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ON 0 MIÁ YíflNÁÑlÁS d u n a el paisaje, la personalidad histórica, la belleza, el arte, la h i dalgiua y la hospitalidad. Y t a n importante es que alguien cifra los ingresos procedentes del turismo para la mayoría de los países- y en el nuestro hay que esperar que sea más- -en la mitad de los ingresos procedentes de las exportaciones. Pero no es éste el único aspecto interesante que hay que considerar en la visita de los extranjeros a un país. Hay otro, vinculado al hecho intrínseco de lo que representa de confianza y de afecto al país visitado por parte de ios visitantes. De aquí el interés, a la vez económico y político, que tienen los esfuerzos üara atraerse ese enorme censo, esa fluida demografía del Baedeker y de la Ijeika tarea en la cual se ha pror grasado tanto, aun sin contar con los medios económicos necesarios, según decíamos al principio, que todos pueden advertir inmediatamente la enorme distancia salvada entre la organización turística actual y aquella oscura y tímida célula nutricia del turismo español, que fué la llamada Comisaría Regia del Turismo, creada en 1811, a la que no pudo galvanizar ni siquiera el heroico patronato que sobre ella ejerció aquel ilustre Marqués de la Vega de Inclán. Verdad que la insuficiencia actual de medios para propagar el turismo en el país m á s turístico de Europa es una orgía sardanapalesca en comparación con la que entonces se registraba. Para atraer al mayor contingente de turistas que acudía por entonces a España, los ingleses, se gastaban por todo gastar, 5.000 duritos fuertes al año. España tiene una tradición hospitalaria, que es la mayor atracción para el turista que arranca desde las primeras corrientes turísticas a nuestro país, en las peregrinaciones jacobeas a Santiago de Compostela, en las ue se descolgaba media Europa a través del camino de Santiago que desde Europa entraba en España por el legendario Roncesvalles. Y en cuanto al turismo norteamericano, ahora tan mimado y querido por todos los países europeos de alguna atracción turística, debe recordarse que el primer turista norteamericano que llegó a España -y en España se quedó- fué Washington Irving, que, fascinado por la belleza de la Andaucía rhora, dijo aquello de que la mayor desgracia era ser ciego en. Granada Y lord Byron, que gritó lo de Oh, lovely Spain, romantic land! Y Edmundo de Amicis, que exclama entusiasmado: ¡Viva la hospitalidad española Y Jorge Borrow, aquel Don Jorgito el de las Biblias, que decreta que España es el país más espléndido del mundo ¿Qué se puede hacer para atraer definitivamente hacia España las corrientes turísticas del mundo? Hay que ganarse muchas colaboraciones exteriores y algunas de ellas pagarlas a buen precio, que nunca será, sin embargó, precio caro, porque siempre será remunerador. En cierta ocasión dije, y ahora repito, que cuando un turista extranjero nos visita realizamos una excelente exportación de luces de paisaje, de celajes, de ilusión, de excedentes de historia, de sensaciones de arte, de hospitalidad hidalga, de brillo y de color, únicos en el mundo. Total, n a d a humo, gracia, salero. Y a cambio de ello, buenas divisas, duras o blandas, que todas son buenas. A. de M. ga cualquier intento de- actividad oonómica. y Si a esto se añaden ias influencias de tipo nacionalista que predominan en el pensaaniento ¡político, y las; reminiscencias de carátíter mercántilista en lo económico, se comprenderá hasta qué punto se vieron r e ducidas las relaciones internacionalas y cómo España se fué alejando de la gran corriente comercial que se llevaba cabo en todo el mundo. En la segunda mitad del siglo hayuna relación favorable al ooonercioexterior, al impregnarse la ideología política de las tendencias liberales que imperan en el exterior, p e ro en el campó económico encuentran la fuerte resistencia de las doctrinas proteccionistas, defensoras de ios intereses agrícolas de Castilla e industriales de Vascongadas y Cataluña. Tras un. efímero triunfo de libreoambismo hacia 1870 (Arancel d e Figuerola) en 1890 el viejo pleito se resuelve favorablemente al p r o teccionismo, que, paradójicamente se mantiene cada vez con mayorfirmeza dentro de un sistema político auiténticamente liberal. Transcurren entonces unos años, hasta la guerra de 1914, en que, a í amparo de una coyuntura alcista en el m. undo, España, con una Hacienda saneada y una fuerte importación de capitales, vive una época d e extraordinario desarrollo industrial, pero con un sentido antárquico, que reduce progresivamente el volumen del comercio exterior. La política económica de aquella, epooa no tiene más que un objetivo: la proó ucción nacional para el consumo interior. Se proteje la p r o ducción nacional de cuantos artículos de importación sea posible; si s e producen expedentes, se fomenta el consumo nacional, y solamente en casos excepcionales se recurre a la, exportación. En estas condiciones, con una e s tructura económica autárquica, unes. política económica proteccionista a ultranza y un progresivo distanciamiento de las relaciones mtemacionales, forzosamente se había de l l e gar al desequilibrio en las balanzas, de pagos, y, para evitarlo, comienza la serié de intervenciones, dirigismo y controles, que aún no han podido ser desterrados de nuestro sistema económico. Para resumir, la situación existente antes de 1936 se caracterizaba, por la inexistencia de una verdadera economía de, cambios. El comercío exterior de España estaba determinado por la exportación y ésta a- su vez, por dos variables sobre las; que no se podía ejercer presión: la, demanda de los mercados exteriores y las oscilaciones de las cose- E V O L U C I Ó N DE L COMERCIO EXTERIOR DE ESPAÑA N cuantos análisis o comentarios se verifican sobre los diversos aspectos de la economía española, resulta obligada la comparación entre los dos períodos separados por la barrera que representó nuestra Guerra de liberación. El tema que nos ocupa, El Comercio Exterior de España no podía constituir luia exccipción, pues aunque los expresados periodos se caracterizan por el denominador común de su reducido volumen, en ¡proporción con la renta nacional del país y la tendencia deficitaria de la balanza comercial, las causas Que h a n determinado esas características h a n sido bien distintas, siendo imputables a los propios españoles las aue llevaron a la situación existente en 1936, mientras que las que han predominado después, más bien c a b e atribuirlas a circunstancias ajenas a nuestra economía. Hasta 1936, España vivió durante muchos años én constante desequilibrio económico. Todo el siglo XIX, época del florecimiento del comercio internacional, se le va a España en una serie de convulsiones que paralizan progreso económico en ge 1 neral, y el mercantil, en particular. Tras la Guerra de la Independencia, una serie de luchas internas (la guerra carlista, -la revolución de Riego, el levantamiento de Prim, etcétera) y externas (independencia de las colonias) ocasionan cuantiosos gastos, cuya cobertura otaUga a ima excesiva presión fiscal, que aho-