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a GASCAMOmiAS UN REREIO DE lA n i M D
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L programa, como es natural, despertó la indignación de las buenas conciencias. Algunos clamaron contra t e l e v i s i ó n que no tiene por qué sacar a la luz estas vergüenzas También les preocupaba lo que vayan a decir de nosotros en el extranjero. La mayoría, sin embargo, defendía la oportunidad, conveniencia y necesidad de la emisión, que acercaba a la siempre esquiva televisión a la realidad (a una de las realidades) de nuestro país. S i n embargo, las más de las críticas fueron contra el hecho en sí del cascamorras Alguien se preguntaba: ¿Somos los españoles tan bestias e incivilizados? mientras había quien afirmaba que la insensibilidad, la brutalidad, la crueldad, el ensañamiento con un pobre subnormal, que por un puñado de miserables pesetas se presta a ello, es incalificable e indica la bajeza moral y espiritual, no sólo de los que lo protagonizaban, sino también de los que sonrientes, hombres, mujeres, niños y hasta un par de beat í f i c o s frailes, lo presenciaban De repente, una noche, a la hora en que las familias unidas suelen incomunicarse delante de la pequeña pantalla unas imágenes aparecieron por televisión. A un hombre, en nombre de no sé qué tradiciones y creencias religiosas, sus convecinos y los de un pueblo cercano (Guadix y Baza) se dedicaban a perseguir, escupir, maltratar, llenar de brea el cuerpo para luego acabar echándolo al pilón. Un cura había bendecido previamente la ceremonia, trazando una cruz sobre la frente del desdichado. El programa Raíces estaba presentando al país la fiesta de el cascamorras que se celebra cada año desde tiempos inmemoriales. La fiesta, en la que un pobre sujeto, por unas pobres pesetas, sirve para que los demás (hombres, casi exclusivamente) se desfoguen, suelten sus represiones y sus complejos, dejen salir la violencia que les han ido acumulando durante años. ma está ligado a ellos. Y es esta relación la que le hace conocer muchas otras fiestas bárbaras MAS VIOLENCIA La misma rapa das bestas -s i g u e contando- en que los hombres se tiran directamente al cuello de los caballos salvajes hasta que los derriban. O el antxara yokua del Pais Vasco. Allí cuelgan de un árbol ánsares vivos, cogiéndolos de las patas. Entonces sale un hombre a caballo, a toda velocidad, le agarra el cuello al ánsar y se lo arranca de un tirón. En Icod de los Vinos (Tenerife) existe la costumbre de las tablas Es uno de los espectáculos más violentos que he presenciado. Por una calle empinadísima, de más de un kilómetro y recubierta de cera, se tiran cientos de personas subidas a unas tablas de maderas. Van unos detrás de otros, pero con frecuencia se caen y acurren accidentes, atropellamientos. Al final se estrellan contra un montón de neumáticos (si fuera algo menos duro no podría detenerlos, por la velocidad que han tomado) y acaban saltando por encima. En Cardona (Barcelona) está lo que se llama Corre de bou En la plaza de toros se colocan gran cantidad de cuerdas, s las que recurren los mozos cuando el toro embiste. Sin embargo, está lo que se llama la cargolera Es un gran cesto de mimbre, en donde se mete un hombre, al que generalmente contratan para eso. Este hombre tiene que llamar la atención del toro, y cuando éste arranca, se acurruca dentro del cesto, esperando la embestida. Naturalmente, el toro le lanza varios metros y a veces le arrastra por la plaza. Se supone que e! cesto es lo suficientemente grueso como para que las astas no penetren. Pero si esto sucede, te puedes imaginar dónde se clavan. O el vítor de Horcajo de Santiago, en Cuenca. Allí se produce, dentro de la Iglesia, pero sobre todo a la puerta, un enfrentamiento entre los que quieren que salga el estandarte de la Virgen a la calle y los que no quieren. Hay años que tardan más de dos horas, de golpes y forcejeos.
La polémica había surgido. Y las cartas, tanto a los responsables del programa coÍTIO a las secciones especializadas de los periódicos, se sucedían. Los españoles, según se deduce, están realmente indignados y escandalizados por la violencia ejercida contra un ser humano. Pero, ¿es sólo el cascamorras Dentro de nuestras fiestas tradicionales, ¿es un hecho aislado? Y ya ai margen de este ámbito, ¿es esta la peor y más denunciable de las violencias?
El chivo expiatorio Sobre él se descarga la violencia el c a s c a m o r r a s Hasta coincide el traje que llevan. Pero allí participan también los niños en la crueldad. La persona que sale de jarrampias suele ser un penitente que ha ofrecido esa promesa. Hay incluso una lista para años posteriores. Este hombre tiene que recorrer el pueblo, mientras la gente le tira lo que le viene a mano, verduras, trozos de animales, etc. Pero el jarrampias se defiende, como en realidad debía ocurrir con el cascamorras El año que yo estuve era un hombre alto, fuerte, con una larga porra en ¡a mano, y sus convecinos se cuidaban mucho de acercarse. Así se expresa Manuel Garrido Palacios, máximo responsable- -c o m o realizador, director, guionista y presentador- -del programa Raíces Lleva más de seis años trabajando en estos temas. Se puede considerar que es un hombre que habla de lo que sabe, y lo sabe por experiencia. Aclara en seguida que no es un etnólogo ni un erudito, sino un simple realizador de televisión que capta lo que ocurre y lo ofrece al que lo quiera ver. Le resulta difícil definirse sobre estos temas, ya que de alguna for-
OTRO CASO: EL JÁRRAMELAS Sin duda, el cascamorras es una de las fiestas más violentas. Pero antes de seguir con esto, yo quisiera aclarar que hay en nuestra sociedad muchas otras violencias, y como andaluz, sin ir más lejos, te cito la emigración. Ciñéndonos al tema, en El Piornal, un pueblecito de la provincia de Cáceres, se celebra el j a r r a m p i a s que es exactamente igual que
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