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mejicano. Así lo quiso Dios y ahí está; y no hay quien lo mueva. En realidad, tan nítida, tan exacta, ha sido siempre comprendida y defendida jior las más claras mentes americanas y españolas, y en los últimos tiempos por el más insigne filósofo y escritor de Hispanoamérica: el maestro don José Vasconcelos. Poetas tan altos y sonoros como Rttbén Darío y Amado Ñervo y humanistas como Alfonso Reyes nos la explicaron muchas veces en prosas y versos admirables, ü n político y escritor malogrado de Méjico, don Héctor Péreü Martínez, la dejó sintetizada e n esté bello párrafo de nn libro qae p r e cisameníc se titula: Cuauhtémoc, águila que desciende Para entender y amar a Méjico cuentan por igual él latido de nuestra sangre española y la calidad de nuestra sangre indígena que ese mundo fecunda. Decidirse por una de ambas raíces y levantarla como na bandera exclusiva es negar nuestro destino. El cuerpo de Cortés, caído entre sedas y desgracias; Cuauhtémoc, vuelto cenizas en la selva, forman nuestra epopeya. Ambos fueron hombres de dos mundos que en nosotros se concillan y luchan. Tal es nuestra estirpe. Y a tal linaje, tal escudo. Méjico, hijo de España y de la América indiana. Es u n pueblo viril, un país duro y a veces airado. Mi buen amigo el gran poeta mejicano Flores Aguírre lo definió en el título dé un libro llamándolo Méjico- esdriíjulo Méjico es ya vocablo que suena a r o tundo, a tajante, a dogma cerrado, a estampido de arma, a restallar de látigo, y Méjico es así porque tiene m u chas altiveces viriles heredadas que p o dríamos encarnar en sus dos héroes r e presentativos, dos héroes rivales: Cuauhtémoc y Hernán Cortés. Dos tipos magníficos que no es necesario explicar, tino venció al otro porque tenía mejor técnica guerrera y represe ntaba la cultura más fuerte y la corriente histórica dominante en su tiempo. Y la eliminó con aspereza. Si hubiese vencido la azteca, las cabezas del extremeiíó y los suyos hubieran ido a parar a los altares de dioses implacables. Pero, fuera de la anécdota heroica y cruel de esa pelea, la suerte estaba ya echada desde que Colón llegó al Nuevo Mundo con la bandera de los leones y castillos. El destino- Dios- había dispuesto que naciera el gran pueblo mejicano mixturando lo que llegaba con lo que estaba allí. Han pasado desde entonces más de cuatrocientos años. Y Méjico está allí, vivo, magnífico, creciente, amasado con esa mixtura de lo español y de lo indio, bajo el signo cristiano, irremediablemente ya, por los siglos de los siglo, La mano del artista azteca ha dz lo gracia y personalidad a las c a t e drales españolas en la península.