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Tú me ves grande. Tú sabes que te voy a defender de la gente mala. Tú sabes que soy tu mamá y por eso me quieres. ¿Ycuándo la gente es mala? No. Iba a llorar otra vez. Pero cómo voy a llorar viéndoteesa carita de alegría. Sí. Qué ojos tan azules. ¿Por qué lloras en otros brazos y en los míos no? A lo mejor sabes que soy tu única madre. A veces no sé qué decir cuando pienso en los años que tienen que llegan Y sin saber qué debo hacer Y entonces empiezo a temblar sin que haga frío y de nuevo comienzo a llorar. Tres lágrimas, como tres brillantes del alma, se vertieron, desde las mejillas de la madre a los risueños carrillos de la hija. La mecedora las columpiaba sin estridencias, con ese grácil contoneo que invita a la placidez. Madre e hija establecían la estampa del cariño palpable, ese tipo de amor que pocas veces se maneja. El pecho de la madre, todavía infantil, rozaba con su dulzura los dulces labios de la hija. La muchacha pensaba venga, perezosa, no te canses tan pronto, que pareces un niño mamujón y con la yema de su dedo índice le acariciaba uno de sus mofletes colorados. La joven, entonces, contemplaba cómo la hija, gracias al estímulo, volvía a sorber el alimento ávidamente, aunque al mismo tiempo se inclinara hacia el sueño. Los minutos transcurrían sosegados hasta que el corazón de la madre empezó a dar vueltas y trompicones a una velocidad vertiginosa. El corazón de la madre hervía como si hubiera explosionado a causa del pánico. La muchacha pensaba que su corazón lloraba lágrimas de fuego y que sus gritos podían espantar el plácido sueño de la hija, curvos mofletes se acercaban tanto al corazón atormentado. La muchacha, entre un tumulto de sensaciones borrosas, tenía unas ideas que se identificaban con que su leche era la leche de una embobada, leche de nutrición embobada, de una embobada perpetua, de un punto insuperable, leche de mujer tonta y mongólica de VaUadolid, leche vacua, leche sin porvenir, leche de lágrimas amargas. -Basta. No. Ya me pongo bien. No- dijo la joven, rompiendo el silencio contenido del piso. Se levantó con la niña en brazos, y un pañuelo le secó las lágrimas y los caminos de sudor que se construyeron en su faz. La muchacha se recompuso. Su decisión y la pujanza que le transmitía su hija derrotaron a la congoja. La solitaria satisfacción se impulsaba desde el interior de sus venas. Sin muchos preámbulos, la madre se decidió a pasear por los reducidos espacios del piso. La hija se aferraba a su pecho, en posición vertical, y agradecía las tiernas palmaditas en la espalda que le ocasionarían un eructo. La madre pudo comprobar que la niña no se había alarmado por el estremecimiento pasajero de su corazón. Luego dedujo que, aunque s o estaba vestida con los pañales, la empezaba a inquietar el calor. La madre, por este motivo, determinó asomarse al balcón, con el propósito de que el aire de la mañana las gratificara con su impagable frescura. Desde el décimo piso, el bullicio de la calle se engalanaba como si fuese de mentira. Los coches parecían de juguete y los simpáticos perrillos se moldeaban como los garabatos de las pelíI culas de dibujos. Desde el décimo piso, el aire reflejaba sus tirabuzones con mayor libertad y pretendía mostrarse dadivoso exponiéndoles a la madre y a la hija sus reconstituyentes poros de humedad. La muchacha se encorvó, muy ligeramente, y la hija se desvaneció en el abismo. El aire, aún sin aliento, la volteaba como a una hoja de papel, y, en diagonal, la soltó sobre la misma carretera. No tardó una motocicleta en atropellar a la hija accidentada; después, las ruedas de los automóviles desperdigaron sus miembros de goma a lo largo de la acera. Desde el décimo piso, la madre sólo pudo presenciar cómo se desmoronaba el color de su hija, un color rosado que se esparcía en la calle. Y en la calle, la gente caminaba impasible ante una simple muñeca desmenuzada, una muñeca muy querida y amamantada, todavía con sus ojos del color del cielo. La joven muchacha, eUa, una madre de luto, se sentó en la mecedora sin dejar de observar la claridad del balcón. Pensaba. Sus ojos de luto, inexpresivos, oscurecían la estancia. Sin quejidos ni muecas, el llanto pronto iniciaría su inundación con el ñn de introducirla en sus palabras de lava. La muchacha, sola, se mecía casi imperturbable. La boca se le congeló, abierta de forma extraña, en el mismo instante que una voz de fuego desanudaba las primeras chispas de lágrimas. Antonio Gálvez Alcaide (San Juan Despí, Barcelona, 1963) ea autor del libro de cuentón- Relatos del fuego sanguinario y un candor y de la novela de reciente aparición- El paseo de los caracoles muestras de una escritura sensible de corte instrospectivo, que bucea en las luces y sombras del alma humana BLINGO T lEGRO S 4