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lentes en tierras mejicanas acepten el mote o sobrenombre colectivo de Colonia En realidad, tampoco me parece adecuada la palabra cuando se aplica a los españoles de Cuba. Colectividad FIspafiola dicen en la Kepública Argentina. Pero el vocablo colectividad es duro por demasiado sociológico y administrativo. Si de Méjico especialmente se trata, la denominación colonial me parece un remoquete sin ninguna gracia. Y, por supuesto, sin sombra de exactitud. La idea de colonia nos viene estibada de una serie de implicaciones absolutamente ajenas a la histórica misión que en tierras mejicanas cumplen los españoles. No digo cumplieron sino cumplen pues hablo de cosa inextinguida, con valor permanente. Sería imposible escribir los capítulos fundamentales de la moderna o contemporánea historia de Méjico sin declarar de algún modo la presencia activa de aquellos núcleos de compatriotas nuestros que, llegados como emigrantes, pronto alcanzaron la condición de familia mejicana con todos los títulos, deberes, derechos y compromisos de la familia nacional De donde podemos colegir que siendo el concepto y representación de lo colonial tan opuesto al de familia y nación por referirse aquél a una fuerza en cierto sentido marginal y allegadiza, mal si aviene con el vigoroso proceso nacionalizador que lleva a los españoles de Méjico a incorporarse al pueblo mejicano hasta ser un solo y profimdo espíritu con él, una sola alma, con el mismo repertorio de afanes y el mismo programa de ensueños. Entre las más importantes y tradicionales colectividades españolas de América, notables por el número y la pujanza- -la de Cuba, la de la Argentina- siempre me pareció que ocupaba la de Méjico lugar muy principal (1) No cuenta sus miembros por cientos de miles; pero con ser relativamente chica respecto de las otras dos citadas, reúne excelencias tan peculiares y muestra en cuanto hace tales distinciones que no hay sino inclinar el ánimo hacia ella. Afortunadamente, la emigración española, durante los veinte años últimos, fenómeno humano de tipo torrencial, puesto que procedía preferentemente de las torrenteras de una guerra civil, ha confirmado, en términos generales, los valores clásicos de la vieja Colonia Española de Méjico que son: ingreso e instauración plena en la entraña nacional mejicana, sin la menor cancelación del patriotismo español; conducta sujeta a la dignidad y al honor; trabajo entusiasta; salvaguardia de la palabra dada; ardiente coraje; un vivaz (1) Ahora se están formando, con incorporáelori es muy fuertes, las de Venezuetta y Brasil, llamadas a ser social y económicamente poderosas, si sus gulas y directores siguen rumbos sesíiiros y retíuerdos ejemplares. anhelo de alcanzar destinos personales de crecí te responsabilidad; respeto y admiración para jerarquía intelectual y moral; capacidad croadoj ímpetu fundador; y, sobre todo, la idea de un 1 gar cristiano apoyado en cimientos sentimenta. y religiosos que no se desintegran por mucha q sea la felicidad, pero que tampoco ceden a la Í versidad y al dolor... En todo ello, la nueva (lonia española es digna de la antigua y en gullece pensar que las dos son ya una sola, entf y verdadera. Los pequeños, mínimos núcleos a cados de impenitente cólera, víctimas de la pa lisis política que yo llamo del reloj parad (inservible para Méjico, y sin nada, absolutaniei nada que hacer en España, profesionales del sulto, la injuria y la patraña calumniosa, con (nados por su propia vida, se van reduciendo hora en hora, perdiéndose en las sombras de u pesadilla, y ya no son sino triste residuo de u marea, eco melancólico de voces sin alma. P encima de ellos se alza la obra imponente de i inmensa mayoría de expatriados que, con altísit honor, continúan en medio de la vida mejica la secular historia de la contribución esencial q los españoles ofrecen a la grandeza de Méjico, principalmente a la invariable estructura de organización familiar y social. T IOS, en el esplendor de una privilegiada Ts turaleza: el indio vencedor del tiempo: español, protagonista de una misión que pare milagroso (2) y como resumen histórico, el i venimiento de un tipo humano que, junto a 1 linderos norteamericanos, en la cabecera del mx do hispánico, se encamina resueltamente hacia ¡a siones de signo universal. Así vi los panoram de Méjico hace muchos años; así los evoco he Tras unos lustros de revolución profunda y ss grienta, el país ha conquistado una larga paz, ii trumentada por el prevalecimiento indiscutible un partido único, que si no es único en la let de la Constitución, lo es en la fidelidad del Pod político a las victorias revolucionarias. He aq una lección que valdría la pena de estudiar c cierta hondura. Episodios políticos bien conocidos tienen a 3 V jico y a España oficialmente alejadas entre sí. ¡I creíble despropósito! ¡Increíble y íabulosamer inútil! No afrontaremos ahora el tema. Gracias Dios, los dos pueblos, con la irreprimible, bio. gica decisión de cumplir sus respectivos destín vencen los humores de; cualquier pasión transil ria y salvan los fueros de la Historia y del am de hermandad. M. A. (2) LSase, acerca de esto, el último trabajo del historiac angrlo- saján Arnold ToyrJbee.