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Mis hombres se han informado. Su hombre se llama Leiba omb y ahora vive en Varsovia... t r a b a allí cuando oyó h a b l a r de El G r a n Jefe Decidí i n m e d i a t a m e n t e ir a ver a Chertok. Me recibió en su apartamento de la calle Legendre. Sin h a b e r trabajado en La Orquesta R o j a h a b í a estado en contacto con E Gran Jefe en cl m o m e n t o de su evasión. -Sí- ¡ne dijo- como yo sabía míe Ei Gran J e f e era u n j u d í o de origen polaco como yo, aproveché esta estancia en Varsovia para h a b l a r a mis amigos judíos de Polonia. Les pregunté si ellos no conocerían por casAialidad a u n j n d í o de su comunidad que h a b r í a jugado u n gran papel d u r a n t e la guerra en los servicios de espionaje- -Natiíralmente- -me respondieron- ive incluso en Varsovia. Seis meses más t a r d e Gilíes P e r r a u l t volvió a ver a C h e r t o k quien ie dijo: Mis amigos se h a n informado. Su h o m b r e se llama Leiba D o m b Es el presidente de la Unión Cultural Judía en Polonia E n ese m o m e n t o hacía dos años que la investigación había comenzado. Golpe de teléfono a la L nión de Sociedades Judías de Francia, calle del Paraíso, p a r a obtener la dirección de la u n i ó n Cultural J u d í a de P o l o n i a Nowogrodska, 5. T o r n é el a v i ó n p a r a V arsovia- -cuenta Perrault- Era n octub r e de 1965. Hacía un tiempo ujaraviiloso. La m a ñ a n a del día 15 a b a n d o n é mi hotel y a pie remonté la Vía R e a l de Varsovia. i o tenía prisa en llegar. nii de precisar. Miedo de verme puesto en la calle por un ordenanza sin poder decir siquiera: H e visto a E l Gran j e f e J o r q u e p a r a mí, verle tan sólo, Je valía el viaje que había h e c h o! Era alrededor de las diez. Gilíes Perrault r e m o n t ó ia íVowy Svviat y llegó a la altura de la Casa del p a r t i d o comunista. La caJJí- Nowogrodska estaba justo enfrente. Era una calle t r a n q u i l a un poco rovhiciana. El n ú m e r o 5 era un pequeño inmueble de tres pisos. Lo que m e chocó fue ver en el portal una impresionante colección de placas da cobre. Algunas estaban redactadas en y i d d i s h y otras e n polaco. J o c o m p r e n d í nada, salvo que m e encontraba cerca del objetivo. Pero estaba tan indeciso, que antes de decidirme a cnt r a r p a s é dos o tres veces ante la uerta. Estaba abierta y daba acceso directam e n t e a u n a especie de hall amueblado con bancos. Dos o tres personas estaban esperando. Un ordenanza vino a mi encuentro. Yo le pregunté en francés: 74- ¿P o d r í a ver a M. Ijciba D o m b? El m e respondió en cl mismo idioma y ello me dio ánimos. ¿De p a r t e de quién, p o r favor? -E l no m e conoce -respondí- p e r o vengo de París para verle. El ordenanza desapareció por u n pasilJc a la izquierda, y apenas cinco egur ílos desjjué? reapareció y rae hizo señas de f ue le acompañara. Me hizo e n t r a r en u n a peqiurña oficina donde no vi n a d a salvo a EL. De pronto le reconocí. Había envejecido, naturalnjentc, pero era igual a Leopold Trepper que los supervivientes de la red me h a b í a n descrito. Estaba vestido con una chaqueta castaña, parecida al twecd, un pantalón color antracita v un polo gris claro. Se levantó cuando entré. Nos dijimos b a n a l m e n t e Buenos días, señor nos estrechamos la mano y él me hizo ademán de que jue sentara. Había en mi rincón de la habitación una ínesa redonda con prospectos. Nos sentamos j u n i o a ella, l o estaba hipnotizado por sus ojos, una mirada gris acero de ana duri za extraordinaria. ¿Pero señor? qué sabe usted realmente, Le enumeré la lista de todos aquellos a quienes h a b í a visto, le conté lo que había sido de sus agentes, le hablé de los que se h a b í a n m u e r t o y cómo habían muerto. Demostró un enorme interés. Cuando concluí me dijo: Escuche, grandes escritores rusos y polacos, que no saben lo que yo hice en la guerra, pero que saben que yo hice algo m u y importante, me h a n pedido que les relate mis recuerdos. Pero, a pesar de su talento, siempre he rehusado, p o r q u e ellos no comprenderían jamás lo que liabía sido La Orquesta R o j a en F r a n c i a y en Bélgica, y cómo mujeres como Suzanne Spaak iiabían podido trabajar y morir por la red. Y, además, es una tarca tan gigantesca. P e r o usted, usted ha acumulado u n m a t e r i a l ya considerable. Esto es diferente. P e r o todavía no -é si voy a contarle algo Era un viernes. El iba a partir para pasar 4 fin de semana en Cracovia. Lo pensaría y me daría la respuesta a su vuelta. El hiñes, a p r i m e r a h o r a de la t a r d e- -continúa Gilíes Perrault- me citó en cl hib de Prensa. Y allí dejó caer su máscara. Era un h o m b r e destrozado. Persona bnente, le daba igual m o r i r fainos o desconocido. P e r o lo que le acongojaba era que de toda la organización él era el único que podía hablar. P o r q u e a causa de la separación e independencia e n t r e unos y otros, él era el único que conocía a todos. Y, en el fondo, su propia m u e r t e sería la de todos, ya que hasta su recuerdo se perdería. Y recordó esta frase: Si hablo, la hierba del olvido no se posará sobre sus t u m b a s Nuestros encuentros íuviieron lugar cada vez en u n sitio diferente: el b a r del hotel Bristol, el del hotel E u r o p a ei restaurante j u d í o de Varsovia. E l h a b l a b a de m a n e r a deshilvanada, p o r q u e siempre íbamos a p a r a r en im m u e r t o Entonces se cogía la cabeza con las dos manos, cerraba los ojos y decía: ¡Dios m í o! Y luego empezaba a hablar de otra cosa. Era como un paseo en u n cementerio. E l me enseñaba una t u m b a H a b l a b a del desa arecido. E inm e d i a t a m e n t e quería salir del cementerio. Entonces yo me veía obligado a hacerle volver de la m a n o El diálogo duró ocho días a razón de varias horas cada j o r n a d a p e r o jamás Gilíes P e r r a u l t fue admitido en el apart a m e n t o de M. Leiba Domb, en la intim i d a d de E l G r a n Jefe PERO... ¿QUE SABE USTED REALMENTE? Yo le d i j e Desde hace dos años vivo prácticamente con usted, el Trep er de hace veinte años Vi entonces que su mano temblaba. Tenía en su mano izquierda una pipa en m i n i a t u r a parecida a la de T i t o un cigarrillo estaba embutido en la cazoleta. A t r i b u í este temblor a su enfermedad del corazón. Sin embargo, cuando volví a m i r a r l e ya no temblaba. El sacudió su cabeza y levantó sus cejas: Entonces... -Quiero escribir un iiJ ro sobre su red de espionaje. -Si usted no tiene otra cosa que hacer, por qué n o? ¿H a leído lo que se h a escrito sobre usted? -Muy poco, es una cosa que no me interesa. ¿l sted está de acuerdo en hablar conmigo? ¿H a b l a r? Siempre se puede hablar! ¿Y qué va usted a decij- nu; Cuando él ríe parece rejuvenecerse A einíe años y su m i r a d a pierde, de golpe, su implacabilidad. Soltó una carcajada y dijo: Pero... ¡lo que usted ya sabe, naturalmente! Y luego, de pronto, su risa se cortó: