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A) ái gui nte, el Inspector, sentado n u mesa de tr ibajo n ef despacho de la Jefatura, c, ontenipiaba unas cuartillas idonde habla reunido los puntes máts Importantes refereittés al caso d l campanario. EL TESTIGO DEL CAMPANARIO L A vieja capilla en ruinas, rodeada del huerto abandonado y salvaje, alejada del toulllcioso alboroto de la ciudad, a ia luz del atardecer, producía un sentimiento de calma y de tristeza. El inspector Dslar contempló el edtficio en silencio. Estaba cansado y deprimido. La jomada de trabajo había sido dura. Y. sin embargo todavía le auedaba una última y rutinaria misión que cumplir: la de comprobar si la muerte de Alfnedo Vara, hallado aquella mañana bajo la torre del campanario, con el cráneo hundido, ise debía realmente a un mero accidente producido por el desprendimiento de una figura de piedra que decoraba la comisa de la capilla o si, por el contrario, existían indicios en favor de ima hipótesis d asesinato. Eran varías las razones que ha. bían inducido al policía a pensar en esta última posibilidad: La desaparición de Vara beneficiaba leoonómicamente a dos personas: Julio Madeira, socio de Ja victima, muchacho joven, rubio y atlét co, de treinta y un años, a quien corresponderían h, totalidad de las acciones de Vara. Y a Miguel Da so, hombre de sesenta años, bajo, gordo y sonrosado, tío camal del financiero, y heredero del resto de los bienes que constituían la cuantiosa fortuna, de su malogrado sobrino. A la hora de la muerte de Vara, fijada por el forense entre las siete y ias nueve de la tarde del día anterior, los dos sospechosos carecían de coartada. El inspector entró por la puerta principal a la nave central del edificio. El musgo crecl por todas partes. A través de un gran agujero se veía el cielo que em pezaba a puntearse de estrellas. Una vieja escalera de piedra trepaba, hasta el canxpanarlo apoyándose en el muro de la derecha. Dalar subió por -ella con pTecaución, y al llegar ail nivel de la cornisa, situada a unos ocho metros de altura, encendió la linterna y, asomándose por una de las ventanas ojivales, inspeccionó las figuras que adornaban aquella parte de la fachada. La lluvia y el tiempo habían dejado sus huellas sobre aquellas esculturas de estilo románico. Paitaba ima, rota por la base. El policia permaneció unos cinco minutos allá arriba y, de repente, escuchó- un ruido que le hizo volver la cabeza. Instintivaments apagó la linterna. Una figura de mujer, con un Impermeable y tm pañuelo a la cabeza entró furtivamente en la capilla. Permaneció unos segundos indecisa, cerca de una pila de agua bendita. Después ss dirigió sigilosamente a la escalera que conducía al- campanario y ernpezó a subir. El inspector intentó esconderse bajo el arco de la ventana, pero, al dar un paso atrás tropezó con un saliente del zócalo de piedra y estuvo a punto de caer. La figura se detuvo a mitad de camino. ¡Martin! ¿Eres tú? -preguntó. Delar salió del escondite e inició el descenso, pero la extraña visitante dio media vuelta y emprendió una desesperad huida. El inspector se lanzó a toda velocidad en su persecución. Salieron de la capilla, atravesaron parte del huerto y corriendo los dos llegaron por un sendero ihasta una de las callejas estrechas del suburbio. El inspector ganaba terreno. De pronto, la mujer, agotada, se detuvo y se apoyó de espaldas contra la pared de una casa. El policia, jadeante, lia cogió por los hombros y durante unos segundos, ambos sin aliento, se contemplaron mutuamente. La juventud de aquella muchacha, sus enormes ojos azules aterrorizados, la delicada línea de las facciones y la boca sensitiva entreabierta sorprendieron desde el primer momento al inspector. No se asaste- -dijo con voz entrecortada i. ¿Por qué huye? La muchacha se apartó ligeramente. ¿Por né me persigue? -preguntó a su vez. Encarnan los personajes de este problema Ramiro Muñpi (sargento Grím) y José Luis Pécker (Inspjector Pelar)