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Y el millonario abrió la portezuela del coche y la mendiga tibió y se éerAó juato a él. El coche arrancó veloss. Y, durante el largo trayecto, no pronunciaron palabra, porque sobran ias palabras cuando se oyen los latidos del corazón. Y no volvieron a crn árse la mirada, porque sobran las iniraidas cuando se está poseído por el amor. Y no exhalaban el menor suspiro, porque sobran los suspiros cuando uno se ahoga en el otro. El coche se detuvo ante la puerta de un castillo envuelto por la inz dorada del atardecer. -Hemos llegado á donde acaba lo píill- -exclamó él. -Hemos llegado a donde empieza el amor- -exclamó ella. Y estuvieron un buen rato mirándose. Tanto, que dio tiempo al sol a ocultarse. Descendieron d l coche y, abrazados por la cintura, entraron en el castillo, Y la mendiga fué bañada y despiojada, perfumada con los más exquisitos perfumea, y vestida con las más etéreas gasas. Y aquella noche las e tr llas no parpadearon. Y la mendiga se convirtió en la reine del castillo y de toda la comarca. La vestian los mejores modistas del munr do. La perfumaban los mejore perfumistas del mundo. Ls alhajaban los mejores joyeros del mundo. Y era la más feliz de las mujeres, porque su amor era eil más grande de los amores. Sin embargo, el ctflor tierra de su tez se convirtió en palidez enfermiza; el brillo de sus ojos se apagaba día a día; el respirar era cada vez más lento. Y el millonario mandó llamar a los mejores médicos del mundo y ninguno supo diagnosticar su enfermedad. Pero... Un día acertó a llamar a la puerta un mendigo, precisamente en el momento en que iba a salir la pareja; ella, con su más fastuosa toilette; él, con el fraic y la chistera de las altas solemnidades. Y ella, al ver ail mendigo, quedó transformada: la tez adquirió color; sus ojos, brillo; su respiración, acompasamiento normal. Bl millonario comprendió lo que le ocurría a la amada. Y, por darle algo al