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Historias de la copla Por Carlos HERRERA MIGUEL DE MOLINA Q UE necesidatí teridran los gra aes rrulos Oe morirse. ¿Qué te pasa a uria leyenda viva por flf cuerpo cuaniio se satw óesaparecer? ¿Se les va de la boca el dulce gjsto a tiascendoncia? Se van sin importarles un pío b que va a quedar escnlo sobre ellí No stí como fueron las últimas horas de Mrguel; tal vez floran como sus únanos años, toliíarias, huidizas, mis! eriosas. acentuadas de equivoco; tal vez su muerte íuera la smpte figura de Lffi embozado tras un recodo, quizá estuviera agazapada tras la casa siempre cenada de Belgrara. la v e la suya fuera una mierte sai día previa y sin aiuncio, de esas nxiertes sn crtambetán tan prácticas pero (an poco ¡iterarías. Muño donde quiso no sé si CCiTio qLfiSO) MFgud de MoOna. mrtc y aJegona de la cr ca contempofán de la copla y sus suburbios, esquiva leyenda de un purgado de anos claves de la hislona inmediata de Espai Muñó eíicerrado en su brillante lOiiXtóz y altariertan arerrado al acento merengoso y dulzón de la tierra que le vb renacer, Buenos Aires, Argentina. Ameíca, Miguel era de memoria injustamenie tesia uda, convertida en ancla poderosa y piotunda que lamás ie d votver, ave que solo Juera para hacer justicia al tarígo. que ha basado la mitad de su repenofto en justificar Las vueltas a los escenarios apagados. Pero riacft. naciü r Málaga, eri la Alameda, en una casa hermosa y soleada que pronto abanüonó Dará ir a oita más humilde. Su m- farda fue laJ cual, humltóe y corta, revoltosa y enlrenlada, curtida en las peleas con los ruAos de tas Sal e ó n o s que le acusaban de aíeminado y curtida en las estancias en los relomoaionos a los que sus padres le enviajon no sé muy bien a qué. Un día que vdviú larde a casa Tras haber visío un e iectácuio. su padre le propinó la que Iba a ser la ultima bofetada; ai d ¡a Siguiente cogió su haliOo y saSfi de Málaga, f volvió aJ teatro Cervantes en el que tanto soñú actuar. Muró sm atender los requenrmenEos de todos tos malaguetos que te redamaron. Miguel era así V an embargo, sé que muñó con Málaga en el corazón y, si me apuran, hasta en la boca. Conservaba ds ella el recuerdo de algún amor furtivo n veces negado y, especialmente, su milagroso acento. Sus palabras sallan tintadas de una dulce mezcla de acento portefSo y del muy concreto aire de La Caleta, 3 pesar de todos los años pasados, tantos y en tantos lugares Se enrolo en compañías que precisaran de un apai do muchacho que cantara e irrvtara a las estrellas, que bailara y que tuviera tantas ganas da tnuníar ci no pi cas aspiraciones econórrícas. Le vieron pueblos y cudades apuntar esas maneras provocadoras y brillantes, deslumbrantes casi, coloreadas y aiDaratosas. Vieron a un muctiacho esbelto, atrevido, Pcreado y valiente. Algún día le vio AmeTia de isaura y Ü x 35 ayudarle. La Isaura era d ¡ver! ida. rompedora, caricatura w a que se anundatia como maquietisia, y necesitatjg jr complemento para sus varjefés. Le debió gustar de Miguel ese aire innovador que le envcÍL Podía ser un comprémoslo pedecto, y asi fue. Sus pantalones eran ajustados hasta el apnelo, sus blusas, en camtflo, ampftas y vapíSfosas corv íeccionadas por él, hisopadas de lunares, con mangas de grandes vuelos- a veces decía parecían dos sartenes- dcóiadas por grandes cuellos, sus manos estaban Benas de joyas, en un pnnopta supongo que falsas, ani Gos con cat o rr ífedas colgantes, puise- Los paniaífiíws con que aclusba Mij ucl de Molina aprisro, iu blusas, ín cambio, amplios y viporceaa. confeccn na (lií poríUhi opadaí de lunateí doblidis por pnudíí cudloi y con manr; u de grandes vucfoi. Los riioi de ii pelo eran CELidJioerHe negroi y sbiillanladoi y IJÍ pcil a que earídflt an su miradi ¡c -cÍ 2 n i ¡z ií y omJuladL Era pucí, la iiuoLcodí