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A ella le gustaba dormir hasta tarde; era remolona por la mañana y aguardaba paciente el paso de las horas diurnas para reanimarse y vivir la noche con pasión. Trasnochaba habitualmente. Él se acostaba todos los días a las diez y media y se levantaba, prusiano, a las siete de la madrugada. Sin fallo. Odiaba trasnochar. Se veían, pues, en terreno diurno y neutral para ambos bandos: no podía ser otro- él trabajaba por las mañanas y ella por las tardes- que el de las horas de la comida. e y a pesar de Dquetodas formas, expuestas palas facilidades ra esta relación se solidificase, se veían a menudo, esto es, una vez al mes, para comer y darse unos besos de ocasión, besos de cartón piedra sobre arrumacos sintéticos. Pero cada vez que se besaban les parecía sublime aquel roce de sus labios, lo cual no dejaba de pasmarlos, pues la condición de su antagonismo nato les partía los ejes de toda lógica. Él tenía cincuenta años; ella, la mitad de esa cifra. Ella era desordenada y descontrolada; él era el control y el método personificados. El día y la noche, la luna y el sol, parejas antitéticas condenadas a no reunir jamás sus trayectorias dentro del mismo espacio so pena de cataclismo. Dos seres tan opuestos como aquellos, los dos extremos del canon, las dos medidas más alejadas, un par de líneas paralelas sin posibilidad de intersección y corte, se veían compelidos a reunirse y convivir, doblegando sus antaño instintivos ascos. Ellos, en pleno desconcierto de segregar delirios y feromonas. aplicaban la vieja y tópica receta de la atracción de los opuestos, pues de otra manera no se explicaban aquel antinatural deseo que tan obscenamente les turbaba. Ya en el campo de la práctica, su relación sexual no era ninguna fiesta. La incomprensión de una y otro en el terreno del deseo se presentaba flagrante en los dos seres más desprovistos para el sexo del planeta. Cien por cien incompatibles: el principal problema de él no hacía más que incidir en el conflicto de ella. En su conjunto todo venía a conjugarse y reunirse y converger en una única e inmensa coincidencia paradójica. ¿Cómo resumirlo en seis palabras? Ella era frígida; y él, impotente. Metafísicos a golpe y a la fuerza, diseñados con incapacidad para el contacto, enemigos del roce, puestos a punto en el taller del platonismo más barato, de verdad y sin bromas. El hecho es que no va- lían ni siquiera para protagonizar la rutinaria escena de cama de dos amantes vulgares, no ya lujuriosos e imaginativos. i u é podían hacer entonces? Obligados por razo 6 V nes extrañas, contra sus más íntimas convicciones personales, a establecer lazos físicos y psíquicos como una pareja normalita, ¿qué estrategia adoptar, qué remedio probar, qué camino seguir? Se limitaban a seguir besándose en lugares públicos por temor a acceder a zonas peligrosísimas para su púdica impericia. Él resultaba una ostra; ella, una almeja. Dos especies distintas de bivalvos. Sus conchas se estrellaban en duro y se propinaban baquetazos en lugar de caricias. Y todo lo que fuera tocarse por debajo de la barbilla se hallaba tácitamente censurado. Bueno, lo cierto es que también se permitían ciertas dosis de miradas, y manitas de guantes puestos. Y así durante seis meses, viviendo en esa penumbra sentimental. BLUNCO iriltGRO 1 l i