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cios, maestros en la enseñanza superior, son MÍOS, nietos, descendientes de españoies. Así las clases que mayor influencia de la vida nacional han establecido firmes vínculos, por medio de una ascendencia de ía qué se consideran orgullosos y que constantemente proclaman. No es, pues, la unión de Méjico y España producto de intereses mezquinos, consecuencia de distingos políticos, resumen de proyectos, sino algo más vivo y a la vez con características de eterno: es una vinculación por la sangre, por el idioma y, sobre todo, por la fuerza espiritual que acumula la familia mejicana. Nada ni nadie podrá destruir algo que h a sido edificado con materiales tal sólidos y de tan elevada calidad. Todo lo que se haga para poner de relieve esta hermandad, auténtica, encontrará siempre un eco amistoso en la tierra del Anahuac. Es por eso que consideramos una feliz iniciativa el propósito de BliANCO Y NEGR. O de dedicar una edición especial a Méjico; sus lectores ten- drán así noticia exacta de que al otro lado del Atlántico, una nación fraternal, lejos de renegar de los gloriosos lazos que en el pasado le unieron a España, los confirma y los hace más fuertes en el presente y para el futuro. Lie. A. U. LOS Por Hera RODRÍGUEZ TORO E los gobiernos mejicanos parten dos grandes tareas fundamentales: ¡presas y caminos. Aquéllas ias determinan una deficiencia geográfica, éstos, una necesidad económica y vital. Las Presas vendrán a paliar nuestro clima, seoo estepario y seco desértico en la mayor parte del territorio mejicano, y nuestras, aleatorias lluvias. Los ca minos vendrán a hacer posible el intercarntoio de t ro- ductos entre zonas aisladas ño por prolongadas llanu, ras, sino, afortunadamente, por abruptos nudos montañosos; además de esto realizarán el acercamiento, el entrecruzamiento de los iñejicanos. La red ferrocarrilera tendida durante la treintena de años que el Presidente Díaz golbernó el país, estuvo trazada ínás en vista de intereses particulares que tomando én cuenta las- urgentes neeesidades nacionales y esto, claro, demeritó y limitó la importancia de t a n vasta obra. El increíble desarrollo del automóivil y su correspondiente industria, forzó, asimismo, el desarrollo de la carretera y fué así cómo al principiar el segundo cuarto de este siglo XK, tiende los primeros caminos asfaltados: hacia Cuemavacia, hacia Puebla, hacia ToMca. Tales serían los núcleos generatrices de una red de caminos que a la fecha se pueden calcular en unos 23.000 kilómetros de caminos asfaltados y diez mil más de carreteras transitables én todo tiempo. Y tal número fluye en constante progreso. En automóvil se puede hoy llegar a los más reníotos términos de Méjico: Puerto Juárez, sobre el m a r Caribe, en el territorio de Quintana, Boo Tijuana, en el Eistado de ¡Baja California, en el extremo noroeste de Méjico. A finales del año 1959 se logró alcanzar en autornóvil nuestra más lejana capital de Estado: la blanca Mérida, que había estado hasta entonces unida al Centro del país sólo por el avión costoso o pequeños navios que llegaban al cercano puerto de Progreso. De las hazañajs que en materia de caminos se hayan realizado en Mjéjico, tal vez ninguna más meritoria que ésta que alcanza a, Yucatán, defendido- como princesa de cuento- por bosques y ríos innumerables, que cubren todo el, sur de Veracniz, todo el Estado de Tabasoo y parte del Estado- de Campeche; lugares con precipitaciones, pluviales que se extienden nueve meses del año y empantanan perennemente la zona por donde cruza la cinta asfaltada. Y sin embargo, no h a sido ésta la única hazaña que en materia de caminos h a n tenido que realizar los mejicanos. La parte anas densamente poblada y de mayor riqueza industrial y agrícola del. país, es l a vasta meseta central, flanqueada por la Sierra Madre: D Oriental y la Sierra Madre Occidental, de las que, a su vez, parten ramas secundarias que dan u n a gran anfractuosidad todo el territorio mejicano, si, exceptuamos al extremo norte: llano, desértico y extremoso. Es sobré este territorio que Méjico h a tenido que trarzar sus caminos para intercomunicár esta región central y ponerla en contacto con los puertos marítimos y fronterizos, que permitan la salida de lo que se produce, en el altiplano y la introducción de la correspondiente importación. El camino de montaña es característico en Méjico, y no hay ninguna manera de salir de la vieja Tenochtitlan sin atravesar ya sea una peiqueña cadena rpontáñosa, como la Sierra de Guadalupe, al norte de la metrópoli, o montañas hasta de tres inil, metros de alto, como ocurre si se quiere llegar a Cuernavaca- al s u r o a Toluca- -al oriente- Tal e s e l encanto y 1 a desventaja- de las carreteras mejicanas. Hay cierta proclividad ¿inevitable? a cantar las excelencias y bellezas del lugar en el que se h a nacido. En algunos casos esto no corresponde a. un orgullo nacionalista, sino al simple hecho de que no se conoce otro jpais. Tal es el caso. ¡Cuántas hermosuras. no yacerán a la vera de los caminos de Europa! Algo se entrevé á través de la fotografía o el cinematógra- fo. Pero puedo asegurar, juzgando por ese entrever somero que antes cito, que no va á la zaga la belleza y la diversidad del camino mejicano. ¡Cómo podría cantar la grandiosa belleza de la carretera que lo lleva a Uno al Paso de Cortés, pvmto equidistante e inmediato d e nuestras ingentes montañas nevadas: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl! iFYente a sí se extienden los vastos bosques de ocotes, por breves valles ondulantes que lentamente. bajan hasta el enorme valle de Puebla. Desde este Paso de Cortés- -rúnico lugar en Méjico donde hay u n bronce dedicado al conquistador- -se contemplan todas las más altas montañas inejicanas: las dos nombradas, -el Naucampatéipetl o Cofre de Pero te, la Malinche, el Citlaltépetl o Pico de Drizaba, el iXinantécatl o Nevado de Toluca, y, moteando valles y bairancas, poblaciones innumerables. Pero este tipo de descripciones nos llevaría a escribir varios tomos, por eso me reservo la profunda im. presión que guardo, cuando después de haber a t r a vesado la inolvidable sierra michoacana y ese m a r de piedra qiie se. conoce por Mil cumbres, se llega a. una cima desde donde se contempla Morelia, una de las más hermosas ciudades que haya parido nunca el mestizaje mejicano; con una serie de. casas y edificios suntuosos, hechos de una cantera rosada que toma tonos