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MIS PILOTOS BUSCABAN julio de 1944, ENinvadieron ias islaslos americanos Marianas, que no habíamos- podido fortificar por completo por falta de tiempo. En los combates, entonces furiosos en esa región de! Pacífico, casi todos los hombres y todos tos buques de nuestra primera- escuadra aeronaval, uno de los mejores cuerpos de selección de la flota establecida entonces en- ia isla de Tinian, hnurieron heroicamente con su jefe, el vicealmirante Kakuda. Fui designado para suceder al almirante con la misión de reagrupar todas las fuerzas japonesas que estaban aún en condiciones de luchar en el Océano Pacífico. Una vez reformadas jas unidades, tenía órdenes de prepararme para lanzar el último contraataque contra el enemigo. Así, pues, en agosto salí para Davao, en ía isla de Mindanao, al sur de Filipinas: allí fue donde pronto se iniciaría ia epopeya de nuestros pilotossuicidas. La escuadt- a aeronaval japonesa que se había sentido orguliosa de su poder y de sus victorias a ¡90 principio de la guerra, llevaba a cabo por entonces batallas realmente difíciles. Incluso nuestros cazas Zero habían perdido, desde el segundo semestre de 1943, su superioridad técnica sobre los aparatos enemigos. Los nuevos cazas americanos Grunman F 6 F ahora los aventajaban, y, por otra parte, ia penuria de material, de piezas de recambió, de carburante y de municiones se hacía seria e inquietante. Así, cuando me hice cargo del mando en Davao, el 12 de agosto, las fuerzas aéreas de que disponía en Filipinas se componían, aproximadamente, de 260 aviones, más 25 aviones de transporte y de reconocimiento de! Ejército de tierra. Contaba, pues, con un total teórico de 300 aviones. No obstante, en realidad, la situación era considerablemente menos brillante, pues buen número de mis aparatos tenían el motor en malas condiciones, o los depósitos deteriorados. Además, a principios de septiembre la flota americana empezó a bombardear sistemáticamente nuestras bases. El resultado principal de estos ataques fue la destrucción de la mitad de lo que aún quedaba de nuestra aviación. A finales de aquel terrible mes de septiembre, sólo tenía disponible un centenar escaso de aviones... Para mí, estaba clara la intención del enemigo: antes de proceder a un desembarco en Filipinas quería que su flota destruyese, nuestras fuerzas aéreas y, simultáneamente, atacar nuestras unidades de reserva, instaladas en Formosa. Todo esto con eí fin de interrumpir por completo el envío de refuerzos japoneses a la zona de Filipinas. En seguida comprendí que si conservábamos bastantes aviones intactos para hacer fracasar los planes de destrucción total establecidos por e! enemigo, podríamos rechazar el desembarco inminente de los americanos destruyendo su flota, Y a este fin establecí mis planes de defensa. En líneas generales, consistían ante todo en preservar mis últimos aparatos desplazándolos constantemente pars