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El ataiirante Teraoka, en los días de la guerra del Pacífico, y ahora, ya en la vejez, cuando se dedica a rebordar constantemente la memoria de sus kamikazes US TUMBAS evitar que fuesen localizados por el enemigo. Luego, llegado el momento, pensaba que me quedarían suficientes aviones para atacar y destruir la flota americana. Para realizar estos planes, mis hombres pusieron a punto algunas trampas que les tendimos a los americanos con éxito: habíamos fabricado buen número de falsos cazas y de falsos bombarderos que el enemigo insistió en destruir a base de miles de toneladas de bombas. Mientras tanto, ios verdaderos aviones japoneses podían ser revisados y su tripulación podía respirar tranquila. Frente a la penuria d bombarderos ante la cual nos encontrábamos, tuvimos que recurrir también a nuestra imaginación creadora. Llevamos a efecto varias medidas y, a finales de agosto, los cazas de la 201 escuadra empezaron a entrenarse en la técnica 1 llamada de bombardeo de rebote El principio de este método está calcado de ese otro, muy conocido, que hace saltar una piedra plana en la superficie del agua. Simplemente, Por el almirante T E R A O K A El autor de este trabajo revela la historia asombrosa de los pilotos- suicidas que pelearon a sus órdenes en lugar de piedra, lo que los cazas han de hacer rebotar en las olas son bombas. Conviene que las bombas caigan en el mar bajo un ángulo dado, de manera que puedan después rebotar varias veces y alcanzar a los navios enemigos a la altura de la línea de flotación: por lo tanto, con muchos más efectos destructores que mediante un lanzamiento horizontal normal. Nuestros pilotos se entrenaron para esta nueva técnica y no tardaron en estar seguros de la eficacia de sus carambolas. Al fin, el 15 de octubre, la flota americana avanzó hacia Filipinas, al este de la isla de Luzón. La batalla iba a empezar. Entonces movilicé todas las fuerzas que podían entrar en servicio, esto es, 13 bombarderos y 16 cazas de protección que habían de cooperar con 70 cazas pertenecientes al ejército de tierra. El contraalmirante Masafumi Arima, comandante de mi 26 escuadra establecida en la base de Clark, se embarcó en el primero de sus bom- barderos medianos. Su escuadra aérea encontró a la flota americana a 380 kilómetros de Manila. Nuestros aparatos franquearon la resistencia de los cazas contrarios y se precipitaron hacia los portaaviones para lanzar sus torpedos. Sin embargo, a las 15 horas 50 se produjo aquel hecho extraordinario que entusiasmó a todos mis pilotos: el avión del almirante Arima se lanzó deliberadamente contra un portaaviones que fue hundido por aquella carga heroica. Un avión concebido para las misiones desesperadas recibe el nombre de flor de cerezo Antes de decidirse a sacrificarse, el almirante Arima había meditado largamente. Había comprendido que, en la situación en que entonces se encontraba, el Japón ya no tenía más medios eficaces de combate para des-