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la tierra tuvo la culpa NO QUEDABA Por Juan Van den Eynde Fotos: Luis León Arriba, Anget Campo, autor de la matanza de Liermo. El pequeño cementerio se vio totalmente desbordado en el entierro de las siete víctimas H UBO un tiempo en que L i e r m o un pequeño p u e b l o cercano a la costa, en Santander, celebraba sus fiestas de San Martín en una bolera situada en un terreno de poco más de doscientos m etros, lo que aquí se llama un carro de tierra. Este terreno, situado tras la casa de Ángel Campo Solana, ya no se usaba desde que la emigración a la capital lo des. pobló casi por completo. Ángel Campo usaba desde 20 hacía años ese pedazo de tierra y allá tenía un carro inservible y algunos aperos. Con el paso del tiempo, consideraba el terreno como propio. Sin embargo, la realidad era distinta y las intenciones de la Junta vecinal de montar en ese lugar un parque infantil para los pocos chavales que quedan en Liermo, vino a recordárselo. Ángel no estaba dispuesto a renunciar a lo que él creía sus derechos y no hubo más remedio que recu- rrir a los catastros de Ribamontán del Monte, ayuntamiento al que pertenece Liermo, para comprobar la propiedad del terreno. CUALQUIER D Í A LA ARMA Aún no hace un mes que los miembros de la Junta vecinal retiraban los aperos de Ángel. Nadie pensó que aquello fuera importante, aunque a partir de este hecho alguien notó que no todo mar- chaba como es debido. Ocho días antes de caer asesinado en la cocina de su casa. Amalio Revuelta, cuarenta y ocho años, uno de los miembros de la Junta vecinal, comentó con su yerno Luis: No sé qué le pasa a Ángel, está muy raro. Cualquier día la arma Pero Luis s ó l o cayó en la cuenta el jueves día 27, cuando llegaba de trabajar en la fábrica de leche, y vio tendido sobre un bardal, junto al cementerio, el cuerpo de Ino-