Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
DE PRONTO, PUNUA, JEFE DE PESCADORES, CLAVO RÁPIDAMENTE UN ARPÓN EN LAS ABIERTAS BRANQUIAS DEL TIBURÓN tro de la cual se había colocado Manunza con su tomavistas y podía filmar bastante seguro. El escualo- tigre había tomado ya confianza y salido casi a la superficie; a veces, acercándose a una piragua para aferrar una carnada, se salía fuera del agua hasta naitad cuerpo, como un perro que salte para coger ima galleta de la mano de su dueño. La gran cola se abatía dentro y fuera levantando nubes de espuma. Los hombres se sentían dueños de la voluntad del monstruo, anulada por el hambre y los primeros bocados de aperitivo. Una carnada quedó a ras de agua, casi debajo de la borda, y de golpe la cabeza del tiburón emergió a un palmo de nosotros, que nos habíamos quedado para filmar desde la barca. El ojo, grande como el de im buey, fuera del agua estaba como apagado, no daba miedo. En cambio, era el cuerpo el que impresionaba: tan largo como dos veces la piragua, recorrido por estrías amarillas y verticales, recordaba ciertamente a vm. auténtico tigre. Todo ocurrió en una fracción de segundo. La enorme boca se abrió para tragar el cebo, y el cuerpo se arqueó para ganar de nuevo el fondo. En aquel Instante, las fisuras de las branquias a través de las que respira el tigre pasaron fuera del agua, dilatadas y palpitantes. Se cazan tiburones con calabazas hirvientes Punúa, jefe de los pescadores indígenas, lo esperaba inclinado fuera de la borda: su mano cayó veloz y segura, armada de un arpón de acero de un palmo de larga. Sus pimtas se deslizaron entre vma fisura y otra mordiendo los tejidos abiertos de las branquias. El tigre furioso de dolor, saltó fuera del agua sacudido por grandes y violentos estremecimientos. Pero ahora, como todos los peces grandes o pequeños cuando se sienten heridos, el tigre pensó solamente en escapar. Tras el primer espasmo, se lanzó derecho hacia el fondo llevándose detrás cuarenta metros de cuerda y la barca. Durante media hora la piragua siguió como vina cascara de nuez su desesperada fuga: corrió, dio cabriolas, se detuvo con la cuerda tensa, se inclinó a la derecha, a la izquierda. Era la agonía del tiburón: a cada estirón su herida se agrandaba y a cada espasmo se mermaban sus fuerzas; después de una hora de lucha, el tiburón murió y fue arriado: los pescadores habían vencido. Mientras se remolcaba el cuerpo del animal, yo contemplaba a los hombres con los que había compartido aquella aventura, y pensaba en mi película (Ti- Koyo y su tiburón) que debía empezar dentro de poco; las difíciles tomas de la amistad entre uno de aquellos pescadores con un tiburón estaban ya muy cerca; así que pensé documentarme aún mejor asistiendo, tras la caza del tigre también a la pesca con calabazas hirvientes En Manihí nos habían dicho, jurando que era cierto, que los pescadores locales capturaban los escualos con un sistema axin más curioso que el que habíamos filmado entre los pescadores de perlas y naeres pero yo no lo creía hasta el día en que asistí en persona a esta cacería que se desarrolló ante mis ojos. Desde una escollera coralífera del atolón de Manihí, los pescadores habían lanzado al agua numerosas y sanguinolentas carnadas de carne de caballo para atraer a los tiburones. Y éstos habían acudido en gran número, comiendo todo cuanto los hombres les echaban en abtmdancia. Entre las masas rocosas de esa escollera, las mujeres habían encendido una gran hoguera donde habían puesto a hervir grandes ollas de agua; en estas oll s eran echados los urú, esto es, los verdes frutos del árbol del pan que parecen calabazas. Cuando los tiburones, confiados con la carne que los hombres les estaban echando al agua, comenzaron a comer cualquier cosa que flotase, hombres y mujeres, con grandes horcas de madera sacaron fuera de las ollas las calabazas puestas a hervir y las tiraron al agua en medio de las carnadas. La voracidad hacía comer ahora cualqxtíer cosa a los tiburones, y comían de un solo bocado las calabazas hirviendo. El sabor de sangre dominaba las aguas, lo que hacía que engullesen absolutamente todo. Mira- -me dijo el pescador más experto- el agua ha enfriado la parte exterior de las calabazas y en esa agua sucia de sangre los tiburones las comen tomándolas por trozos de carne como los otros. Su insaciabilidad no le permite reaccionar: los tiburones cuando empiezan a comer ya no se detienen, comen cualquier cosa que se les eche al agua; la corteza del urú ha sido enfriada por el agua, pero, dentro, la pulpa arde todavía. Una vez en su estómago este calor súbito y violento, al cual no está habituado el organismo de un pez, mata a la bestia en pocos instantes... Verás. Tenía razón: pocos minutos más tarde ya afloraban inertes los escualos caídos en la trampa, flotando con el vientre hinchado por el calor. Supe después cuál era el fin particular de este tipo de caza: los pescadores intentan capturar a los tiburones sin que la piel del animal sufra daño por los arponazos: esa piel gris y rugosa es buscada por ciertos mercaderes que la envían a artesanos de Sudamérica especializados en la fabricación de objetos J