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MÉJICO mente se lia üevado a cabo en su Plaza Mayor, de Armas o de la Constitución, que de las tres ma lleras es llamada, 4 unque vulgarmente se le denomina el Zócalo Esta Plaza Mayor, de tamaño como tres veces la Puerta del Sol madrileña, es nn modelo de proporción, de armonía Está encuadrada por los más suntuosos edificios de la época del Imperio: la Catedral, el antiguo Palacio de los Virreyes (hoy Nacional) y el Aynntalüjento y Gobierno Federal. Desgraciadamente el cuarto costado de la plaza desentonaba, por alinííSrse en ellas unas casas de. buena fábrica pero d más moderna traza. Pues bien, ésos edificios han sido transformados a inmenso coste para que no desentonen del grandioso conjunto. Y la plaza acaba día ser restaurada con nuevo pavimento. Ello si rnifica un enorme desembolso, sin compensación económica, únicamente realizado al servicio do la Belleza y de la Historia. Esto para que se diga que en América sólo hay materialismo (uno de los tópicos de la leyenda negra antiamericana) que no existen preocupaciones por las inquietudes del espíritu. Las gravosas obras de la Plaza Mayor de Méjico constituyen, sin duda, una magivífica lección de las que bien podrían tomar ejemplo rauohas ciudades del viejo mundo. La Plaza Mayor de Méjico se. merece eso y mucho más. Es una de las grandes joyas del urbanismo universal y, además, una de las tierras más carftada de historia de la nación mejicana. En ella tuvieron los aztecas sus sedes de religión y gobierno. Ella fué testigo de aquel gran suceso de la llegada y victoria de los conquistadores, que incorporaron una parte del mundo de la Historia universal y crearon la nación mexicana. Ella fué, durante los siglos fecundos y constructivos del Virreinato, el centro qiié regía la vida múltiple y progresiva de inmensas regiones. Llena de color, de animación de vida, de trazos pintorescos, fué así retratada por un escritor del siglo XVII: Es esta plaza Real, tan célebre en la Nueva España y su opulencia y riqueza tan famosa en todo el mundo, que compite con la que hizo en Ninive el Key Azul y en Damasco el Rey Adchao y con las más célebres de Europa. Vense en ella cuanto produce la tierra y fabrica la humana industria en todas las naciones del globo, de las sedas de la China a los fierros de Milán; del pescado ahumado de la Inglaterra a los frutos más deliciosos de estos trópicos. Y el ir y venir de gentes de la carroza del señor Virrey al más humilde lépero le dan, a todas horas, un color y población que llenan los sentidos y los ojos. Al otro extremo de la ciudad, en opuesta dirección, está el Bosque de Chapultepec, que con su lagos, florestas, canales y jardines, constituye, sin duda alguna, uno de los más bellos parques naturales del mundo. Allí está el llamado Castillo de Chapultepec, antigua residencia de placer de los señores Virreyes, palacio del Estado después y hoy museo. Por cierto que ahora, se están realizando allí activas obras para transformarlo en un gran museo moderno, dinámico, que hable a las gentes de la historia apasionante y en algunos momentos semifabulosa de un gran pueblo. Poco más allá está el barrio residencia de las Lomas. Si fuera un barrio residencial más de gentes ricas, no merecería la pena ser citado. Pero las Lomas constituyen una ciudad jardín, que no tiene precedentes ni imitadores. Sus residencias no son esos cajones funcionales que hace en todo el mundo el snobismo de los nuevos ricos. Son auténticos palacetes con noble piedra, maderas preciosas y forjados hierros. Algunos de sus pórticos dinteles, patios y artfísonados, nada ceden en mérito ni en gracia a las auténticas obras barrocas de la parte vieja. Ello es digno de notarse como una prueba del buen gusto y delicadeza de los mejicanos pudientes. La ciudad moderna se ciñe a lo largo de las grandes avenidas de Juárez y la Reforma, bastante más anchas que la Castellana madrileña y con un largo de muchos kilómetros. En su conjunto son las más amplias vías urbanas del Nuevo Mundo, incluyendo a Norteamérica. Entre sus edificios los hay que son arquetipos, de las más audaces realizaciones de ultramoderna arquitectura, como una torre- rascacielos de cuarenta y tantos pisos y más de ciento cincuenta metros de alto, cuyas paredes son de puro cristal. Obra atrevidísima y a primera vista tan quebradiza es, sin embargo, de tan sólida estructura, que soportó, sin quebrar ni un solo vidrio, las fuertes sacudidas del terremoto de julio del 57, que cuarteó y hundió sólidos edificios de cemento y hierro. Es obra QI 3 técnicos y obreros mejicanos. La Ciudad Universitaria es otro de los más insignes monumentos del Méjico modernb. Es, por la extensión de sus campos y edificios, la más extensa de América. Sus facultade s y escuelas, hospi tales, campos de deporte, jardines y bibliotecas, constituyen un conjunto imponente de grandes jwoles, donde el acero y la piedra, el cemento y el ladrillo, conjugan su geometría funcional con la gracia y lá vida de primorosos detalles decorativos inspirados en las tradiciones aztecas e hispánicas de la arquitectura mejicana. Más de dincueíita mil estudiantes mejicanos y dl 3 casi todos los países hispanoamericanos reciben allí sii formación científica, humanística y técnica. Pero Méjico, esta gran ciudad llena de sorpresas y encantos, no es sólo arquitectura y material inerte. Es también un conjunto de seres hiunanos con su especial fisonomía, con sus características, llenas de interés para el viajero quí 5 deambula por sus calle B. M.