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ra postiza y se la coloca, siente que es un hombre diferente, se encuentra más apasionado que de costumbre, más loco, más humano. Desea de pronto comer con ella y la llama por teléfono corriendo. Se sientan en su mesa favorita y él le confiesa que desea que prueben por tecera vez. A la tercera va la vencida, como dice el refrán, comenta. Ella, escéptica y resentida, le advierte que nada va a salir bien, o es que no ha tenido suficiente con las sesiones pasadas, pregunta. Él insiste, porque es otro, dice. Ella cede y de nuevo corriendo al hotel, de cabeza a la habitación y a la cama sin pausa. Él comienza a besarla de un modo sublime: se acerca a ella con delicadeza, posa sin rozar casi sus labios en su boca de mujer, que arde con fiebre de pasión descontrolada. Se revuelcan sus pieles labiales y sus lenguas dentro y fuera de su cavidad etérea; los besos son pata negra, de jugos tibios que caen y se deslizan insinuantes por el resto del cuerpo, incontrolados. Él la desviste con deseo, con ternura, con pasión. Ella se deja hacer sin comprender, sólo sintiendo. Porque ella siente por fin y ese sentir la ha emocionado. Desea ser poseída, desea ser tomada, ser penetrada, pero queda un resquicio de duda sobre si él podrá y ella llegará o todo quedará asi, como en la nada. Se entrega a su deseo y él la toca, la acaricia, juega a enredar su melena de caoba, muerde sus miembros de crocanti. la descoyunta por la ansiedad entre sus manos, que arden y se queman, y no dejan de explorar lo que hasta ese momento no era más que la pura teoría sin pruebas. Durante media hora sus cuerpos acompasados retar- dan gozosos el momento de la fusión en caliente. No hay zona de piel que no se pliegue a sus deseos; no hay campo de amor como el instante de esa cama. El dolor de su pasión es cada vez mayor y ya quiere ser reconocido, quiere hacerse carne y posesión más intima. Él la toma por fin, como un hombre impotente que ha dejado de ser impotente toma a una mujer frígida que ha dejado de ser frígida en sus brazos. No hay palabras... agotadas en desorden. El recuerdo del pasado D espués, el ycigarrilo compartido entreselas sábanas placer cercano los turba sobre la cama; sienten curados para siempre de su mal antiguo y ya olvidado. Seguros de sí mismos y tranquilos reposan su felicidad de hotel y amantes. Es a la fuerza de su amor recíproco a la que atribuyen los efectos milagrosos de su reencuentro. Y en un momento de euforia por los resultados obtenidos, él, sintiéndose amado por encima de toda incertidumbre y capaz de las mayores hazañas, sin escollos y peligros a la vista, afirma valeroso a su pareja: -La próxima vez, querida, te besaré sin dentadura. I Lola Beccaria (Ferrol, La Corana. 1963) combina ¡a ireación, la crítica literaria y la estigaíióii filológica, campo en el que ha descubierto y editado El Otomano famoso una obra perdida de Lope de Vega. De su primera novela publicada. La debutante- ¡as elogiosas críticas alabaron- la seguridad y la riqueza de su prosa- La distancia que le separa de su ordenador es la que existe entre usted y cualquier oficina de la Tesorería General de la Seguridad Social. Porque gracias al sistema R. E. D, ya puede tramitar cualquier documento de cotización, altas y bajas a la Seguridad Social, ahorrándose desplazamientos y tiempo. Desde cualquier ordenador de su oficina, a cualquier hora y en sólo unos segundos. Infórmese en el 9 0 0 6 1 6 2 6 1 Con R E D ya no hay distancia, Remisión Electrónico de Documentos SECRETARIA DE ESTADO DE LA SEGURIDAD SOCIAL 5 T oM MINISTERIO DE TRABAJO Y ASUNTOS SOCIALES TESORERÍA GENERAL DE LA SEGURIDAD SOCIAL Más fácil. Más cercG.