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y? n j j ii y H; DE GRAFISTICA LAS CA R T A S ELEGANTÉS lo más esencial. Su principal c alidad ha de ser la legibilidad- -recordarán q u i zá mis lectores que Coeteau consideraba el colmo de la inelegancia la carencia de esta cualidad, y tenía razón, pues supone una falta de deferencia hacia el prójimo- Ha de ser clara, rítmica, simplificada, es decir, desprovista de volutas y de fiorituras, limpia, sin b o rrones ni tachaduras (sólo disculpables en un borrador, y por cierto, para el grafólogo maravillosamente reveladoras) con margen izquierdo correcto su ausencia es signo de incultura o de avaricia- con el comienzo de la carta a buena distancia de la fecha. El sobrescrito debe llevar los nombres del destinatario hacia el centro del sobre o más bajo aún. Las letras llamadas picudas, o con demasiados vestigios de colegio, en los grafismos femeninos carecen de sello personal: equivalen al uniforme de las educandas. Peor aún si esta caligrafía no es aprendida desde la cuna, sino mal imitada: en este caso se trata de una positiva cursilería, de una vanidad sin razón de ser. Y llegamos finalmente al tercer eleiaento, el más importante, el del contenido. Por de pronto, es buena costumbre la de tener a la vista la carta que vamos a contestar y no omitir nada en la respuesta, a lo cual nos obliga la cortesía y la mejor prueba de deferencia a nuestro corresponsal. ¡Pensad en lo que vais a escribir y distribuidlo con orden y con palabras precisas y concisas; lo contrario conduce a una inútil y fatigosa extensión: no se trata de tasar ésta: la distinción de una carta no depende de su brevedad o de su longitud. No incurramos jamás en la chismografía; feo defecto en todo caso, es, además, peligroso en las cartas. Y ¿p u e de haber nada más contrario a la elegancia que los instintos de comadreo, que la vil maledicencia? Revelan, ante el menos observador, un espíritu bajo y mezquino. (A menos que e trate, como si dijéramos, de chismografía histórica. Cuando al leer, en una de las deliciosas cartas de la marquesa de Sevigné, que desde una ventana, en compañía de otras damas, cubiertas con antifaz, vio llegar a la cárcel de Pignerol fNA amable consultante me ruega que escriba algo referente a la elegancia de las cartas. Accedo con el mayor gusto. Debemos considerar y separar en este objeto- -tan frágil y tan trascendental- -tres elementos diferentes: Primero: El elemento material: papel, sobre, tinta, la pluma que empleamos. Segundo: E l elemento gráfico: letra, factura, fecha, firma, sobrescrito. Tercero (y principal, ya que éste constituye su auténtica razón de s e r) El elemento intelectual: texto, comunicación de noticias, estilo, ideas, sentimientos; es decir, el contenido aparte del continente. El primer elemento, la envoltura, lo externo, es, naturalmente, lo que desde luego salta a la vista; su elegancia es, por consecuencia, la más evidente. Requiere para su buena presentación que papel y sobre, de tamaño no exiguo, hagan juego entre sí y que sean de buena calidad: queda proscrito el papel rayado o cuadriculado. -Los escritores emplean con frecuencia cuartillas también para su correspondencia privada, por tenerlas más a m a n o su empleo es admisible siempre que sean de calidad fina y tersa. Deben ir cuidadosamente numeradas. El papel blanco o de color marfil es el más adecuado, aunque la moda inventa sobre esto algunas novedades. Sobre 3i primera hoja, la nobleza hace grabar la corona que le corresponde, eñ destacado relieve, en el ángulo izquierdo: detalle alegante. Algunas muchachas tienen la agradable costumbre de hacer imprimir su nombre de pila completo, de modo equivalente. No conviene omitir el remite, buena medida de prudencia; además, son muchas las personas que cuando reciben una carta de letra desconocida empiezan a darle vueltas, sin acabar de r o m per el sobre, como si se precaviesen contra una sorpresa desagradable; en tal caso el nombre y la dirección al dorso puede ser ya una indicación. Segundo elemento (que es el más i n teresante para el grafólogo) de u n modo general, la letra grande y espaciada, si la acompaña una forma a r m ó nica, es más distinguida que la letra menuda y tasada; pero el calibre no es a Fouquet, conducido por treinta mosqueteros, al lado de. Ártagnan, y que éste indicó al prisionero IB ventana donde se asomaba la marquesa, gran amiga suya y que él, llevado a tan trágico destino, niiró y puso la cara sonriente que le conocéis yo, que acababa de leer con todo el entusiasmo de la adolescencia Los tres mosqueteros, al pasar de la ficción novelesca de Dumas a aquel dato vivo de la realidad, sentí cómo se acrecentaba mi apasionado interés. No os disculpéis de una excesiva demora, acumulando prolijos descargos y súplicas de perdón, que vengan a l l e nar la carta, con lo cual dejáis al destinatario casi como si no hubierais dicho nada. Breve razón debe bastar; del relato general que siga se desprenderá probablemente la justificación. Pero, sobre todo, no recurráis jamás a la más necia de las disculpas, frecuente en las mujeres, que se quedan tan frescas, como si hubieran aducido algo meritorio: Soy muy perezosa para escribir... No escribáis, si lo sois, pero no os alabéis de ello. Razón, y muy poderosa si verdadera, la del cansancio, sobre todo si es precisamente el de la pluma: no exijáis al pobre escritor, acuciado por el editor, o el director de periódico, cuando ya ha sacrificado horas de sueño y fatigado sn cerebro y sus ojos, que os escriba pronto y largo. Disculpad también que lo haga a máquina, aunque esto sea smenos elegante que manuscrito. Pero el pretexto de la pereza, traducido a la realidad, significa despego, o esa incultura que carece del dominio de la pluma. Un pobre campesino sincero decía: Me cuesta más trabajo escribir una carta que arar un campo. Conocí hace años a una chica que tenía a su padre ausente, y que la adoraba, cuyas cartas dejaba acumular sin respuesta, aduciendo la susodicha indolencia. Pues bien, la chica se echó novio; y aunque éste vivía en la misma localidad, le escribía todos los días r e petidas necedades sentimentales. Juzgad adonde va a parar la pereza cuando entra en juego un positivo estímiulo. Y, finalmente, lo que constituye, ante todo, el encanto, e l atractivo, la belleza de una carta, es la gracia de quiea la escribe. Pero al llegar aquí no hay p o sibilidad de consejo líi de indicación eficaz. Para la gracia no hay recetas. Matilde RAS