¿verdad? Ésta es su habitación dijo ella; tenía un rostro pizpireto, quizá un poco lascivo, y unos andares almohadillados, casi felinos. Observé con agrado que el culo se le desbordaba un poco, a la altura de las caderas. por efecto de la celulitis. Entonces no comprendo qué hace usted aquí murmuré, haciéndome el duro. La muchacha se llevó las manos a las mejillas, para reprimir su pasmo: ¡No me diga que no han acertado! Sus senos se rebulleron bajo el suéter, como cachorros ahitos y agazapados. ¿No han acertado el qué? pregunté. Su tendencia sexual dijo ella, con risueña consternación. Entonces la muchacha me explicó que el hotel ofrecía a sus clientes, entre otros servicios, la compañía de una señorita que amenizara sus noches. Su misión, como la de los canales de pago del televisor o el minibar. consistía en estar ahí, a modo de estafermo; si decidía utilizarla como receptora de mis monólogos, tendría que desembolsar una calderilla; si, además, deseaba que me calentase las sábanas, o incluso el organismo, tendría que apoquinar cantidades menos exiguas. La muchacha hablaba como si arrastrase una borrachera de anís y se contoneaba al andar. Cuando concluyó su alocución, se aposentó en un taburete y cruzó las piernas, mostrando más allá de las medias un atisbo de carne blanca como un continente de harina en el que me hubiese gustado asfixiarme. e r o esto es inadmisible! -ex iX clamé, herido en la viscera del civismo- ¿Qué hotel de mierda es éste que emplea a las mujeres para desempeñar los más sórdidos oficios? ¿A esto han quedado reducidas las proclamas feministas que reclamaban igualdad de derechos para la mujer? La muchacha me miraba desde su taburete con ojos voluptuosos y cansados, como apiadándose de mi. En eso se equivoca, señor De Prada -me atajó, algo soliviantada- En este hotel nos regimos por un exacto sistema de cuotas. En la mitad de las habitaciones hay chicos de compañía, prestos a satisfacer a nuestra clientela femenina, o a señores de gustos heterodoxos. Nuestras máximas de conducta son el respeto a las minorías y la igualdad entre sexos. ¿O es que no sabe que vivimos en un Estado de Derecho? Y se colocaba los senos en el sostén. Bajo los labios de vehemente carmín, creí atisbarle unos dientes de aspecto carnívoro. Entonces, milagrosamente, desperté de la pesadilla. Mi enfado me duró mientras asE lcensor me depositaba en unel paBlHCDYNEQRO B