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y amenidad crónicas teatrales. Las semblanzas de comediantes que publicaba a menudo en BLANCO Y NEGRO (algunas de las cuales toemos recogido y comentado) eran muy interesantes. Verdaderos retratos, miniaturas más bien, porque en poco espacio concentraba defectos y virtudes artísticas y calidades j debilidades humanas, l a n c e s y anécdotas reopresentativos d e l carácter del retratado. En este número habla de Julián Romea y Parra, sobrino del ilustre actor Julián Romea y Yanguas, -uno de ios más famosos del teatro español de todos los tiempos. Su sobrino tampoco fue manco, aunque no podía comparársele con su tío. Julián Romea Parra era lo que se dice un estuche. Servía para todo. Ahora le diríamos un superdotado. Dice Córcholis Compone música, escribe comedias ¿no toan visto ustedes El señor Joaquín El padrino del Nene La tempranica preguntamos nosotros) toca el piano, canta- -si no con grandes facultades, con gusto y afinación- -y posee un caudal de conocimientos que le permite interpretar, con verdad pasmosa, una variedad infinita de tipos y caracteres que parecen propiamente arrancados del naturaL A más de serle familiares casi todos los dialectos españoles- io cual es una ventaja inapreciable para un actor cómico- habla francés, italiano, portugués... y llegará a hablar, si se lo propone, hasta el idioma de los ingleses. Dentro de un teatro, menos para tirar del telón- -que a eso no llegan sus fuerzas físicas- sirve para todo. Murió Julián Romea, de cincuenta y nueve años, en 1903. No le pudimos alcanzar. ¡Qué lástima! Porque se le ponen a uno los dientes largos leyendo a Córcholis ponderar sus méritos, aunque tampoco oculta sus defectos: Espíritu inquieto y mudable, con la misma facilidad que se entusiasma se desimpresiona. Pone todo su anhelo en conseguir una cosa, grande o pequeña, importante o baladi, nec a ria o sui erflua y, una vez conseguida, se hastia de ella y la abandona con la mayor indiferencia. En Julián Romea cierto sentido se puede decir de él lo que de Martos (Cristino Martos, orador insigne, hombre de mucha suerte cOn las mujeres. Se cuenta de él la siguiente anécdota. Murió cierta dama de la alta sociedad que fue muy amiga de Martos. Este era ministro y presidía el entierro en unión del marido de la difimta, el cual le dijo confidencialmraite, lleno dé dolor y de inocencia: Cristino, ¡qué mujer hemos perdido! Perdón por este paréntesis y veamos lo que se decía del afortunado don Juan en la esfera de la política) Sólo es consecuente en la inconsecuencia. Correcto en su trato (Romea, ¿eh? no don Cristino, no nos hagamos tm Uo) y en sus maneras, tiene, sin embargo, algunas incorrecciones de carácter que le perjudican. Tozudo como buen aragonés (nacido en Zaragoza) se empeña algunas veces en cosas imposibles, y dado el primer paso, aun conociendo la imposibilidad de seguir, no retrocede en sus empeños ni hay elocuencia que acierte a convenc rle. Esa terquedad le ha perjudicado alguna vez en sus intereses, pero esos perjuicios son poco sensibles para él; no conoce el valor del dinero. Ahora es Córcholis el que abre im paréntesis: Ese vil metal- -más vil cuanto más alejado de nos-