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SÉNECA, NUESTRO CONTEMPORÁNEO, por George Uscatescu.
Editora Nacional. Madrid, 1965.
JNA quincena de libros publicados de 1949 acreV ditacuya fecundidad variada culturaa partir George sobre la del escritor rumano Uscatescu, amplia y se concentra todo en temas de pensamiento político e histórico. Que Uscatescu es incansable lector lo demuestra, de añadidura, este Séneca, nuestro contemporáneo que más que obra de un filósofo lo es de un escritor erudito, el cual no sólo conoce directamente al hondo moralista hispano- romano, sino que lo aborda con la ayuda de estudios recientes de diversa procedencia. Uscatescu tiene una curiosidad universal, y aunque ser voraz y disperso es nauy arriesgado, el espcícialismo y el cultivo solicito de parcelas microscópicas del saber son también peligrosos y a menudo estériles. El prodigioso crecimiento de la ciencia hace cada día más necesaria su fragmentación; pero los fragmentos han de suponer cierta universalidad, cierto dominio de principios imprescindibles. Yo diría que Uscatescu puede justificar su Séneca y, en general, su producción entera, con la idea pascaliana de que es más hermoso saber algo de todo que saberlo todo de una sola cosa. Más que rigurosamente probado, está expuesto por Usca tescu, con valiosas ayudas, que Séneca tiene un estilo -en sentido lato- -que lo hace contemporáneo nuestro, porque al pensador cordobés le interesa, como a la filosofía actual, la condición humana. Verdad es que su racionalismo, donde culminan y se dulcifican las enseñanzas de la Stoa, resulta, en conjunto, mucho menos som: brío y tétrico, mucho más esperamador que el existencialismo. A mi me hubiese gustado que esta comparación estuviese formulada y explayada con toda amplitud, así como también se puntualizasen por menudo las enormes diferencias entre estoicismo y cristianismo: en definitiva, entre suficiencia y autarquía moral y sumisión a los decretos impenetrables de un Dios personal que nos ama paternalmente incluso cuando nos prueba con aparente crueldad.
Creo que ésta es, además, la clave (o una de las claves ineludibles) para entender el famoso problema del estoicismo español, al que Uscatescu dedica uno de los capítulos que verá con mayor complacencia el lector medio, entendiendo por tal el que busca ante todo múltiple información y no tanto. razones profundas. En ese capítulo se hace una síntesis estimable de posiciones divergentes. Echo de menos en eUa la mención de Maeztu, que vio esto, a mi juicio, muy claramente (léase El sentido d d hombre en los pueblos hispánicos y está, s ún creo, más próximo a Castro que a Ganivet y a Menéndez Pelayo, o, si se prefiere, a medio camino entre eí primero y los demás, añadiendo a estos últimos el nombre de Sánchez Albornoz. El tema de la dramaturgia senequista da lugar a uno de los capítulos más afortunados del libro, tanto en lo que atañe a las tragedias en sí mismas como en lo que se refiere a su proyección moderna y contemporánea. Claro es que aquí, ccmo en la etopeya de Séneca y en la exposición de su doctrina y de las vicisitudes por que ella ha passulo, el lector no ha de olvidar que se encuentra ante un ensayista inteligente, estudioso y de pluma pronta y clara, no ante un científico cuya misión fundamental es buscar causas y demostraciones a las materias que caen bajo su férulai. El intento de actualizar a Séneca, el simple propósito de despertar la curiosidad hacia él es un mérito de Geoi e Uscatescu. La oportunidad de su empresa no puede ser mayor, puesto que este año se celebra el decimonoveno centenario de la muerte, tremenda muerte, del maestro de Nerón. Su constructivo pensamiento, tan valorado por grandes plumas del entonces naciente Cristianismo, merecería ser conocido por los jóvenes españoles. Séneca, nuestro contemporáneo es un apreciable estínndo para esa labor. Tampoco hay que olvidar que aquel grave moralista, como tantos existencíalistas de hoy, como tantos vociferantes y violentos revolucionarios, tuvo una fortuna considerable, se afanó en incrementarla e intrigó lo que pudo en política. En este sentido se m e antoja profundamente senequista el refrán español que reza: una cosa es prtólcar y otra dar trigo J. L. VAZQUEZ- DODERO
MIGUEL DE UNAMUNO Y LA SEGUNDA REPÚBLICA, por Jean Bécarud.
Cuadernos Taurus Madrid, 1965.
r j E Jean Bécarud hemos comentado aquí el cuaderno 57 de Taurus titulado La Regenta de Clarín, y La Restauración Jean Bécarud posee tma notable capacidad de síntesis. Ej one con prontitud y orden (del mismo modo que se debe disparar, conforme enseñan las ordenanzas militares de Carlos III) y narra con amenidad y concisamente. Unamuno no es, desde luego, im tema mollar. Pero Unamtmo y la segunda República lo es bastante menos. De una parte don Miguel, cuyo retrato más nítido lo hizo él mismo cuando escribió que podría decir que mi mayoría soy yo mi no, y no siempre tomo los acuerdos por unanimidad de otra, la segunda República, aquella vía de salvación al parecer, que fracasó vitalmente siendo uno de los augures de tal fracaso él propio Unam; mo, a pesar de su inicial republicanismo. Por cierto, que Bé 122