
EN NOMBRE DE DIOS, OS DECLARO MARIDO Y MUJER
IÜENAN las campanas. Y al tomar asiento pensa mo (S que si no conacjérainos de arttiguo esta Iglesia, bey nos sería imposible admirar sus tesoros. Iniciada su construcción por Enrique I, duque de Brabante, en el siglo XII y terminada en su principio por Carlos V, ihicieron falta trescientos añas para hacer de ella esta maravilla, que, a lo largo de las edades, había de pasar por tantas acometidas iconoclastas. En este 15 de diciem bre de 1960 aparece recamada de antiguos tapices flamencos, que lia, cen resaltar la rara belleza del coro, joya del ojival primitivo, mientras el admirable retablo se pierde bajo tm adomo de florea blancas. Entre las pesadas columnas de piedra aguarda una muchedumbi- e de gran etiqueta, las señoras a unlado y los caballeras a otro. El órgano toca en sordina. Entran las parejas del cortejo, ocupando sus sitios respectivos. Al fln, el redcblado sonar de las campanas, entre las notas de- las cometas y los vítores populares, anuncia la proximidad del coche nupcial, de ese automóvil que. con su capota transparente de plexiglás, es una fórmula moderna de las viejas carrozas tradi- clónales. Bepican sobre el empedrado, a ipesar de su capa de arena, los cascos de los caballos que lo escoltan. Los Begimientos presentan armas. El arzobispo de Malinas, rodeado de jerarquías eclesiásticas, sale al porche a recibir a; los Reyes. Todo el templo está en pie. La escolanía de iSanta Gúdula entona un himno. tEntran los novios. Llevan la cola de la novia diez niños de ambas familias. Al verla pasar notamos una Intensa palidez en el rostro de íPabiola, y que se apoya con fuerza en el brazo del que, civilmente, ya es su marido. y recordamos una frase de la hermosa alocución que el Rey Leopoldo dirigió a sú hijo en la reciente comida de gala: Mi querido Balduino: Tú harás, estoy convencido, feliz a tu m ujer no sólo porque la amas, sino también porque sabrás ofrecerle un brazo sólido sobre el que podrá apoyarse con confianza.
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Empieza la ceremonia religiosa. El cardenal Van Roey, primado de Bélgica, avanza hacia la pareja real, a cuyos lados se alinKin los testigos: los príncipes Alberto de Lieja y Alejandro, ¡por Balduino; el ¡marqués de Casa Riera y don Alejandro de Mora, por Pablóla, El representante de Su Santidad el Papa, cardenal Siri, lee él contenido de la Carta autógrafa que el Sumo Pontífice ha dirigido al cardenal Van Roey, delegando en él la facultad de bendecir en su nombre esta unión. Luego, mientras Balduino y Fabiola, de rodillas, se cogen la mano, el cardenal les dice lo que tienen que pronunciar; Yo, Balduino, os doy a vos, Fabiola, que tengo cogida por la mano, mi fe de matrimonio y os toino por mi legítima esjwsa ante Dios y sü Santa Iglesia. El Rey, que ha repetido, instintivamente, las mismas palabras que el cardenal, se corrige, sustituyendo el
vos por el tú Pablóla, al tocarle su turno, emplea el tú desde el principio. Al notar este cambio en el ritual secular, una sonrisa iprende de boca en boca. Balduino y Fabiola ya son marido y mujer ante Dios y ante los hombres. Desde sus altas vidrieras, Pelipe el Hermoso y Juana de Castilla, Carlos. V y la lEmperatriz IsabeJ, los contemiplan en actitud orante. Se celebra tina mi rezada, en. la que comulgan ambos contrayentes. El órgano toca el largo de Haendel y el A- ve Verum de Mozart. Por último suena en el templo el Himno Nacional y los desposados van saliendo seguidos por su cortejo. Ante la puerta, unos centenares de oficiales y cadetes han alzado sus sables para form: ar un arco de honor a los recién casados. Las salvas de unos cañonazos hacen revolotear millares de palomas. Caracolean los caballos al toque, de los clarines. Muy derechos, como cuadrados en su emoción, Balduino y Pablóla sé detienen en io alto del pórtico. Y hay algo muy grave en su quietud. Altos y esbeltos, tienen la natural altivez de las estatuas góticas de la catedral a su espaMa. AJgo por encima del- momento presente. Mlás allá del tiernipo y del e pacio. Más poderoso, más fuerte que el frenesí popular y que ia moción, no por vibrante menos fugitivas del día de hoy. Balduino y Fabiola simbolizan en este. mom. ento mueiho más que un Bey y una Reina: un hombre y una mujer, tdispuestos a cumplir un alto y arduo dtestino. Aceptan, hombro con hombro, lo que la vida y la Historia les deparen. De ahí que, antes de emprender esa marcha triunfal que ha de llevarles hasta tos bancos más extremos de Bruselas y en que percibirán, en contacto directo, el júbilo de su pueblo, hagan un alto de unos pocos minutos. para recogerse. Están unidos para siempre. Para bien y para mal. En horas triunfales y en horas de angustia. Junto a la Cuna de sus hijos o la litera de sus heridos. Unidos n la más bella tarea: darse a sí mismos hasta en la última gota de sú rendimáentO hasta en el último latido de su corazón. Ser un ejemplo hacia el que todos puedan, confiados, levantar los ojos. Nada es bastante alto. Y es éste su programa de existir, esta tácita aceptación, con todas sus consecuencias y todo su peso de gloria y de cruz, lo que en el instante, risueños y conmovidos, devuelven el saludo entxisiasmado tíe sus subditos confiere a los Soberanos de los belgas su grandeza impresionante. Y yo miro a Su Majestad la Reina Fabiola, con su dulce y noble porte dé ricahembra nuestra. Y pienso que, esté donde, esté, se hallará maravillosamente en su sitio. Y que en su clara sonrisa habrá siempre un reflejo de la luz de España. Carmen DE ICAZA
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