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CONGO eos? Es casi seguro. En África, e n la dificilísima África, en la caótica África, pueden ocurrir muchas cosas. Y u n a dfi ellas es au el Congo se divida. Y que en cada uno de sus lados forme una de las partes del dividido mundo. Entonces África sería una nueva Corea, Una Corea infinitamente más peligrosa y más dura de pelar. Una Corea que acaso no llegue a serlo si, como se dice, es cierto que el Congo está á punto de firmar convenios. económicos con los americanos. Pero la sombra del pellgro está ahí. En cualquier momento pueden empezar a llamar a Moisés Tshombe criminal de guerra. Entonces Lumumba g seria el Fidel Castro de los negros. 9 sus treinta y cuatro años y su fraseología cortante, resulta un ser maduro y hosco. En esta alegría suele encontrarse alglin entrecejo preocupado. Y entonces se oye: Es que hay quien no quiere comprender que somos un país completamente soberano. En ninguna parte se conciben tropas extranjeras sin la conformidad gubernamental. Se hace todo lo posible para que fracásemeos. Y en unas semanas no se puede hacer más. Esto es lo que le he pido decir al ministro de Asuntos Exteriores, que tendrá sus veintiséis o veintiocho años. Y a Kingotolo, secretario general del partido abáko, antigua seminarista, de la misma edad. Y a otro muchacha casi adolescente, que me dijo que era jefe de no sé qué. Porque estos mancebos de color en cuanto dan la mano abren la sonrisa, pronuncian su complicado nombre y a continuación recitan su nuevo cargo. Claro, al cabo de unas horas ya no sabe uno si está hablando con un secretario del Parlamento, con un jefe de gabinete técnico o con u n jefe de partido. Es igual. Todos dicfen lo mismo. Y en cuanto uno lo dice, se forma un grupo. Y siempre hay alguien que quiere sacar una fotografía del grupo, en la que generalmente soy el único blanco y el más viejo. Sí, la independencia del Congo está hecha por los jóvenes. Andando por Leopoldville cuesta trabajo imaginar lo que está pasando en el interior. La ciudad está tranquila, aunque ligeramente tensa. Y esta tensión pasaría desapercibida si no fuera por las tropas que se ven y por los europeos que no se ven. Porque la verdad es que en tres semanas se h a producido un éxodo en el corazón de África de más de 32.000 personas. Un ejemplo: en Matadi, gran puerto que fué del Congo, hoy en plena desolación por el pillaje y los motines, había unos mil ochocientos europeos. AI entrar las tropas marroquíes sólo encontraron a cuatro colonos portugueses y a un belga. Y, sin embargo, uno podría olvidar esa tensión, a pesar de los precios, las tropas y el hecho de que en un momento puedan morir dos amotinados o un negro francés arrojado por una ventana. Porque en Leopoldville, junto a esos jóvenes políticos que sonríen o arrugan el ceño, hay muchas cosas viejísimas sobreviviendo. E n el Congo pasa eso. En el Congo triunfa el color, el olor y el calor bajo su cielo extrañamente blanco. En el Congo hay que situarse en uii mercado de objetos típicos para darse cuenta que éstos aoussas de larga túnica y brillante casquete son los mismos que comerciaban a la orilla de los ríos africanos hace siglos. Como estos bangalas que se dicen socialistas y que venden pinturas o iconillos, y estos batekes, que son los mismas que hace muchos años hacían el trato con los primeros blancos aventureros o exploradores C M después lo han hecho con los turistas OM y ahora lo hacen con los soldados. Esos negros son el Congo eterno, cuatro veces mayor que Francia y actual eje del mundo negro. Y esas razas son los nuevos partidos políticos. Y esos entrecejos que se arrugan son ¡a disidencia del poder, Y esa prisa alegre de los jóvenes políticos no es más que una ingenua vestidura del tiempo, que en el COíigro pasa rozando levemente las cosas y casi sin variarlas. Como esas mujeres bakongas que aún no me he cansado de admirar cuando pasan en grupos lentos, llenas de elegancia en sus pausadas maneras. No miran a nadie desde la bella dignidad de sus andares. En el encanto pintoresco de sus cuerpos negros envueltos en multicolores telas semejan ser las eternas protagonistas de una eterna película exótica. Pero en realidad son los personajes del África lentísimo. Ese África cuyo color y olor no se olvidan nunca. José SALAS Y GUIRJOR LO CAÓTICO CONOCIDO LEOPOLDVILLE. (Segunda crónica telegrófica de nuestro enviado especia! f SXA mañana han matado a u n negro francés 4 tirándole por una ventana. A mediodía llegó t la noticia de que las tropas de las Naciones Unidas habían matado a dos amotinados congoleses. A las seié de la tarde nadie hablaba de ello. Y eso que las seis de la tarde es la hora de hablar en Leopoldvüle, poifque desde esa hora está prohibido transitar por sus alies. Me refiero al barrio europeo, en el que vivimos anas cinco mil personas. En los barrios indígenas, donde viven más de 35. C 00, no creo que se lleve tan a rajatabla lo del tránsito nocturno. Hasta hace dos años los indígenas no podían andar de noche por el distrito europeo. Entonces había una buena vida de noche. Ahora no hay más que patrullas militares. Los negros sljuen sin poder ver el Leopoldvüle nocturno. La diferencia con el tiempo pasado está en que ahora tamppco pódenlos los europeos. A Leopoldville, por tanto, hay que verla de día. Y el que la vea uxta vez no creo que pueda olvidarla fácilmente. Leopoldville, con sus amplias avenidas, sus buenos hoteles y sus soberbios edificios, tiene tanto color como tanto olor y tanto sabor que casi emborracha. A habría que entonar un canto a lo que han hecho los belgas en un plazo increíblemente corto. Porque hacé ochenta años estos rascacielos y estas tiendas pertenecían al bosque: a lo caótico desconocido. Hoy pertenecen a lo caótico conocido. Por estas calles he estado hablando con los negros que mandan: diputados, jefes de partido... Todos con extremadamente jóvenes, enormemente sonrientes y amables. Una serie de miuchachos de gesto alegre, en quienes no ve uno demasiada relación con los amotinados del interior. Y, sin embargo, son sus jefes. Son tan jóvenes y sonrientes, que a su lado Lumumba, con