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cía de la costa, en su primer viaje. Lo están reparando con eí amor y ia paciencia que sólo un sueco puede poner en estas cosas. Pero nuestros viejos barcos hundidos, los desguazados masones españoles, son irreparables, como lo es siempre el hombre. Con lo que uno se queda perplejo una vez más. ¿Todos los gigantes antiespañoles de las enciclopedias infantiles eran pacíficos molinos? ¿Todos los masones eran dulces humanistas que sólo querían el progreso y el bienestar? Supongo que entre los masones, como entre los molinos, como entre los hombres en general, habría endriagos y santos, patriotas y hombres de buena fe, buenos y malos, ricos y pobres. Siempre ha habido clases, ¡ay! Incluso entre quienes propugnan la abolición de las clases. No entro ni salgo, ahora, en la Historia de España. No quito ni pongo masón, pero trato de ayudarme a comprender. El viejo masón llora por España como lloraría don Eduardo Marquina puesto en trance igual. No es tan fiero el masón como le pintan, como le pinta don Julio Rodríguez. Al menos, el masón viejo. Porque el masón muere viejo, como el cisne. Viejo y cantando. Cantando a España, claro. NAVIDADES CRUELES Por Fernando Quiñones T T N A sencilla ojeada a los trabajos de cuarenta y tres párvulos de cierta escuela de Madrid, puestos estos días a desarrollar por libre y en sendos dibujos cualquier tema atañedero a las fiestas de Navidad y Año Nuevo, se presta a meditaciones bien especiales. Aclaremos que son niños de la clase media acomodada; sus profesores, gente joven y alegre; grato su ambiente cotidiano, tanto en el hogar como en el colegio. Pero la hora del mundo y del país, filtrándose en ellos no importa si inconscientemente, y en las motivaciones navideñas que trataban de expresar, convierte a una gran parte de estos apacibles dibujos en inocentes pero inapelables pruebas de acusación, de temor y también de un rudimentario principio de toma de conciencia ante la injusticia, la violencia, la desazón, el desconcierto que asolan el mundo. De los cuarenta y tres dibujos de chicos y chicas, diez expresaban de algún modo el tema de la guerra, mezclado ad libitum con las sosegantes imágenes de Belén; ocho trabajos más se referían al hambre y a los padecimientos de otros niños de la Tierra (un chaval de siete años sólo pintó un agresivo estallido atómico con los personajes del Portal en el centro y en actitud de huir; una niña trazó dos globos terráqueos: el de la derecha apiñaba rascacielos, pavos y resplandores coronados por un visible cartel: Unicef el de ia izquierda, cañones disparando, explosiones, gente desplomada y un hueso mondo y lirondo, como de perro de tebeo rematado todo por el rótulo Tercer Mundo tres de las criaturas hicieron divertidas, aunque evidentes, referencias a carestías nacionales: la gasolina, el aceite... Es significativo que, de entre los diez dibujos con guerra dos se refiriesen a las desdichas del pueblo palestino y que en uno de estos dos apareciera Arafat hablando en la O. N. U. Como en esos matrimonios mal avenidos, ninguno de cuyos esfuerzos, por controlados que estén, sirve para impedir que sus conflictos y rencores empapen el ambiente familiar e infantil (puesto que flotan en el aire que la casa respira) estos madrileñitos sin mayores problemas, bien alimentados y abrigados, ocultan ignorándolo, al dorso de sus cromos y sus canicas, de sus scalextrixs y sus peladillas navideñas, el estigma de la incertidumbre y el miedo, el signo de la protesta que el momento mundial (un momento, ciertamente, demasiado largo) imprime en seco sobre todos los corazones. No es menos verdadero, por muy repetido, que ya no hay distancias. El episodio de Camboya, el Líbano o la Argentina cunde, retumba al instante de alguna manera en California, Pekín o Barcelona. Como de pólvora, un reguero de comunes zozobra y pavor corre de parte a parte del planeta, y la solidaridad que no termina de llegar en el plano de los entendimientos humanos sí que llega por ese otro camino oscuro que, en realidad, acaso no sea más que un aviso permanente, un diligente y desoído timbre de alarma. El título de uno de los libros más afamados de Blas de Otero, Redoble de conciencia expresa con plena y espontánea precisión ese vasto fenómeno universal que parece cubrirlo todo, incluso los Cándidos, pero lúcidos y problemáticos, espíritus infantiles. Ellos pueden tal vez salvarnos. Ellos nos salvarán si acertamos a defenderles el futuro y ya que nosotros no acabamos de atinar con el presente, mientras la antigua ráfaga de ternuras humanas o divinas procedentes de un pobre lugar de Judea reitera sus invariables señas en la orguilosa, hueca noche de los anuncios y las zancadillas y mientras, como en Belén, el Sacrificio y el Dolor nacen a diario, a cada instante, en cualquier punto de la Tierra. Shaw. con Kipling, con Wells? ¿O fue el enfermo y ambicioso pintado por Aldington, por Hudson, por Milton? Si estos tres escritores no hubieran publicado sus libros desmitificadores. demoledores. Lawrence seria a estas horas poco menos que un personaje olvidado. Porque lo que hoy Interesa de Lawrence no es lo que en torno suyo quede de Culto al héroe sino lo que hay de enigma en su comportamiento de criatura humana, lo que hay de inapresable en su raíz psicológica, en lo más hondo de su identidad. De haber seguido siendo héroe, Lawrence seria una estatua. Ahora, tras las investigaciones biográficas de Aldington, Hudson y Milton, T. E. Lawrence se ha convertido en un tembloroso y electrizante interrogante humano, en un problema cuya verdad última nadie parece haber encontrado. La estatua, en fin, se ha hecho palpitante personaje dostoíevskiano de carne y hueso, campo de batalla entre la Bestia y el Ángel. f I A 4 1 0 íLr 59