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EL VERDADERO FIN DEL GRAN JEFE es banal: calle, T 01I M 3 el lionibre lamismo. el inmueble, La calle: una gran arteria rectilínea y sin alma en el centro de la ciudad de Varsovia. La guía oficial precisa que la vía está bordeada de numei osos comercios, cafés y bares; uno de ellos acondicionado como self- service el Praha sirve hasta 10.000 omidas por día. El inmueble es uno de esos bloques pr -fabricados como se ven en los sviburbios, tan anónimos como una fila de soldados presentando armas. Kl hombre, de talla media, de unos sesenta años y con los cabellos grises, acaba de volver a su casa. Se ha quitado su impermeable y lo ha colgado en una percha detrás de la puerta. Se instala ante el tradicional vaso de té. Ha tomado a su nieta en sus brazos. Y canturrea una canción. Banal, sí. Y, sin embargo, si reflexionamos, todo esto es milagroso. Es milagroso pensar que esta ciudad de Varsovia, devastada por la guerra, esté hoy día completamente reconstruida. Y que en el cuarto piso izquierda del número 29 de la alameda de Jerusalén, así llamada a causa de los judíos que antaño allí habitaban, viva un judío: M. Leiba Domb, en persona, jefe de la c. omunidad judía de Polonia. O, por lo menos, de lo que queda de ella. Y no queda gran cosa: 30.000 individuos de los primitivos 2.500.000. Hoy, M. Leiba Domb recibe a Tony Saulnier, el fotógrafo de París Match Y sonríe. Es raro ver sonreír a M. Leiba Domb. Su trabajo es más propicio para un aire grave y circunspecto: cs encialmente consiste en ir a depositar ofrendas florales a los pies de monumentos conmemorativos. Ahora, con veinte años de retraso, él, que ha visto morir a tantos de los suyos, viene de matar a su propio personaje. Y se siente como si se hubiera quitado un peso de encima. Porque este hombre perfectamente desconocido, que vive bajo un nombre falso, y del que nadie tonió jamás una foto, quedará en la historia del espionaje como el primero de los agentes secretos de la Segunda Guerra Mundial. Tome a Domb, délo la vuelta, y es Bond que aparece. La investigación fue fantástica y duró tres años. Un periodista de treinta y cinco años, Gilíes Perrault había tenido la idea úe interesarse por una red de espionaje soviético conocida tínicamente por algunos especialistas bajo el nombre de Rote Kapelle La Orquesta Roja Porque en el lenguaje esotérico de los serviqáos especiales, una red de espionaje es una orquesta. La razón es simple: el éxito de cualquier empresa de este género reposa sobre las espaldas de los pianistas los operadores de radio Ue teclean los informes recogidos en suá emisores llamados cajas de miísica Setecientos agentes repartidos en toda Europa y hasta en América del Sur. Entre los miembros, Suzanne Spaak, la cuñada del célebre político belga, y el profesor Tsien, padre de la bomba atómica china. Informes que permitieron a los rusos la victoria de Stalingrado, qu e desveló a los aliados la puesta a punto de las V- 1 y que costó al Ejército aleinán, según declaración del mismo almirante Canaris, la vida de 200.000 soldados. Tal fue, sucintamente, muy sucintamente, la labor de La Orquesta Roja ¿Pero quién era el jefe de orquesta que animaba todo esto? BURLANDO A LA TERRIBLE GESTAPO El hombre se llamaba oficialmente Leopold Trepper, judío polaco, nacido el 23 de febrero de 1904 en Neuinark (hoy Nowy Targ) una localidad cerca de Zakopane. General del Ejército soviético, su nombre en código era Otto, pero el que ha quedado en el espíritu de todos los que colaboraron con él es el que le proporcionó el respeto de sus subordinados y lá admiración de sus adversarios: El Gran Jefs Porque para los profesionales él es en la lista de los mejores espías el indiscutible número 1. Hay cuatro razones para esto: 1) El enorme tamaño de la red que creó, red que no tiene equivalente en la historia del espionaje mundial. 2) La originalidad de los niétodos por él inventados. Gracias a la creación de sociedades de importación y exportación que servían de pantalla a su red y que abastecían a la Wehrmacht y a la Organización Todt, consiguió financiar directamente su organización por los mismos alemanes. 3) Su arte en la información: Sorge, Cicerón y Rado, los tres grandes hasta entonces, no fueron, en definitiva, nada más que intermediarios bien dotados. Sorge transmitía los informes que le proporcionaba un príncipe japonés relacionado con el Mikado; Cicerón se contentaba con vaoiar los bolsillos y la caja fuerte del embajador de Gran Bretaña en Ankara; Rado recibía informes de un grupo de oficiales generales de la Wehrmacht, que jamás nadie pudo identificar. Pero ninguno de ellos reclutó hombres. Porque éste es un trabajo difícil. El Gran Jefe en persona reclutó a sus colaboradores, y sus mejores informadores fueron aquellos que trataron con él involuntariamente: los agentes de la Organización Todt, la Wehrmacht y la Gestapo. 4) La suavidad de su táctica: arrestado por la Gestapo consiguió advertir de ello a Moscú y supo inspirar una consideración, una confianza tal en sus carceleros que llegó a manejarlos, mientras daba la impresión de colaborar con ellos. Logró escaparse y, cosa que parece increíble, a distancia y en libertad continuó intoxicándoles adoctrinándoles hasta tal punto que cuando llegó el fin de la guerra, en vez de entregarse a los norteamericanos, se embarcaron- -voluntariamente- -rumbo a Moscú... Tal es la historia fantástica, la leyenda de El Gran Jefe Pero, ¿qué hay en ella de verdad? ¿Dónde se esconde El Gran Jefe Desde la liberación habían corrido sobre él las más increíbles versiones. Se sabía que había sobrevivido y que había conseguido llegar a Rusia después de la guerra. Pero todo el mundo estaba persuadido que estaba muerto. ü n día de abril de 1965 yo estaba en casa de Glande Spaak, en su residencia del valle de Chevreuse. De pronto, al hablar de El Gran Jefe me dijo: A propósito, todavía existe; vive en Varsovia Es Gilíes Perrault quien habla. No había pensado, ni un solo segundo, encontrar a El Gran Jefe a pesar que este personaje ocupaba la totalidad de mi vida y de mis pensamientos. Para mí, la breve frase de Claude Spaak fue como un relámpago, como si yo lo hubiera visto resucitar de su tumba ante mí. -Pero, ¿cómo lo sabe usted? -Oh- -dijo Claude Spaak- -fue uno de mis amigos, el doctor Chertok, quien me habló de él. Participó recientemente en un importante Congreso médico que se celebró en Varsovia. Se encon 73