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programas valdrían, venciese quien venciese, lo que tasara un sastre, como suele decirse. Tengo por cierto que el presidente Kennedy no desencadenará una inflación monetaria, aunque sus adversarios nos le hayan presentado como tel heraldo de tan grave peligro; ni tendrá prisa en echar el dólar a rodar cuesta ahajo; ni será tolerante con los atrevimientos comunistas; ni dejará de gastar los miles de millones necesarios para que el Ejército de Tierra, la Marina y la Aviación de este país sean las fuerzas armadas más poderosas que ha conocido la Historia y sobrepasen en pujanza a las de R u s i a dígase ahora lo que se diga. Y cuando hayan pasado las primeras veleidades de ciertos colahoradores de Kennedy, se impondrá la lógica de las situaciones y de las necesidades biológicas del mundo libre. jHay una curiosidad casi morbosa por saber quién será el futuro secretario de Estado en Washington. ¿Adlai Stevénson, como desean los núcleos intelectuales? ¿Chester Bowles, como sueñan ciertas minorías? ¿Acaso David Bruce, que fué embajador en Alemania y se distinguió en la jefatura inicial de la organización económica encargad de ayudar a la reconstrucción de Europa? ¿Algún otro personaje menos brillante, pero más y mejor instalado en la amistad del nuevo presidente? KENNEDY, UNA EXPERIENCIA APASIONANTE A mi juicio, la presidencia de Kennedy nos ha de ofrecer una experiencia apasionante, única por su interés y por su significado: la de sus diálogos, negociaciones y tratos con los jefes políticos de Europa. De las urnas norteamericanas ha salido un presidente joven, un representante de las generaciones ascendentes. Iba más que mediada la primera Gran Guerra cuando nació este hombre. Por aquellos tiempos de su nacimiento, movió Lenin en Petrogrado la tremenda revolución bolchevique. Iniciaba sus veintes entre cánticos nazis y estruendos de batalla en Polonia y en Francia. Los grandes jefes políticos de Europa pertenecen a la generación anterior, más o menos a la del padre del senador Kennedy. Macmillan lleva al nuevo presidente unos veinte años; De Gaulle, veintisiete; Salazar, veintiocho; Adenauer, cuarenta; Kruschef, más de veinte; nuestro propio Caudillo le adelanta en un cuarto de siglo... Kennedy es de la edad de nuestros alféíeces provisionales; el alférez provisional que ya es hombre hecho y derecho y que va a tratar los asuntos más graves con los que podían haber sido sus coroneles y sus generales. Los distintos años traen la distinta mentalidad, y el ángulo de visión propio de cada una de las generaciones. Los jóvenes llegan fué el grito que se oyó eri los EE. ÜU. cuando las convenciones de lo dos partidos poh ticos aquí vigentes se pronunciaron por Kennedy y por Nixott. Es cierto que han llegado los jóvenes, y que debemos contar con los cid terios y modos de reacción que nos ofrezcan ainp los problemas del mundo. En la relación del presidente con muchos de ló mandos militares y civiles de su propio país vetfemos producirse esa misma experiencia nueva y ese mismo trámite de adecuación entire dos distinta perspectivas de la vida humana. Porque, así coinó Kennedy tiene detrás de sí la llamada nueva ola para la cual resulta casi provecto este alférez proVjisional de la generación Kruschef y De GauUe, poir ejemplo, no iiallan fácil cabida o acomodo en la mente del hombre a quien US compatriotas acaban de elegir para la primera magistratura de los Estados Unidos. Lo que saldrá de todo esto úo lo sabemos hoy. Confiemos, sin embargo, en e el empalme entre las dos generaciones será fácil, fuerte y fecundo por la gracia y la fuerza de j unos cuantos principios permanentes y de unos Cijiantos sentimientos inextinguibles y esenciales. Insinuemos, de pasada, que acaso sea más fácil pafa K e n n e d y que para Eisenhower la negociación con hombres como Janio Quadros o como los quince o veinte políticos ardientes y apresurados ijue acaban de nacer a la vida pública desdé las húmedas e hirvientes florestas africanas. NIXONí ESTAREMOS TODOS DETRAS DEL NUEVO P t ó S I D E N T E Las tres de la madrugada eran cuando Nixon salió a declarar ante la televisión la victoria de su adversario. Por primera vez fué radiante su simpatía. Por primera vez rios reveló al hombre llanísimo, cordial y juvenil que es y que no apareció en ningún momento de la campaña. Sus palabras sencillas, sin el menor éinpaque, y el modo como dijo: estaremos todos detrás de nuestro nuevo presidente nos dieron á entender, con más profundidad que todos sus discursos anteriores, que él también, el derrotado de Cahfornia, hubiera podido ser un buen jefe del mundo libre. Ya es difícil, que llegue a serloj i aunque haya perdido el combate por un margeií casi insignificante. Observación final: prej arémonos todos para una política norteamericana imenos conservadora, menos tradicional y clásica que la de los ocho últimos años. La juventud dé una ¡especie de arriscado alférez provisional reclamará sus fueros, por lo menos durante los primejros tiempos de su tremendo mandato. j JVtanuel Aznar