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El ministro del Ejército leyendo su discurso. polo de la Magdalena y allí hay doscientas tiendas, levantadas en unos cuantos días, donde se alojan 1.600 alféreces provisionales que no echan de menos la blandura de su cama porque se acuerdan que en la Campaña no había refinamientos. No se ha dejado allí ningún detalle. En las cabeceras del Campo se han acotado dofi amplios espacios para el áparcaimiento de vehículos, y dentro del Campamento, pero separadas de las demás, se levantan dieciocho tiendas para alojar a los hijos níayore. s de catorce años que han venido acompañando a sus padres. Porque ahora los alféreces provisionales de entonces, en su gran mayoría, son personas mayores, casadas y con la prole correspondiente. El Campamento tiene en la entrada principal una gran estrella de seis puntas iluminada sobré un fondo negro. Y bares a la americana, botiquín, estanco, estafeta de correos, servicios de telégrafos y teléfonos, un equipo de amplificación y luces intensas producidas por sesenta grandes focos. Ahora, vayamos a la Universidad Internacional, donde está enclavado el gran monumento al alférez provisional, rodeado por el pabellón de aulas con su alta torre y los de las residencias con toda clase de comodidades. La estatua, que perpetúa la gran gesta militar universitaria de los alféreces provisionales, está hecha en bronce y aluminio, y es obra del escultor Carlos Eerreíra, que t a m bién lo ha sido del monumento a Calvo Sotelo, recién inaugurado en Madrid. Representa un recio soldado de cuatro metros y medio de altura con el capote y el casco de campaña, la estrella áe seis puntas incrustada en el pecho y sujetando con ambas manos el Víctor Universitario. Tras la gran figura hay tres paramentos representativos de las esencias tradicionales de la Patria; Religión, Milicia y Universidad, Estos paramentos esíán construidos en granito rosa, y tanto el escultor como los arquitectos, aquella aficialidad. En trenes, en autobuses, en coches de turismo, han ido llegando todos, y como hombres a quienes la paz separó haee más de veinte años, muchos no se habían vuelto a encontrar todavía. Se conocieron en la Campaña y algunos no se volvieron a ver más. Las t o n i nas de fuego los separaron para siempre. Otros se vuelven a ver ahora en el Campamento de la Magdalena o en las alegres calles santanderinas al cabo de unos lustros de ausencia. Los abrazos son coipiosos y firmes, el recuerdo resucita de pronto y todos son felicitaciones y preguntas: ¡Tú eres Juan! -El mismo que viste y calza. ¡Y tú, Enrique! -Has acertado de iplano. ¡Cómo pasa el tiempo y cómo carece de fuerza para borrar la estimación y el afecto. Y se cuentan sus vidas en las terrazas de los cafés y en cualquier parte. Son hombres de todas las profesiones, oficios y carreras, desde el abogado al labrador, desde el periodista ai farmacéutico, desde el literato al comerciante, desde el militar al sacerdote. Hay un cura que ha venido de muy lejos y ha preguntado por el altavoz del Campamento ¿Hay alguno del Regimiento de San Marcial? Y han salido tres. Y se han estrechado largamente... La vida de la paz ha señalado a todos su sendero y por él caminan como se ha marchado siempre, andando rápido o despacio, según caen las pesas, recordando aquellos afanes de la guerra que ya están muy lejanos. En estos días de julio es difícil encontrar en Santander un cobijo al viajero. Está todo lleno: los hoteles, las pensiones, las fondas, las casas de huéspedes, de modo que ha habido que montar todo nn señor Campamento, un Campamento al estilo castrense de Monte la Reina u otro cual quiera donde añoran las Milicias Universitarias. Otros m a chos alféreces han ido a casa de sus amigos y otros donde han ipodido. El Campamento está clocado en el campo de