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rl) tros movimientos sin que apenas nos demos cuenta de que la hemos franqueado. De repente, nna tarde cualquiera, cuando estamos haciendo punto en la sala de estar, nos acordamos sin venir a cuento de un novio que tuvimos hace años y del que estábamos tan enamoradas, y es como si estuviéramos viviendo d nuevo aquel otoño tan diferente del de ahora, como si volviésemos a ser la muchacha ilusionada d e entonces, taeoneando alegremente por la calle al dirigirse a su primera cita de amor. La mampara de cristal que guarda los recuerdos cede a la más mínima presión, al más; pequeño pensamietíto de melancolía, al primer rato de ocio, al primer disgusto que nos da el hombre real y de carne y hueso que ahora ocupa 1 lugar de nuestro primer amor, o de nuestro primer novio, o del primer hombre que nos hizo latir el eorazón y se marchó u n buen día sin tener tiempo de engañarnos, ni de herirnos, ni de hacernos sufriré Basta un movimiento de cadera para franquear la puerta de nuestra cocina, bast 4i utl suspiro para que se abra sola la puerta sin cerradura de nuestros recuerdos. Ño. Las mujeres de hoy, al mismo tiempo que moderniean sus casas suprimiendo tabiques y cerraduras, comprando una lavadora eléctrica para ahorrarse servicio, y procurando en todo momento realizar los quehaceres del hogar en el m í nimo espacio y con el mínimo de movimientos, tienen que encerrar sus recuerdos bajo siete llaves, tras de enormes y pesadas puertas antiguas, con cerraduras complicadas y m o hosas que no deben abrirse en mucho tiempo. Según opina un escritor, todas las mujeres mayores de veinticinco años, y hasta más jóvenes algunas veces, tienen, en el rincón más escondido de su armario, un montón de cartas de amor atadas cuidadosamente con una cinta rosa, un perro de trapo polvoriento y tal vez una blusa pasada de moda y viejísima que usaron en una tarde inolvidable. Pues bien, la joven de ahora qne acaba de poner una puerta sin cerradura en su cocina tiene también que apretar los labios y quemar esas cartas sin caer en la tentación de volver a leerlas, tirar a la basura el perro de peluche y regalar la blusa, obligándose a no recordar aquella hora lejana en la que se la puso, a una niña pobre de la catequesis. Si somos modernas, siete vueltas de llave a nuestros r e cuerdos sentimentales. Hagamos una cruz tras de los amores pasados, que hoy dia tenemos demasiado lleno el presente, ¡3 W 4 v. V 4- C r. 2 pS x; D ESDE qne se ha generalizado tanto la falta de servicio, todas hemos- adaptado en la cocina esas puertas qine giran sobre nn muelle y se abren y cierran cámodamente con Una simple presión de la rodilla. Las podemos franquear cargadas de ropa, llevando un niño entre los b r a zos o con nna bandeja llena de cacharros en las manos. No hacen ruido al cerrarse y ceden fácilmente a nuestro empuje cuando nos precipitamos, la cabeza primero, desde el office al teléfono. Y por la noche, si volvemos tarde d l teatro con los zapatos en la mano para no despertar a la familia, se hacen cómplices de nuestro sigilo cuando vamos hacia la nevera a por ese delicioso vaso de agua helada qne hay que beber desi acito antes de acostarse. Puertas modernas y funcionales, puertas sin cerradura. Cuidado. Dentro de nosotras existen algunas habitaciones secretas que tampoco tien n cerraduras en sus puertas, se abren también fácilmente y sin ruido, con n n suspiro, con una evocación, una tarde de lluvia, una noche de insomnio. Entonces vuelven a nosotras los recuerdos de cosas que están muertas, de gentes que salieron de nuestras vidas. Están ahí, en lá capa más exterior de nuestro subconsciente, tras nna simple mampara de cristal que se puede empujar al pasar con el hombro aunque estemos pensando eti otra cosa, igual que la puerta de nuestra cocina que; se pliega a nues-