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WALTER ULBRICHT, IENE al mismo Trelojes dedepénduloti npo la cara los ladrones de de la guerra de 1870 (de estilo Hansi) el aire de lacayo y la perilla de Lenin, a quien se esfuerza en parecerse. Despreciado durante un coarto de siglo, de pronto aparece como un verdadero hombre de Estado. Es Walter Ulbricrht, el minucioso, pero tamhién el todopoderoso e implacable amo de la República Democrática alemana. Sin él no podrá llevarse a cabo la reconciliación entre alemanes del Oeste y rusos. Y este feudo de 100.000 kilómetros cuadrados, que es su pedazo de Alemania, se ha convertido, aun a fuer de ser una prisión, en la octava potencia económica del mundo, y, por consiguiente, en un segundo milagro alemán. Ha sido precisamente con una carta como ha comenzado a tratar de igual a igual, o casi, a los grandes dirigentes de la política internacional, como Brandt, Gomi lka, Kossygin y muchos otros de Occidente. Calle KJosterstrasse, número 47, en Berlín Este. Es un edifiteio vetusto y deteriorado por las explosiones de los ¡Hnnhardeos, y no ol sta 3 Bte en él, en el segundo piso- un apartamento rococó- -tiene su sede el Consejo de Ministros de Alemania del Este. Willi Stoph, de cincuenta y seis años, jefe del Gobierno de Alemania Oriental y actuando en nombre de Walter Ulbricht en esta ocasión, firma una invitación a Willy Brandt, jefe del Gohierno de Alemania Occidental. Veámonos y h a l e m o s Con la elegancia de un Curd Jurgens envejecido por unas gafas cuadradas, añade con tinta azul 34 esta indicación en la parte superior de la carta: 11 de febrero de 1970. Es muy curioso: se trata del aniversario de la Conferencia de Yalta. Hace veinticinco años, un día sobre otro, que fue decidido el reparto de Alemania sobre el papel, teniendo en cuenta la rapidez deíl avance de los ejércitos invasores por Stalin, Roosevelt y Churchill. Ambos Willy Brandt y Stoph, símbolos vivientes del drama alemán, están ahora tentados, si no de volver a pegar los trozos, sí al menos de llegar a un ¡modus vivendi Dos semanas para reorganizar Berlín en ruinas Pero para ello es necesario que Alemania Oriental sea por fin reconocida como una potencia independiente. Y es que, más que un pacto de no agresión entre los dos Estados síAeranos (que es lo que protpone la carta de ülbricht firmada por Stoph) lo que Walter ülbricht exige es el reconocimiento de su legitimidad y él final del menosprecio. Desea esto desde hace mucho tiempo; desde que entró en Berlín en los furgones del Ejército rojo. Berlín, 28 de abril de 1945; no le quedan a Hitler, al que defienden los últimos S. S. de las divisiones Viking y Carl nagno más que tres días de vida. En los arrabales de la parte este de la ciudad, na larga fila de coches negros marcados con una estrella roja rueda entre una naxdtitud de prisionearos y de refugiados alemanes. En el interior del coc e mejor guardado, un civil con el brazalete del Comité Alemania Libre dice a su vecino el general ruso Bersarine: He aquí adonde hemos llegado los alemanes con nuestro romanticismo, un romanticismo que el miUtarismo prusiano ha convertido en ansia de poder. Seremos odiados y despreciados durante mucho tiempo. También seremos castigados. Es preciso- que nos volvamos honrados y que legítimamente nos reconozcan como tales El hombre que así habla es Walter ülbricht. Stalin, que le considera como uno de sus mejores apparatchiks (es tan aburrido y buen organizador como MolotOY, dice de él) le ha encargado de reorganizar Berlín. Tenéis dos semanas para que todo marche bien ordena ülbricht a sus ayudanr tes, entre los que se encontraba Otto Winser, hoy ministro de Asuntos Exteriores, y Willi Stoph, entonces desconocido, que fue cabo de la Wehrmatóht, héroe en la batalla de Orel, Cruz de Hierro de segunda clase, herido y hospitalizado en Postdam, y que, después de haber desaparecido misteriosamen te en 1942, reaparece con Walter ülbricht. Hoy ülbricht ha hecho de su reducto alemán el último baluarte del stalinismo. Ya que desde siempre, desde su niñez, desde la guerra y desde la posguerra su conducta no ha variado nunca. Actúa sólo con la obstinación brutal de su 3 Biodelo Stalin. Paradójicamente, este jefe de clan convertido en jefe de Estado, que sabe trabajar en equipo, ba sido siempre un solitario. Leipzig, 1930. Al alnmno ülbri áit se le trata en la escuela como un paria. Su padre, remendador de trajes en vez de sastre, es un rojo que declara en alta voz sus opiniones extremistas y que vive en ese barrio estilo novela negra de Dickens, pero a la alemana, que es el arrabal de Nauendorf. El domingo, los hijos de ülbricht, Walter, Brich e Hidergarde se pasean con su padre en el gran bosque sajón. El les enseña los nombres de las flores, de los árboles, de los pájaros y las virtudes del socialismo. El pequeño sastre es amargo. Su mujer está enferma y no puede moverse del lecho, situado en la cocina abuhardillada. El dinero que tienen es tan poco que Walter ülbricht debe renunciar a sus estudiosAprende el oficio de ebanista. Pero por las noches, va a la biblioteca popular o al gimnasio. Ahora, a los setenta y siete años, aún hace media hora de gimnasia de salón todos los días. Superviviente a las purgas de la posguerra 1914: el soldado ÜH richt escribe a su familia: Odio el militarismo, que nos estropea el carácter. 1917: Asiste en el frente de Galiízia a la deserción masiva de las tropas rusas. El también deserta, pero se le detiene. Después del Armisticio, milita en las fñas del movimiento Spartacus con los primeros comunistas- leninistas alemanes. 1925: es la fecha de su primer entrenamiento en Moscú. Es tan aventajado que se le nom-