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DIOS, EL INDIO Por Manuel AZNAR A Rodrigo de Llano, compañero y amigo ANTOS años ya desde las emociones que sentí en mis viajes por tierras mejicanas! ¡Tantos nen suelen decirme: Aquello ha cambiado mucho. No lo reconocería usted. ¡Si viera qué progres. Pero yo estoy seguro de que lo reconocería. Ciudad de Méjico, la capital, era de siempre lutivadora por su belleza, y ya se abrían las am las avenidas camino de Guadalupe Inn o de San ngel Inn, donde uno encontraba aquella especie hoteles- paradores, pulcramente instalados, ni n particulares y maliciosos que ofrecieran una sidencia clandestina, ni tan comunes y adminisativos que careciesen de algunos encantos espeales. Ahora- -me dicen- la ciudad representa triunfo de un portentoso esfuerzo humano. Apeis hay creación o invento de la urbanística moírna que no esté allí presente; apenas una mateai comodidad que no sé brinde al hombre; ni i regalo de los sentidos que no pueda el viajero istar cumplidamente, gozándose en ello. Y como 1 mejicano le asisten los dones del arte y de la esía, nada me cuesta admitir que en la proyecón de sus ciudades, exaltándose en su propio esritu, ha debido de alcanzar muy subidas hermoras. Mas, aun siendo esto así, y tan vastas como afirma las mutaciones, ¡yo lo reconocería, y H Jfülfi cualquiera que, como yo, haya ensayado una entrañada interpretación de Méjico, lo reconocería también! T O recuerdo si lo leí hace tiempo en algún libro de Historia o si lo escuché de labios de persona que mostraba un discreto entendimiento de los problemas de América, pero es el caso que me pareció muy verdadera la teoría de que cuanto en Méjico tiene valor de categoría y significación o alcance cardinal nace de uno de estos tres hontanares Dios, el indio y el español. Fuera de la Naturaleza, prodigiosa merced del cielo, de la historia del indio y de la historia del español, todo es, en la realidad del ser y del existir mejicanos, accidente, añadidura, circunstancia, adjetivo, cambiadora expresión de un tiempo, de una apetencia ocasional, de un transitorio estado de espíritu. Sin que se invalide, a mi juicio, esta opinión, ni por las indudables excelencias de lo accidental, ni por las calidades y atractivos de la obra de perfección que al compás de los días se va llevando a cabo. De ahí nace, sin duda, un hedho que siempre me pareció interesante y que merecería serio estudio: el de la personalidad de la llamada Colonia Española de Méjico Nunca he comprendido que los españoles resi-