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R ELATO DESPUÉS DEL SUEÑO Por Antonio Gálvez Alcaide Ilustraciones: W. Canevaro Una muñeca rota, una joven que se cree disminuida, un ser en carne viva que encuentra en el cuidado de su hija imaginaria una ventana por la que asomarse a la vida Llorar y sólo llorar, voz de fuego. José Hierro lla pensaba que era disminuida. Todas las mañanas, al abrir por primera vez sus ojos de luto, ella pensaba que era disminuida, disminuida psíquica o algo así, pero sólo un poco. Como todas las mañanas se desenrollaban con la misma letanía, ella pensaba que era disminuida de la cabeza, pero por un punto nada más, que una vez un médico le dijo a su madre que por un punto nada más. Todas las mañanas se administraban sedientas y amargas. Todas las mañanas regaban su fertilidad con las lágrimas de la joven que pensaba. Las claridades de las mañanas, umbrías y trémulas, se recogían en un ovillo para escuchar, con mayor firmeza, las voces candentes de unos pensamientos. La muchacha, todavía postrada en la cama, pensaba. No. Otra mañana y a llorar. Otra vez me acuerdo de que no tengo el punto que me falta. Otra vez me acuerdo de los niños que se reían de mí cuando cuando decían que soy una mongólica de Valladolid. Los niños ya no se ríen de mí porque soy mayor. Mi madre dice que tengo dieciocho años y que ya soy una mujer Pues bueno, pero no lo entiendo. Yo pienso igual que siempre. Ahora me gusta levantarme porque me vino una hija muy pequeña. Mi madre dice que ya soy una mujer. Yo no me acuerdo del día que mi hija, tan chiquita y suave, nació. Es que sólo me falta un punto. No. Otra mañana a llorar La muchacha, abrazada a la almohada, seguía pensando. La muchacha mostraba a la penumbra sus pestañas tibias y totalmente mojadas. Las pestañas de férreo luto se condensaban en unas cuantas fracciones que concluían en una afilada punta. Las lágrimas, escultoras tristes, siempre se comportaban así. La muchacha adivinaba sus pestañas triangulares y pensaba que era lo único hermoso de su desgracia. La mucha- E cha se abrazaba a la almohada y la almohada sorbía las cotidianas lágrimas como una esponja angustiada. Ahora, cuando mi madre me diga niña, que me voy a comprar yo me levantaré y le daré de criar a mi hijita. Es que me da vergüenza de que mi madre me vea el pecho. A lo mejor es por mi enfermedad de disminuida. Ahora, aunque llore, estoy contenta porque tengo una hija pequeña. Esta noche mi hijita no ha llorado. Seguro que no tenia hambre. Mi hija llora tanto como yo. ¿Qué pensará que le da tanta lástima? A lo mejor le viene ese frío por dentro cuando se acuerda de que su madre es un poco disminuida. No. Otra vez a llorar Una sombra que se cruzaba con otra por el pasillo. Unos cajones que se cerraban en la cocina. Unos pasos que se marchaban. -Niña, que me voy a comprar. La puerta del vestíbulo se cerró y la joven pensó que se le abrían los mejores instantes del día. La joven se incorporó lenta, pesarosa, no sin antes enjugarse, con un trocito de sábana, las lágrimas que le habían anegado las mejillas. La joven se lavó la cara con agua fresca, delante del espejo, y pensó por primera vez que sus ojillos de china también la diferenciaban de las personas normales. Las ventanas abiertas daban paso a unas corrientes vivarachas de aire que reconfortaban. El trepidante verano era menos verano en esos momentos. El aireci 11o caracoleaba por todos los ricones del piso, y en ocasiones balanceaba el fino camisón blanco de la joven como si se tratara de las espumas que rompen en la playa. El airecillo gentil atenuaba unas desgarradoras melancolías. La hijita se despertó en los brazos de su madre. Siempre que la madre la cogía, con la mayor ternura posible, la muñequita preciosa le abría los ojos, unos ojos lucientes, como los colores que se ven en la inmensidad del cielo. La madre pensaba que la sonrisa de su hija era la más serena del mundo, y se extrañaba de que nunca se le hubieran quebrado dentro el miedo y la desconfianza. La madre pensaba sin descanso. BLUGI Y HEGIO SI