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LOPE José Ortega y Gassets CUENTOS COMO JOYAS DIBUJO DE MAMÍASO cuanto D ESPUÉS de leerescribe, lonuestro aventurero que menos nos sorprende es lo más sorprendente de todo; por lo menos lo más ilustre: su amistad con Lope de Vega. En un tercio de página, con su acostumbrado y eficaz laconismo, nos cuenta que, ya entrado en años, sin blanca, como siempre, recala en la Corte y allí Lope de Vega le recoge en su casa, le sienta a su mesa durante ocho meses, le viste y consuela. ¿Cómo y dónde lo conoció? No lo sabemos. Este generoso gesto del poeta comienza por conmovemos; pero en seguida hacemos cuentas y se nos ocurre lo siguiente. No se reconoce todo lo debido que a Lope de Vega le enorgullecía, sobre todo, no sus prosas, no sus versos, ni menos los de sus comedias, sino las fábulas los argumentos que para éstas hallaba. La frase en que se jacta de ello no ha sido tomada en serio ni lo será, hasta que no se estudie bajo nuevo ángulo visual el fenómeno, en t o d o s sentidos enorme, que es el teatro español. Entonces aparecerá en primer término lo que no es en él poesía, ni siquiera sensu stricto, teatro, sino la exuberancia portentosa de historias de tramas, situaciones y andanzas htunanas que contiene. Pues bien, dos tercios cuando menos de esas historias son invención o hallazgo de Lope de Vega. La cosa calle de Francos, bajo los retratos sería increíble si no fuese patent e. de Liñán, donde seguían haciendo En ello consiste el genio más au- ojitos las antiguas amadas del poeténtico y la más feliz monstruosi- ta! Lope de Vega, viejo ya, con su dad dé aquel hombre. Había escru- menuda cabeza inscrita en un huetado todos los anales, crónicas, no- so de aceituna, alto, flaco, erguivelas, leyendas populares. Se su- do, con el traje talar negro y prom e r g í a en ese inmenso fárrago cer vertical. Una vez la olla sobre para emerger con las manos car- lo blanco, fronteros en los sillones, gadas de cuentos preciosos, reful- tira de la lengua al bronco soldagentes como joyas. Eran su frui- do, ya un poco triste y declinante, ción, su frenesí. Es seguro que por entreverada de hebras canas la inuna nueva historia daba Lope de dócil pelambre, que no se hace de Vega cualquier cosa: lo que tuvie- rogar para irle contando mil lances ra en el arca, sus versos, su jar- de amor y fortuna, en un crudo vodín, y, desde luego, su sotana. Por cabulario de tasca, timba y lupauno de esos azares terribles, que nar. Oyendo este mar de historias, los historiadores no ven o dejan al eclesiástico se le encrespa dende subrayar, como si el azar no tro el poeta, se le encandilan los f u e r a vmo de los mayores ingre- ojos, se le enciende el meollo, ya dientes en la historia humana, aquel de suyo pronto a la incandescencia, genio de inventar cuentos padecía porque él ha sido también, a su una trágica atrofia del dóñ de na- modo, primor de aventuras y re- rrar. Pero dejemos el grave tema mero infatigable en la galera del y hagámonos cargo de lo que sig- amor. Todo hace sospechar que fue nifica para Lope de Vega que un Lope de Vega quien movió a Alonbuen día se le entrase por las puer- so de Contreras para que escribietas aquel capitanazo, caso viviente se sus Memorias. Por lo menos no de aventuras sin número, de cuen- creyó que le había pagado ios cuentos sin cuento. No escatimamos el tos bastante y dedicó al capitán homenaje a su generosidad; pero una de sus comedias: el Rey sin todo el que conozca a Lope de Vega Reino, muy propio don para aquel no dudará tm punto de que aque- presunto Rey de los Moriscos. llos ocho meses quien la gozó de verdad fue él. ¡Qué estupenda, (Prólogo al Aventuras del Capiamigos lectores, la escena cotidiatán Alonso de Contreras, páginas na del yantar en la casilla de la XLVir a XLIX.