Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
p) oema de amor entre una joven hindú y un enamorado musulmán. En tiempos recientes las misiones eran estimuladas porque beneficiaban al país en sus clases más infortunadas. Ahora se las mira con recelo en el mejor de los supuestos o con franca animadversión, incluso a las que proceden de países de la Commonwealth, que gozaban de algunos privilegios, como no tener que inscribirse en el registro de extranjeros. Hoy saben que los servicios oficiales de información observan y vigilan sus actividades. Todo lo ciega la pasión, el sectarismo y la mala fe. S. N. Barenlce, presidente de una organización hindúe que prepara una conferencia nacional contra el imperialismo cristiano dice que se trata de llamar la atención pública hacia los malvados designios de las potencias cristianas, que una vez más pretenden subyugar a ia India por medio de la conquista cultural. La cobardía y el pervertido secularismo del partido gobernante (el del Congreso) arrastran al país hacia vn peligro muy grave DOSCIENTOS SETENTA Y NUEVE PRINCIPES Una tradición milenaria parece estar representada en estas piedras del llamado Palacio de los Vientos al pie de cuyos m u r o s permanecen algunos indios, a su vez símbolo de las necesidades m á s apremiantes que el partido del Congreso no ha logrado resolver, ni tan siquiera encauzar de modo útil. después de la marcha de Inglaterra- -ha sido necesario retirar las estatuas de la reina Victoria y de Jorge V que se levantaban en Nueva Delhi. Sobre el pedestal que ocupó Jorge V se ha colocado a Gandhi, aunque gran parte de la opinión nacional considera al Mahatma como un símbolo en cierto modo imperialista, porque en su figura se concretan y resumen las aspiraciones de dominio de la minoría hindú sobre la total población de la India. Pero ahí está Gandhi, con la tela de algodón que le cubre parcialmente su descarnada armadura física. Mucho más grave, más injusta y perturbadora, es la manifiesta hostilidad hacia ios misioneros extranjeros. Hace pocos meses he recorrido algunas misiones de la India y he convivido con los misioneros, gentes de virtudes heroicas, vivo testimonio de la iglesia posconciliar. Las misiones son instrumentos del progreso, enseñan a los campesinos a alumbrar agua, a seleccionar las simientes y a mejorar sus cultivos; abren escuelas de artes y oficios, atienden a los leprosos, recogen a ios inválidos y a los enfermos, crean consultas médicas, dan instrucción a los jóvenes y no predican n hacen conversiones porque su tarea es la promoción social, no la propaganda religiosa. Viven entre los pobres y los- míseros, con tanta pobreza y sacrificio como el que más, y dan ejemplo de solidaridad humana. Recaudan dinero en el extranjero para invertirlo en la India en obras provechosas que regeneren a los desheredados. Contra los misioneros se levantan campañas de odio y difamación que han encontrado eco en ei Parlamento para presionar al Gobierno a fin de que cierre las misiones y salve a ia India del imperialismo cristiano No parece que pueda prosperar esta agitación que en algunos países ha sido juzgada como una especie de macarthismo indio Es desalentador que en medio de los espantosos problemas que acechan a la India, sin solución visible, se generen nuevas inquietudes y subversiones por puro sectarismo, por esa feroz intransigencia que ha traducido en graves desórdenes el Con tantos y tan inmensos peligros como amenazan a la India, resulta inaudito que se intente generar un conflicto que, como el de los misioneros, tendría extensas e imponderables repercusiones internacionales. Conflicto tan irracional como injustificado, que acarrearía al país males incontables y afectaría incluso al orden público. Es incongruente que se solicite ayuda en tan desmesurada cuantía mientras se quiere arrojar del suelo nacional a quienes aportan dinero, trabajo y bienes. En cambio, se aparta la mirada de China y se distrae a la opinión pública para que no se preocupe de ese gigantesco agresor efectivo que acelera el desarrollo de su capacidad nuclear y que surge convulso y frenético detrás de la frontera himalaya. Así las cosas, con negras nubes amenazando por doquier, se ha planteado también la cuestión llamada de ia bolsa privada la cantidad anual asignada al medio millar de príncipes a que han quedado reducidos todos aquellos rajas, maharajás y nobles de otras denominaciones que dieron a la India una personalidad deslumbradora de fábula oriental. Era el contraste violento entre sus fantásticas riquezas y la miseria en que vivían y morían los millares de labriegos que trabajaban en sus interminables dominios feudales. Los señores se preocupaban, en cambio, de que no faltara agua y víveres en las grandes vasijas colocadas en sus selvas particulares para alimentar a los tigres. Ei problema de los príncipes surgió en su desnuda gravedad después de las elecciones de este año, en gran parte como consecuencia de la oposición de varios de ellos al Gobierno y al Partido del Congreso. Aun así resulta incomprensible que el Gabinete de Indira Gandhi haya tenido la ocurrencia de crearse nuevos enemigos al proponer que se borren del presupuesto nacional las cantidades que venía cobrando esa brillante constelación de nobles y potentados. El importe global es de unos 48 millones de rupias (poco más de trescientos millones de pesetas) y su distribución es muy desigual. El maharajá de Mysore, por ejemplo, venfa- recibiendo rrtás- de- qwnco miltenes- de- pesetas- -arto, mientras el talukdar de Katodia apenas recibía 1.500 pesetas en el mismo tiempo. Sólo la mitad de los príncipes que existían en el momento de la independencia (279 de un total que rebasaba si medio millar) reciben subsidios oficiales. En conjunto eran considerados como una gala de la India, de valor histórico, práctico, sicológico y utilitario. Constituyen una fastuosa herencia que remonta el curso de los siglos. La Gran 43