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El holandés Luns (a la izquierda) ha sido en Luxemburgo el más decidido defensor de los intereses británicos para lograr MERCADO COMÚN: EUROP s veintidós pisos LoPalacio de Europa del en Kircliberg, cerca de Luxemburgo, constituyen un orgullo para los luxemburgueses. Desde el piso 22, con tiempo despejado, se pueden divisar más allá de las fronteras de Luxemburgo tres países del Mercado Común: Bélgica, Alemania y Francia. Pero el tiempo no es bueno hoy. Dentro de un momento, Couve de Murville, a quien la lluvia y la niebla obligarán a marcharse en tren, en lugar de hacerlo en avión como estaba previsto, 76 dirá en el tono de suave ironía, casi tímido, que le ha caracterizado desde el comienzo de la conferencia: Hace un tiempo inglés. Muy mal tiempo, en verdad, para los ingleses. Oficialmente, los ministros europeos discuten sobre si conviene o no aceptar el ingreso de Inglaterra en el Mercado Común. En realidad, en espera del día incierto en que los ingleses formen parte de la familia, comienzan por sacaí a relucir los trapos sucios a los ojos del mundo entero, y es Couve de Murville quien lleva la voz cantante de manera más destacada. Joseph Luns, el ministro holandés, es el que más cálidamente apoya a los ingleses. No consigue ocultar que está furioso. Por los pasillos no ha hablado más que en inglés; en la sesión no ha dejado de doblar y desdoblar periódicos ingleses. Debe sentir de tal manera su impotencia, según parece, que cuando le ha correspondido hablar poco antes que a Couve, ha respondido con aire malhumorado, con una palabra de jugador de poker: Paso. También él esperaba el único discurso importante: el de Couve. Martes, 15,30 horas: De nuevo están eara a cara y solos por un momento, los deínás no han vuelto todavía del restaurant. Luns, gran complexión de cosaco atildado, con cejas en acento circunflejo, está de espaldas a un inmenso ventanal que hay al fondo de la sala. Couve, endeble, la mirada candida, mira el tiempo in-