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El millonario, con la cabeza vuelta, contemplaba a la mendiga en ese sa andar erguñio y majestuoso. Cuando ya estaba cerca, contempló su rostro perfecto, su busto perfecto, sus caderas perfectas, sus piernas perfectas, sus tobillos perfectos... Y, al pasar ella, se adentró en sus ojos, confüitdiéndose en lo azvá. Pero la mendiga pasó junto a él, y, si bien se estremeció, sus ojos permanecieron clavados en el azul infinito del horizonte, en el azul cercano de las últimas montañas, en el azul que proyectaban sus propios ojos. Pero... La mendiga, de pronto, sintió que e azul que contemplaban sus ojos era más axul. Y es que no en balde la había penetrado con su mirada azul el millonario. El millonario se quedó embobado por unos momentos contemplando cómo se alejaba la mendiga. Suspiró. Luego puso el coche en marcha y siguió a la mendiga a la velocidad áe los pies humanos. Pero la mendiga no se daba uenta o no quería darse cuenta de que un coche, guiado por un millonario, le seguia. Y el millonario no sabia si tocar el claxon o llevarse las manos al corazón para llamar la atención de la mendiga. Hizo ambas cosas. Primero se llevó las mano al corazón y, no obstante, la mendiga siguió su imperturbable marcha. Después tocó el claxon y, no obstante, la mendiga siguió su imperturbable marcha. El millonario optó por adelantarse un poco y, llevándose las raanbs al corazón, dijo: -Por favor, sube a este crtcbe, que es tuyo. La mendiga no se volvió, ptero dijo: -Es mejor caminar. Caminando se llega a todas partes. En cambio, montado en un vehículo, no se llega a ninguna. ¿Y a dónde quieres llegar? -Hasta allí donde el azul acaba, ¿Y dónde acaba lo azul? -Allí donde emipieza el ainor. -Sube al coche, así llegarás antes al fin e lo azul... La mendiga se volvió y sus ojos quedaron fundidos en Jos ojos del hombre, formando un todo azul.