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RELATO EL SIMULADOR Por hola Beccaría llustraáones: Killian Un hombre y una mujer antagónicos ignoran que son el juguete de unos misteriosos seres interestelares y se enredan en una turbadora pasión imposible S e habían conocido no sé dónde, los había presentado no sé quién y nada más verse habían decidido, tras escudriñarse mutuamente, tras olerse como sabuesos a la recíproca, que no se gustaban lo más mínimo. Es más, descubrieron que daba la casualidad de que no estaban hechos el uno para el otro. Aún así, habían jurado no volverse a ver de ningún modo. Y de esta forma hubiera quedado la cosa si a cada uno por separado no le hubiera dado por olvidarse de pensar en el otro a cada momento. Para colmo no se recordaban en absoluto, ni se imaginaban nunca. Y a pesar de todas esas circunstancias favorables para volverse a ver, parece ser que no se volvieron a ver jamás, O por lo menos, los hechos verifican que no se volvieron a ver jamás hasta el día en que el destino y la casualidad, olvidando viejas rencillas y afanes de competencia, se unieron para que la coincidencia de ambos, en un nuevo escenario, se diera sin tropiezos. En este segundo encuentro, fortuito para el ojo humano pero en realidad urdido con cálculo por elementos paranormales aliados, pudieron reconocerse entre los clientes de un restaurante con caché, reducido e íntimo. Ante la escasez de comensales que moteaba el local y el ínfimo camuflaje que la falta de ángulos muertos les brindaba, parecía obligado saludarse: sin embargo, y aunque no habían podido evitar el cruce de sus miradas, con lo que el escaqueo del saludo era difícil, se habían ignorado mutuamente, con determinación. Así estaban las cosas entre ambos, mientras los planificadores de vidas humanas, ubicados por allá arriba y muy lejos, quién sabe si en Júpiter o Saturno, o en cualquier otro planeta ignoto, instalados cómodamente en sillas desarticuladas, se tiraban de los pelos metafóricos frente a sus mesas, sobre las cuales destacaba un llamativo despliegue de remedos de sujetos y edificios terrícolas en miniatura: ¿Cómo es posible tanta terquedad y soberbia? se preguntaban aquellos funcionarios de los dioses frente a las maquetas de moldonio prensado, al tiempo que deleitaban sus gaznates siderales con planctonaje etílico. A esta muestra de especímenes rebeldes los vamos a hacer entrar en vereda, decía el más necio de los planificadores, a quien, por sus trabajos desafortunados en el campo del ensamblaje de relaciones afectivo- erótlcas humanas, se le había bautizado con el repugnante nombre de Escupido. Como a los planificadores de vidas allá arriba no se les puede llevar la contraria por mucho tiempo, los protagonistas de esta historia no tuvieron más remedio que encontrarse de nuevo. En esta tercera y definitiva ocasión habían acabado dándose de bruces por casualidad y azar y por destino y hado y también porque aquellos burócratas siderales habían enviado al planeta Tierra dos técnicos especializados en reducir a los insumisos, con el fin de que aquel espinoso asunto que empañaba sus impolutas carreras en el Departamento de Planificación de Sujetos Humanos se viera enderezado de una vez por todas. había magnífica labor, había C ada técnicocon sus hecho una cartaestratosfera, había cumplido órdenes a cabal y se ganado, de vuelta en su lejanísima una condecoración de cartílago de krakonio acuñado de gules y un lingote de cárnabo inforado, más un viaje para dos al Caribe interestelar de Galaxia 57. Al otro lado del universo, en la Tierra, quedaba estipulada y arbitrada la unión de dos seres que en verdad se repelían. Ni ella ni él tenían nada que ver el uno con el otro. La diferencia de edad era abismal. Como dato a mayores, ella era alocada y él tenia dentadura postiza. Por narices los hicieron coincidir en una galería de arte. Nada más verse sintieron una extraña e Incomprensible atracción mutua, seguida de un instintivo rechazo que, por impertinente y poco afín a sus nuevos intereses, fue expulsado en el acto de sus cerebros. Él no tenía coche, ella sí. Él consideraba que tener coche era esclavizarse a un objeto absurdo; ella consideraba que tener coche proporcionaba independencia. El caso es que ella se lo había echado al vehículo casi a tortazos, lo había acercado a su casa a la salida de la galería y se habían despedido con la promesa de volver a quedar en un corto espacio de tiempo. B U I C H NEGRD 114