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LA MAS BONITA DEL DESPACHO E N casi todas las revistas femeninas aparecen Infinidad de coiisejos a las señoritas secretarias, telefonistas, taquimecanógrafas y contables, indicándoles cómo pueden estar en el despacho atractivas, bien arregladas y, ál mismo ti mipo, vestidas de UA modo sensato y ipráctico. Pero son también nxmíerosos los jefes que se quejan del mucho caso que las jóvenes emipleadas hacen a tan discretos consejos. Dicen que las empleadas ponen un especial y excesivo empeño en vestirse y comportarse como verdaderas maniquíes. Tienen razón. En muchos Bancos, empresas de Seguros o grandes industrias, nos enfrentamos con frecuencia con señoritas que se pasean por las antesalas o deambulan ¡por los pasillos vestidos de un modo encantador: sweaters eeaerosamente escotados, ceñidísimas faldas y envueltas a veces en olorosas nubes de perfume. Esto no causa buena impresión al visitante. y son también estos mismos jefes quienes mueven con aire de duda la cabeza. ¿Cómo es posible comprar semejante guardarropa con el sueldo que muchas de esas empleadas ganan? ¡Sólo restringiendo otros gastos hasta lo inverosímil! ¿Por qué ese afán de convertirse en Miss Universo Las muchachitas de hoy que se dejan arrastrar por el, deseo de parecer a todas horas la mujer más esductora del país, olvidan que no sólo despertarán los celos de sus oomjpstidoras, sino también que su presencia será motivo de trastorno e intranquilidad entre el elemento masciüino que, como ellas, trabaja en una misma empresa. ¿Tienen que vestir como esperpentos? ¡De ninguna manera! XJSL joven de nuestros días que trabaja como empleada en un despacho no debe vestir tan sencillamente que ¡parezca, llevar encima ropa de desecho. En casa, nadie se sorprendará si lleva una blusa usada o aprovecha unos zapatos viejos. Pero en el despacho sus ropas deben ser imipecables, él vestido debe favorecerla, y su rostro y su cabello han de aparecer limpios, agradables y tan bonitos como sea posible. La lin ieza y la pulcritud son dos cualidades imprescindibles en la empleada. iC? üando una mudiachita deseosa de independizarse económicamente busca un empleo, no debe olvidar el efecto que su apariencia producirá. Habrá de llevar él pelo bien ipeinado, y sus manos han de poderse enseñar y contemplarse con gusto. Si el empleo exige de ella la permanencia tras el mostrador, sus manos habrán de ser aún más impecables. Si el empleo ía obliga a saUr con frecuencia a la calle, la aiparienciá exterior será un factor decisivo y el fiel reflejo del modo personal de actuar de la joven. Naturalmente, las oficinas de hoy no pueden compararse a las oficinas de unos años atrás. No existen ya aquellas tétricas y húmedas habitaciones, donde empleados, con trajes lustrosos y manguitos negros, hacían correr con meticuloso rasgo las plumas sobre el papel. Las instalaciones de ahora son claras, los despachos bien alumbrados, las paredes pintadas de alegres colores, y por todas partes brilla el cristiaJ y revertieran 1 metales. Es, pues, perfectamente lógico que los empleaidos se pongan a tono con el anuiente. Pero la transparencia debe dejarse al cristal, nunca llevarse en fowna de blusa tentadora; y los colores subidos y detonantes se guardarán para las salidas al campo o a la playa. En un despacho, abruman, desImnbran y... aburren. El maquillaje tiene también sus límites, que nimca es prudente traspasar. La empleada chic tiene una elegancia propia. tJna elegancia que le permite sentirse a gusto y dejar que los que trabajan a su alrededor se sientan también a gusto a su lado. Una elegancia tal, que las haga inolvidaMes, sin que su aspecto atraiga demasiado la atención... El traje preferido de la empleada de buen gusto es el despiezas el clásico sastre el vestido de tricot de línea simple y corte camisei- o, o la cómoda y práctica blusa acompañada de una falda bien cortada. Así, las que tengan una cita, a la salida del despacho, las que quieran ir al cine a las siete de la tarde o las que estén Invitadas a ima reunión, tienen la posibilidad de transfonnar su sobrio aspecto en un dos por tres: unos pendientes más llamativos, un chai de color, unos botones que abren un poco más el escote... Cada cosa y cada lugar requieren lo adecuado al momento. No se émiprende un viaje en tren con un tocado de plumas y tules, ni se sale al campo a pasear con zaipatos de baile, ni se llevan zsípatos de suela gruesa y corte inglés para ir al teatro por la noche. La el ancía exquisita y de buen tono, para la empleada en un despacho, sea la que sea su categoría, es la que puede calificarse al mismo tiempo de práctica y pulcra.