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el desarrollo del concurso; como si no estuviera en la plaza; tan ausente, como suele estar frecuentemente, sin que nadie le vea, cuando lidia toros. Sostengo que el ganadero no es dueño del toro que está en el ruedo, que el único dueño del. toro en ese momento es el público, y por eso a éste es al que hay que pedir periniso para que ceda el toro y no se le mate. Se me dirá: eso es lo que hace el ganadero, pedirle el toro al jurado, para que haga el presidente la consulta al público. A estto respondo: la práctica aconseja que se simplifique el procedimiento para evitar la discrepancia del ganadero que pide y el jurado que niega. O sobra el criterio del ganadero, 0 sobra el jurado. Si. consideramos esta dualidad de funciones, vemos que al ganadero acaso le parezca lo suficientemente bravo para llevárselo, sin que el toro sea de bandera Descarto la posibilidad de otras influencias de or- den comercial que pueden interesar la petición. (No digo que haya existido esa influencia, digo que puede existir, y la manera de evitarlo. Hay que considerar, además, que la petición del ganadero coacciona sin querer al jurado, al que le cuesta trabajo negarse a la petición, no solamente por lo. que esto supone de violencia, sino de duda. Por esto opino que debe eliminarse la intervención del ganadero, que ya tiene en el jurado una representación, y que sea el jurado el que pida el toro al público por intermedio del presidente. Asi el ganadero recibirá con todo honor el regalo de su toro. Pero tengo algo más que decir. Si se quiere que el jurado tenga toda la responsabilidad y toda la autonomía necesaria para decidir tan importante cuestión, que afecta, no a los intereses de un ganadero, sino de la ganadería brava, al toro de lidia en general, y por lo tanto a la esencia de la fiesta misma, el jurado debe ser el asesor del presidente. El jurado debe ser el que observe la lidia con criterio de jurado, y aconseje si el toro ha de tomar un puyazo más porque no le tenga bien visto en este tercio fundamental, o si le tiene visto, y sepnede, y se debe cambiar la suerte; AI jurado hay que ponerle en condiciones de que su alta y difícil misión la cumpla sin interferencias que den ocasión a error. Es tan difícil matizar la bravura del toro de bandera (que no es el toro aparentemente bravo corriente, sino otra bravura) y es tan fácil el error para el jurado por competente que sea, que hay que evitarlo, dejándole el toro a su albedrio. Pido, pues, plenos poderes, autonomía sin interferencias mediatizadoras, para los jurados de las corridas- concurso. G. C. DOS NOTAS DE LA NOVILLADA DEL DOMINGO EN MADRID Ci pase natural y el de pecho ejecutados pop El Vltl en el sexto navlllo. (Apuntes del nstur l por Antonio Casero.